El Capitán López en el siglo XXIII – Cinco

La Ciudad

El departamento

Eran escaleras de mármol en blanco y negro.

El departamento estaba en el quinto piso. El Capitán abrió la cerradura con una ganzúa y entró sin hacer ruido. Diana cerró la puerta y siguió a López en su escrutinio.

El living era pequeño. Los únicos muebles eran un sofá, una mesa ratona y un televisor sobre un cajón de fruta. Habían restos de comida en la mesa y en el piso. Habían platos de papel y botellas de cerveza. Al pié del televisor habían revistas, periódicos, un folleto turístico, un libro de arquitectura y un par de manuales acerca de las catedrales.

López revisó el folleto… alguien había trazado líneas rectas uniendo las cinco catedrales. En el centro del pentágono había una cruz con una frase: Los caminos que no están en los mapas. López se guardó el folleto en el bolsillo y siguió inspeccionando.

En la cocina el desorden era más evidente. En la pileta había una torre de platos sucios. Una madeja de tallarines se retorcía sobre la mesa. Junto a la cafetera había una formación verdosa que López juzgó eran hongos.

Entonces empezaron los disparos. Pedazos de mampostería cayeron del techo y de las paredes. Trozos de muebles en llamas rodaron por el piso. López quiso agacharse pero tenía la rodilla tiesa. Se atrincheró contra el refrigerador y esperó por el silencio. Solo necesitaba oír un par de disparos para triangular la posición. Un par de segundos de silencio.

Diana se tiró bajo la mesa y quedó frente a un frasco lleno de un líquido viscoso. En su interior flotaba una oreja humana.

Hubo un silencio súbito, luego un par de disparos. Luego Diana vio a López caminando hacia el centro de la cocina. Por un segundo pensó que se había vuelto loco. Caminaba como un autómata, con su pierna tiesa y el láser aferrado como una muleta. Luego se detuvo junto a la ventana, apuntó hacia el edificio de enfrente e hizo dos disparos.

– Vamos – dijo después -, aquí no hay nada más que ver.

Diana lo siguió de cerca. En el silencio de los pasillos se asomaron algunos vecinos curiosos.

La Ciudad

La ciudad

Diana condujo a toda velocidad. Era un laberinto de calles que se adherían a las últimas estibaciones de la cordillera. Detuvo el auto cerca de un parque y se quedó largo rato con la vista fija en el volante. A lo lejos se veía el río, el estuario y más allá el océano; reverberante bajo los soles de la siesta.

En el parque un anciano de sombrero remontaba un barrilete. Una cola larga y negra cortaba el cielo como un grieta.

– Todo esto es tan absurdo – dijo Diana con la mirada en el recuerdo -. Una vez, cuando era niña, las monjas nos trajeron a este parque. Por más de dos meses habíamos preparado una muestra de cometas. Yo tenía ocho o nueve años. Recuerdo la forma como el cielo se llenó de hilos y de colores. Mi barrilete era un pentágono rojo y negro que mi padre construyó con una dedicación que al principio admiré y que luego resentí porque me dejaba al margen. Es uno de los pocos recuerdos que tengo de mi niñez… el barrilete, la tarde luminosa, las monjas gritando órdenes como si fuera el fin del mundo y el cielo que por un segundo se había convertido en un caleidoscopio a punto de venirse abajo. Luego vinieron los de la policía militar y cortaron los hilos. Todos los hilos, uno por uno. No hicieron caso de protestas ni de llantos. Y los barriletes se convirtieron en un horror florido arrastrado por el viento. Era la época de la guerra civil y los de inteligencia temían que los barriletes pudieran ser usados para fotografiar la base militar más allá del estuario.

López tenía dolor de cabeza y la rodilla empezaba a molestarle:

– Bonita historia – dijo, suspirando.

– No es una historia – dijo ella, sin mirarlo -. Si fuera una historia no me hubiera molestado en contarla.

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