Viento Zonda

Nota del autor: esto va dedicado al estimadísimo Aldo Fabián Perez Moreira, que hace tiempo me preguntó si no tenía algún diálogo para dos personajes… No sé si ésto estará cerca de lo que tenía en mente, pero algo es algo. Saludos. 

(Una iglesia de barrio. Un día ventoso. Un foco de cuarenta. Al fondo hay un par de santos y velas. Entra una mujer, sofocada… se arregla el pelo y se sienta. A lo lejos se escucha una radio que pasa de rock a música sacra y finalmente a música caribeña. Luego hay silencio.)

(Un cura aparece en la penumbra y se sienta junto a la mujer.)

El cura – ¿Viene a confesarse?

La mujer – No… No gracias. Solo pasaba. Gracias.

(Pausa)

Cura – Sin embargo está en la cola de las confesiones. Todos tenemos algo de qué arrepentirnos.

Mujer – Yo no me arrepiento… muchas gracias. (Pausa) Quiero decir, tengo algunas cosas pero, ¿cuál es el propósito de arrepentirse? Lo que ya está hecho, ya está hecho.

Cura – (Sonríe levemente) De todas formas, éste es el lugar adecuado. En caso de que buscara la absolución.

Mujer – Se lo agradezco, de verdad. Pero hace años que abandoné los confesionarios.

Cura – (Pausa) Si no se quiere confesar podemos hablar. Yo hace rato que espero y no ha venido nadie. Atiendo hasta las siete. Lunes, miércoles y viernes. Soy el padre Pécora. Mucho gusto.

Mujer – ¿Nos conocemos?

(Un pedazo de yeso se desploma en el fondo. Hay un estruendo ecuménico y la Mujer se levanta asustada. El cura apenas pestañea.)

Mujer – ¡Dios Santo!

Cura – Siempre pasa. Con éste viento. (Sonríe) La Casa de Dios se nos viene abajo.

Mujer – ¡Podría haberle caído a alguien en la cabeza!

Cura – Habría sido la voluntad de Dios.

Mujer – Me está tomando el pelo. Casi me mata del susto. Debería arreglar eso… (Vuelve a sentarse.) Eso es una desgracia a punto de ocurrir.

Cura – (Mirando el techo… o a lo mejor más allá del techo) Es gracioso. Hace unos años yo trabajaba en el Challao, cuando estábamos construyendo el santuario. Era un proyecto muy grande. Muchas donaciones. Dinero que llegaba todos los días… Era otra época, no como ahora. Pero esto es distinto. Es una cuestión cíclica… a veces perdemos la fe. Perdemos la senda de la fe. Otras veces necesitamos una excusa para regresar. O una señal. Usted sabe cómo es eso.

Mujer – Me imagino.

Cura – Un día llegó una carta: Muchas gracias. Decía la carta. Estoy muy contento con la casa que me están haciendo. Firmado: Dios. Eso decía la carta. Tal cual. No agrego ni quito nada.

Mujer – Algún bromista.

Cura – Puede ser. Al principio pensamos eso. Pero lo mismo, alguien enmarcó la carta y la puso en la sacristía. Después nos dimos cuenta de que a lo mejor era Dios quien nos hablaba. A lo mejor el bromista era solo un instrumento.

Mujer – ¿Un instrumento?

Cura – Como la zarza ardiente. Hay veces que el fuego es solamente un fuego, pero hay veces que es signo de otra cosa. Como el bromista con su carta.

Mujer – ¿Entonces el bromista era signo de qué?

Cura – No sé. De Dios… de la fé.

Mujer – O de la falta de fé. Porque si nos ponemos a interpretar… toda cosa puede ser signo de otra cosa. De cualquier otra cosa. Entre comillas.

Cura – Mmm… También.

(Pausa)

(El Cura saca un pañuelo y se suena. Se limpia con cuidado y revisa los contenidos del pañuelo. Parece contrariado.)

(La Mujer lo mira de reojo, abre el bolso y saca su celular. Revisa un par de cosas y vuelve a guardarlo.)

(El Cura se pone de pie y mira hacia la puerta. Luego consulta su reloj.)

Cura – Hoy no ha venido nadie.

Mujer – No da ganas de salir con éste calor…

Cura – Sin embargo usted salió.

Mujer – A veces caminar me aclara las ideas.

Cura – Hace un par de años siempre había cola aquí…

Mujer – A lo mejor ya no existe esa… ¿necesidad? No sé si esa es la palabra.

Cura – Una cola grandísima. A veces éramos dos confesando. (Pausa.) Uno aquí y el otro allá. Quiero decir…

Mujer – ¿No eran dos sacerdotes en el mismo confesionario?

Cura – No, claro que no. No tendría sentido… (Pausa. Se percata de la broma.) A no ser… a no ser que el penitente tuviera pecados demasiado graves. En ese caso se justifica que dos sacerdotes atiendan a la confesión. A veces uno termina cargando con pecados ajenos y no estoy hablando de cosas graves. Hay pecados que parecen insignificantes, pero que sin embargo se quedan con uno.

Mujer – (Pensativa) Pecados insignificantes…

Cura – La indiferencia, a veces. El silencio. Crueldades mínimas que afloran por ahí. ¿Qué podemos hacer contra esto? ¿A usted no le pasa?

Mujer – (Pausa) Yo no sé mucho de ese tipo de pecados. Yo estoy más acostumbrada a cosas graves. Infidelidad. Homicidio. Asesinato pasional, por ejemplo. ¿Qué pasa cuando alguien le confiesa que ha matado a… a otra persona? Por ejemplo. ¿Usted qué haría si le digo que acabo de estrangular a alguien?

Cura – El secreto de confesión es absoluto. Yo no puedo divulgar nada. Pero puedo, por ejemplo, negarle la absolución hasta que usted confiese… (pausa) a las autoridades, por ejemplo.

Mujer – ¿Y si yo planeara matar a alguien? ¿Si le confieso mi plan?

Cura – Es la misma situación. El sigilo sacramental es inviolable. Estoy obligado al silencio. (Pausa) ¿Por qué? ¿Está planeando matar a alguien?

Mujer – A mi madre, obviamente. Pero en este caso, no creo que la muerte sea castigo suficiente. Ella ya está mayor y a veces no computa, pierde el sentido del tiempo. (Hace un gesto mental). No está demente, pero tampoco nunca ha estado completamente cuerda. Entonces si yo decidiera… estrangularla, por ejemplo, esto no sería un castigo suficiente porque ella no entendería el por qué. No sé si me explico.

Cura – (Pausa) Esto es todo hipotético, ¿verdad?

Mujer – Por el momento.

Cura – Porque ahora mismo yo no estoy obligado por el sigilo sacramental…

Mujer – No se preocupe por el sigilo, me tiene sin… (Otro pedazo de yeso cae del techo. Esta vez el estruendo es tan grande que los dos se levantan sobresaltados.) ¡Dios Santo! (Pausa.) (Trata de recuperar el aliento.) ¡De verdad, tiene que arreglar ésto! Van a matar a alguien… si no es la contusión será un infarto, pero alguien va a morir.

Cura – No se preocupe. Esto solo pasa… (Pausa.) Solo pasa cuando corre viento Zonda.

Mujer – ¿Solamente?

Cura – De todas formas, dentro de un par de semanas la iglesia ya no estará abierta al público.

Mujer – ¿Y eso qué significa?

Cura – Significa que no hay fondos para las reparaciones. Significa que me están transfiriendo a una parroquia en Tucumán. Significa que tengo unos cuantos días para empacar todo y despedirme de veinte años de servicio. (Pausa) Significa que dentro de poco esto será un edificio de departamentos, un centro comercial o un supermercado. Pero es normal, porque ya no hay esa… ¿necesidad?

Mujer – (Pausa) De verdad lo siento. No sabía…

Cura – Se veía venir. No fue una gran sorpresa… Es como el fin del mundo, siempre se lo ve venir, siempre hay signos, pero nunca nada…

Mujer – ¿Pero qué pasa si hay algún enfermo? Una emergencia. Si alguien necesita la extremaunción, por ejemplo. ¿Dónde van a conseguir a un padre?

Cura – Eso solo pasa en las películas. Si alguien está grave ya nadie busca al sacerdote. Primero llaman a la ambulancia y en el hospital – probablemente –  habrá un sacerdote en caso de que alguien lo necesite.

Mujer – De todas formas. Me sentiría muy mal si ésta iglesia ya no estuviera. Aquí yo hice el catecismo. Aquí se casó mi madre…

Cura – ¿La misma madre que planea estrangular?

Mujer – La misma madre…

Cura – ¿Y por qué está pensando ahorcarla? Si no es mucha intrusión.

Mujer – Es una historia muy larga y muy triste…

Cura – Yo tengo tiempo. Hoy no hemos tenido una clientela tupida…

Mujer – ¿No me va a reportar a las autoridades?

Cura – (Se encoge de hombros) Siempre podemos decidir que ésto es una confesión y su secreto quedará conmigo. Por el momento digamos que estamos hablando. Después le diré si necesitamos… no sé, ¿cambiar de tema?

Mujer – ¿Y usted no se aburre de ésto?

Cura – ¿De qué?

Mujer – De escuchar problemas ajenos.

Cura – A veces el preámbulo es algo aburrido. Cuando el penitente habla de cualquier cosa menos de lo que tiene en mente. Cuando dice: ¡Padre, he tenido pensamientos impuros! (Gesto interrogativo) ¿Y qué significa eso? Pensamientos impuros. ¿De verdad? ¿Ese es el pecado que has venido a confesar? Y luego de media hora empiezan a concretar. Le he mirado los senos a mi cuñada, me dicen, por ejemplo, esto es solo un ejemplo. Y luego resulta que hubo contacto directo con los senos de la cuñada… y una cosa llevó a la otra, etcétera. (Pensativo) Y después la letanía. ¿Qué hago padre? ¡Dígame, qué hago! Pues cortas el rollo y punto. ¿Qué más hay que hacer? Acabar con esa historia, veinte Padrenuestros. ¡Es que yo la quiero, padre! ¡Núnca he querido a nadie como a ella! De verdad. No tiene que ser tan complicado. (Pausa) Pero me desvío del tema…    

Mujer – (Se pone de pie) No creo que esto sirva de mucho. De verdad, no quisiera distraerlo. Le agradezco.

Cura – Hay veces que solo hablar ayuda. A veces compartir una carga la hace más llevadera… Es cliché pero es así.

Mujer – (Pausa) Tengo la sospecha de que mi madre mató a mi padre.

Cura – (Pausa) ¿Quiere confesarse?

Mujer – No. Mejor le cuento lo que pasó.

Cura – Como usted quiera.

Mujer – (Se vuelve a sentar) Fue hace más de treinta años. Mi padre era médico y estuvo un tiempo en Córdoba haciendo una especialización. Cuando regresó le confesó a mi  madre que había conocido a otra mujer. Le dijo que planeaba mudarse y que quería el divorcio. Mi madre no quiso saber nada, le dijo que antes muerta. Eso es lo que dijo. ¡Antes muerta, Antonio! ¿Me oís? ¡Antes muerta!

Cura – Antes muerta.

Mujer – Dos meses más tarde mi padre había muerto.

Cura – Al parecer su madre cambió de opinión. ¿Y Cómo murió él?

Mujer – Algo lo fulminó en menos de dos semanas. Él había decidido irse, tenía la valijas listas en el garaje y mi madre… ella también estudió medicina. Ellos se conocieron en la facultad pero ella quedó embarazada y no se graduó. Pero ella sabía que tipo de drogas serían difíciles de detectar. Algo que se pudiera mezclar en el té o con la sopa…

Cura – ¿Así como en las películas?

Mujer – (Pausa) ¿Tan desquiciada parece la historia?

Cura – No, no. Solo que todavía no veo la base… la base de su sospecha.

Mujer – Hace unos meses mi madre se esguinzó un tobillo y tuve que quedarme con ella. Una noche, me despierto a la madrugada y la escucho hablando a gritos. Esta sola, a oscuras en la sala. Primero pensé que hablaba por teléfono, o que a lo mejor estaba sonámbula pero no… estaba hablando con mi padre. Él estaba sentado frente a ella, en el mismo sillón donde se sentó a explicarle que se largaba con otra.

Cura – Y su padre… (Pausa) ¿Qué decía su padre?

Mujer – ¡No sé! ¡Porque yo no lo ví a mi padre! No soy vidente y no estoy loca. Ella era la que hablaba con él y le decía: Antonio esto; y Antonio aquello… Eso sí que era como de película, pero de terror, le aseguro. Mire, se me ponen los pelos de punta de solo acordarme.

Cura – Pero entonces…

Mujer – (Hace un gesto de que espere) Esto es lo que dijo mi madre. Y esto lo dijo muy claro. Y lo anoté en mi libreta de sueños. (Busca en su bolso) Al principio pensé que estaba soñando, y en el sueño yo pensaba: Esto es tan loco, que tengo que anotarlo en mi libreta de sueños. ¿Nunca le ha pasado? Esa sensación, estar seguro de que algo no puede ser real… pero después ya no estar tan seguro.

Cura – Casi todo el tiempo… Ahora mísmo, por ejemplo. ¿Y qué decía su padre?

Mujer – Mi madre. Mi madre dijo: (consulta su libreta) Antonio, yo te lo dije bien claro; antes muerta que divorciada, pero vos no me hiciste caso. Siempre insistías con largarte, ya tenías la idea fija, y no había forma, así que decidí matarme… Cuando vi las valijas en el garaje pensé: ¡Hoy me mato! Y ya estaba convencida, te juro que ya estaba lista para matarme. Pero vos eras tan necio. ¡Tan necio! ¡Qué hombre tan necio! Entonces se me ocurrió que no era justo. Me di cuenta de que no era justo. ¿Por qué debía morir yo, si vos eras el necio?

(Pausa)

Cura – ¿Y eso fue todo?

Mujer – Le pregunté con quién hablaba y ella sonrió como si nada. A veces hablo con tu padre. Me dijo. A veces me visita y hablamos pero no hay forma de hacerle entender. Después se fue a dormir y a los cinco minutos roncaba como un buque. Yo me quedé desvelada… anotando en mi libreta. Como loca. Y ahora escucho lo que digo y me parece que realmente estoy loca. Más loca de lo que pensaba. ¿Qué le parece?

Cura – (Pausa) Yo también lo hubiera anotado en mi libreta…

Mujer – Usted se burla de mí.

Cura – No, no. Le aseguro que no podría. Pero tampoco sabría qué decirle. Y mire que llevo años atendiendo el confesionario.

Mujer – Me imagino. Yo debo ser una categoría aparte. Hasta ahora usted solo ha atendido gente con pensamientos impuros. (Pausa) ¿De verdad la gente habla así?

Cura – Existe todo un repertorio de confesionario… He mentido. He fornicado. He tenido… ¿pensamientos lascivos?

Mujer – También. Pensamientos lascivos… lujuriosos. Encuentros fugaces con desconocidos en corredores oscuros… (Pausa.) Pero eso no es todo…

Cura – Obviamente hay más.

Mujer – Después de la muerte de mi padre mi mamá tuvo un noviazgo. Algo serio con un colega de mi padre. Los tres se habían conocido en la facultad. El doctor Héctor Cuevas… él nos ayudó mucho luego de la muerte de mi padre. Empezó a frecuentar la casa y con el tiempo pasó a formar parte de la casa. Literalmente. El doctor Cuevas. Lo quisimos bastante. Yo tenía siete u ocho años y estaba encantada con él. Era guapo al estilo Mastroianni. Siempre de saco y corbata, no sé por qué lo recuerdo en blanco y negro. Ese verano, mi madre insistió en instalar una reja de hierro forjado sobre la pared del fondo. Siempre tuvo miedo de que se metieran ladrones. La pared no es lo suficientemente alta. Se quejaba. La esquina es oscura y la gente sabe que no hay un hombre en la casa. Eso es lo que más le preocupaba. Tener un hombre en la casa. El doctor Cuevas se ofreció a instalar la reja… y así fue como murió. (Pausa) Ya casi había terminado. Estaba en el techo sujetando los esquineros con alambre cuando se cayó sobre la reja que acababa de instalar. Un pedazo de hierro le traspasó el estómago. No murió ahí… tardó horas en morir. Los paramédicos no sabían qué hacer. No podían moverlo porque el pedazo de reja era enorme. Mi madre lloraba y decía que era todo su culpa. Él no debería estar aquí. Eso fue lo que dijo mi madre, una y otra vez. Él no debería estar aquí. Esto debe ser prueba de algo…

(Pausa)

Cura – Esto solo es prueba de que su madre tuvo mala suerte.

Mujer – A lo mejor, pero hay algo más. Años más tarde… mi madre empieza a salir con un señor del trabajo. Por primera vez en mucho tiempo se la se ve feliz. Una noche van a cenar. Cuando salen del restaurante van de la mano. Dos personas de cierta edad que empiezan a estar enamorados. Ella, viuda… él divorciado. En la esquina está estacionado un camioncito de reparto. Está oscuro y el camión bloquea la vista de la calle y también bloquea la vista del conductor de un colectivo que viene demasiado rápido. Cuando van a cruzar el colectivo atropella al señor éste… se lo lleva como una mosca en el parabrisas. Mi mamá se salvó de milagro porque se detuvo un segundo detrás del camión de reparto. Se había olvidado la cartera y en ese momento notó que le faltaba.

Cura – (Se agarra la cabeza) ¡Increible! (Pausa) Indudablemente que esto es una tragedia, pero ésto… esto no es prueba de nada.

Mujer – Esto tiene que ser signo de otra cosa. Como la zarza, ¿se acuerda de la zarza? Esto es el signo del karma que persigue a mi madre por lo que hizo.

Cura – Como usted dijo… si nos ponemos a interpretar, toda cosa puede ser signo de otra cosa. De cualquier otra cosa. Hay veces, y no digo que éste sea el caso, pero hay veces que observamos una serie de hechos aislados y tratamos de encontrar un patrón, una figura lógica que tenga sentido y que explique algo. Hay veces que hay una relación causal… pero hay veces que no hay nada. Solo es nuestra mente buscando figuras.

Mujer – Entonces, ¿estoy loca?

Cura – Puede ser que esté un poco loca… Pero también puede ser que esté un poco equivocada. Y usted parece bastante normal, déjeme decirle… aunque a veces su lógica deja que desear.

Mujer – ¿Será que lo mío es solamente un problema de lógica? (Pausa) Cuando murió este señor… fuimos al hospital con mi hermana. Alguien nos llamó, no me acuerdo. Mi mamá lloraba en silencio en una esquina. Nos dijo que ella debía estar muerta, hacía tiempo que debía estar muerta, nos dijo. Más tarde le dieron un calmante. Tenía un corte en la mano y le pusieron puntos. Cuando ya estuvo más tranquila me dijo que todos sus hombres iban a morir así… muertes violentas. Muertes lentas, trágicas, dolorosas… Eso dijo. Después agregó que lo mismo le pasaría a mis pretendientes. Andate acostumbrando a estar sola, me dijo. Vas a ver que no es fácil. Pero es mejor que ver morir a tu marido… una y otra vez, una y otra vez. Muertes distintas con rostros distintos… pero al final es la misma muerte.

(Cae un pedazo de yeso en el fondo de la capilla pero ya nadie se sorprende.)

Mujer – Este señor… Francisco, se llamaba… estuvo en coma por varias semanas. Mi madre nos llevó al hospital todos los días. Llevábamos flores y comida para la merienda… mi madre hablaba. No paraba de hablar. Al final me alegró la muerte de don Francisco. Nunca me había gustado este señor. (Pausa) Una tarde, cuando empezaba a salir con mi madre, nos quedado solos… él y yo en la sala. Me habló raro… como si me conociera de años. Me dijo que era muy linda y que íbamos a ser muy buenos amigos. Esa es la frase que usó: buenos amigos, me dijo. Muy buenos amigos. Y cuando lo dijo se acercó y me acarició la mejilla… así (le acaricia la mejilla al Cura). Yo sabía que algo estaba mal… que había algo completamente fuera de lugar, pero no tuve el valor para salir corriendo. Yo era una niña, ¿qué podía saber yo? Me quedé sentada como una estátua de sal. Como Edith. Estaba segura de que ese era mi castigo por haber visto algo indebido. Más tarde encontrarían una estatua de sal en la sala y sería normal… Después él se acercó (se acerca al cura) y me acarició los labios con el pulgar, así… (acaricia los labios del Cura) Fue algo muy suave, apenas el borde de los lábios…. así. Y me dijo que yo tenía una boca muy linda. Que le gustaban mis lábios… (Pausa. Ella se pone de pie y pone distancia.) Fue casi tierno.

Cura – ¿Quiere algo de tomar? ¿Un vaso de agua? ¿Un té?

Mujer – No, gracias. Creo que ya he abusado bastante de su confianza.

Cura – Edith desobedeció a Dios y por eso se convirtió en estatua de sal. Dios le dijo: Escapa por tu vida; no mires tras de ti, ni pares en toda la llanura… Edith tuvo curiosidad y desobedeció. Pero usted no tuvo culpa de nada.

Mujer – De todas formas me sentí culpable. Cuando ocurrió el accidente me sentí… contenta. Me pareció que era justo, pero cuando él murió, pensé que yo lo había causado de alguna forma. Y me sentí culpable… todavía me siento culpable.

Cura – Le aseguro que usted no tuvo culpa de nada.

Mujer – ¿Entonces por qué Dios me sigue castigando? Como Job. ¿Conoce la historia de Job?

Cura – Conozco la historia…

Mujer – Es una cosa y otra cosa y otra cosa… Y un mensajero se acaba de ir y el otro llega con más noticias, noticias peores que las anteriores. Todos han muerto y solo uno sobrevive para darle la noticia. Y el mensajero no ha terminado de hablar cuando llega otro. Y otro. Y otro. Hay un momento que uno entiende por qué Job se rasga las vestiduras y arroja cenizas al cielo. Porque no le queda otra cosa que hacer. ¿Qué más puede hacer? Y todo por una apuesta que hizo Dios con Satanás.

Cura – No es una apuesta propiamente dicha…

Mujer – ¿Qué clase de Dios es ese? ¡Dígame! Usted es el experto.

Cura – Creo que la historia no se trata de Dios sino de Job y de cómo en ningún momento dudó de su fe y de cómo al final fue recompensado.

Mujer – Entonces ese es el problema, porque yo hace tiempo que dudo de su Dios. O mejor dicho, he empezado a creer en un Dios cruel, ensañado en la venganza. ¿Qué más puedo hacer? ¿Arrancarme las vestiduras? ¿Arrojar cenizas al cielo? Dígame, si decidiera confesarme y rezar mi penitencia, ¿a qué dios le estaría rezando? ¿Será un Dios indiferente que no tiene idea de lo que pasa aquí abajo… o será un Dios cruel cuyo único pasatiempo es asegurarse de que paguemos por nuestros pecados?

Cura – Le seré sincero… en ese punto yo tampoco estoy seguro.

Mujer – Hace más de un año mi novio fue atacado cuando salía del trabajo. Lo golpearon, le robaron el teléfono y algo de dinero. Cuando me llamaron desde el hospital ya había perdido el conocimiento. Tuvo un derrame cerebral y los médicos decidieron inducir el coma para drenar y aliviar la presión… pasó seis meses en el hospital. Sobrevivió. Todavía le cuesta caminar y mover la mano derecha y también habla con un acento extranjero. Nuestro noviazgo no sobrevivió. (Pausa) No pude seguir con él… y no es porque no lo quisiera. Más bien creo que lo amaba demasiado, pero me di cuenta de que lo que había pasado era otro signo. Mi madre tenía razón y si yo no lo dejaba él estaría muerto… veinte veces la misma muerte. No sé si tiene sentido. ¿Entiende por qué lo dejé?

Cura – Para protegerlo de la maldición de su madre…

Mujer – Exactamente… pero él no lo vio así. Y su familia… su familia tampoco no lo vio así. Para ellos lo abandoné porque no lo amaba lo suficiente. Porque no soportaba verlo así, postrado… tartamudeando, buscando palabras perdidas cuando antes había sido tan… distinto. Porque hubo cosas que se le salieron de sitio con el golpe. No dejó de ser él, pero era distinto. Y esa mueca inútil… siempre la boca torcida. Y el optimismo a flor de mueca, como si no pasara nada. En seguida va a estar corriendo los 100 metros. Decían. ¿Y por qué no una maratón? Tiene dificultades apuntando un tenedor en la dirección general del rostro… ¿y va a correr hasta la esquina? (Pausa) ¿Y cuál esquina será esa? Me pregunto. Si no recuerda el nombre de la calle en que vive. Es la voluntad de Dios, dice su madre. ¡La voluntad de Dios! ¿Y cuál Dios será ese? ¿El que se aburre de tanta soledad y necesita insertar caos para entretenerse? ¡Dígame!

Cura – No lo sé…

Mujer – ¡Pensé que usted era el experto! ¿Para qué estamos hablando entonces?

Cura – No sé. No tengo idea. ¿Qué quiere que le diga?

Mujer – ¡Cualquier cosa! ¿Qué le dice a todo el mundo? ¿Veinte padre nuestros y aquí no ha pasado nada?

Cura – No le puedo dar penitencia si no se está confesando.

Mujer – No necesita darme penitencia. ¡Mi vida es una penitencia! Mi vida es una sucesión de penitencias. Callejones oscuros que desembocan en… en otros callejones más oscuros. Estoy cansada. Necesito algo… no sé. Deme algo de esperanza o deme una soga así me cuelgo de una viga… porque la verdad no sé.

(Pausa)

Cura – Rece veinte padre nuestros.

Mujer – ¿Veinte padre nuestros?

Cura – Sí, veinte. Veinte padre nuestros.

Mujer – ¿Uno detrás de otro?

Cura – Como le quede más fácil. Puede rezar diez ahora y diez mañana.

Mujer – ¿Y eso me hará sentir mejor?

Cura –  Se lo prometo.

(Pausa) (Ella se pone de pie y le da la mano)

Mujer – (Se acerca y le besa la mejilla) Gracias… (Sale)

(El cura permanece sentado un rato, hasta que se apagan las luces.)

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Mi amigo Pete

Flirtatious young girls staring at handsome guy

Petro es un amigo rabdomante – ya os he hablado de él en alguna parte -, que es uno de los repelentes femeninos más eficientes que he conocido. Lo mismo que hay tipos que son un imán en estas cuestiones, sea por técnica, porte o simpatía; él está en el extremo opuesto de ese baremo. Es más, yo diría que ocupa una categoría propia que descalibra toda dialéctica; puesto que no hay nadie que sea tan infalible en la otra punta de esta cornisa.

El otro día sin ir más lejos, estamos bebiendo en una bar del centro y se acercan dos muchachas muy risueñas y muy monas y tal vez algo bebidas. Yo conozco a Petro, así que las veo pasar y me resigno. Varias banquetas hacia allá, acechan dos tiburones metrosexuales que tendrán más probabilidades. ¿Para qué ahondar?

Las muchachas han elegido un punto equidistante entre los tiburones y nosotros. Esto es algo matemático, en alguna parte tiene que haber una monografía sobre el tema. Seguirá una danza no verbal… un ajedrez de miradas y de sonrisas hasta que alguien rompa el hielo. Petro me hace una seña estilo comando… (comando de la Playstation, obviamente) pero yo estoy resignado, me encojo de hombros y me voy camino del water.

A la vuelta del servicio compruebo que Petro no solo ha comprado tragos para las muchachas sino que ahora se encuentra sumido en un relato cibernético y ellas (sentadas una a cada lado) se ríen a carcajadas.

Me detengo a observar un segundo. Tengo que reconocer que la historia es graciosa. Es acerca de cómo una vez Petro tuvo que formatear el disco duro de una octogenaria que tenía la computadora llena de hard-core porno, y de cómo la señora se tentaba de risa cada vez que él le mencionaba el Disco Duro. “¿Y qué tan duro es este disco del que me habláis?” preguntaba ella y se ahogaba de risa como si fuera a tener un ataque de asma.

Es probable que Petro sea un genio en eso de las computadoras, pero a veces puede ser un pelmazo cuando se pone a dar cátedra, cuando trata de explicar cómo un módem se comunica con un switchboard; o se empecina en que uno entienda los fundamentos del html… (pronunciado: Hache Te Eme Ele) cosas que nosotros (tristes mortales) nunca entenderemos.

Pero su repertorio también tiene historias joviales, relatos que involucran a la tecnología pero solo de manera tangencial y que resultan comprensibles y hasta divertidos.

Me acerco y Petro me presenta a las muchachas. Me pone por las nubes. Dice que soy: un amigo entrañable. Un amigo de años que siempre ha estado; en las buenas… pero sobre todo en las malas. Y cuando dice esto se pone serio y le da un peso teatral a la frase… como si estuviera hablando de leucemia o lepra o algo por el estilo. Cosa que de alguna forma es cierta porque lo suyo – ese don que tiene para espantar mujeres – es muy parecido a una enfermedad.

Entonces continuamos y Petro está – como dicen los gringos – on a roll. Cuenta una historia tras otra y todas tienen gran éxito. Luego de varios tragos nos mudamos a una mesa en una esquina, ahí no hay tanto ruido y así tendremos más intimidad y podemos ordenar algo para comer, dice Petro. ¿Qué les parece? Y las muchachas están encantadas. Yo le sigo la corriente, aunque todavía no me lo creo; es como uno de esos sueños donde todos van en calzoncillos pero uno no se atreve a quitarse los pantalones porque está seguro de que habrá consecuencias.

Ya en la mesa yo gravito hacia la morocha – o ella gravita, no sé – y Petro se sienta junto a la pelirroja, que se llama Conchita y que sin mucho trámite confiesa que es daltónica. Apenas lo dice yo miro a Petro, porque ésta es su oportunidad para embarrarla olímpicamente… como siempre. Y aunque es algo que no debería ofuscarme pero sin embargo… Porque estas muchachas son guapas y la cosa va tan bien y hace tanto tiempo que no toco un pezón erecto. ¡Joder! Quisiera desviar la trayectoria de la conversación, como Superman cuando detiene el tren antes del precipicio porque Lex Luthor voló el puente y en el primer vagón va Luisa Lane; pero no se me ocurre nada. A lo mejor podría subirme a una silla e imitar a Fred Astaire, pero ya es tarde porque Petro ha abierto la boca y dice: esto es lo que dice:

– Eso explica la blusa, muñeca. Os aseguro que la convención de Ginebra debe tener algo en contra de tanto estilo.

Se produce un silencio brusco, como si fuéramos en ese mismo tren que acabo de mencionar solo que ya no hay contacto con los rieles… Flotamos en el aire. Parece que Conchita va a llorar, o a lo mejor le ha entrado algo en los ojos. Luego sonríe tímida y dice:

– ¿De verdad?

– Pues claro, los americanos probablemente la han usado para torturar a los de Al Qaida.

– Quiero decir, si de verdad es tan fea. A veces mi madre me ayuda a escoger ropa…

– ¿Y quién puede argüir con una madre? – digo apresurando el final del tema. Petro entiende la indirecta (o a lo mejor ya no tiene material) y se va por otros rumbos.

¿El menú? Si, por favor. El menú. 

La velada transcurre sin incidentes. Comemos, bebemos, hablamos de tiempos perdidos. La morocha se llama Maritza y es maestra de primaria. Es separada, sin hijos y vive con sus padres. Regresó a la casa paterna en parte por cuestiones económicas y en parte también porque el padre sufrió una embolia y ahora necesita cuidado. 

Yo comprendo perfectamente. Soy un modelo de comprensión. Me he dado cuenta que mi éxito con las mujeres depende mucho de mi silencio. Mientras menos hablo, más enigmático, más atractivo y más comprensivo parezco. Y esto no es una teoría mía, esto me lo han confirmado varias fuentes independientes. Así que no complico las cosas y dejo que Maritza me cuente de las dificultades con su padre y del perro artrítico y de los párvulos que no quieren aprender la regla de tres simple.

De pronto me desconcentro y veo a Conchita, que ahora está pegada a Petro. Como si fueran una pareja de años y Petro habla hasta por los codos. Ella sonríe levemente pero no escucha. Mira la manga de su blusa y luego mira la blusa de su amiga. Y la mirada tiene una nostalgia que me pone los pelos de punta, algo que me parte el corazón, aunque no estoy seguro por qué.

Luego me mira y sonríe, pero es una sonrisa mustia. Yo hago un gesto y vuelvo a Maritza. Tengo que prestar atención: un perro artrítico y los párvulos. Dolores de cabeza y el padre que está cada vez peor.

Luego de un rato, ya vamos por el café y estamos haciendo planes para continuar la velada en el departamento de Petro, que está aquí a la vuelta, a un tiro de piedra, alguien menciona a Quino y a Pepo. Uno argentino y el otro chileno. Los dos humoristas gráficos.

– Nada que decir – dice Petro, convencido -. Pepo es un pelotudo y Quino es un genio.

De nuevo es como que el tren flota al borde del abismo… Aunque yo de cierta forma estoy de acuerdo con Petro, Maritza no concuerda y ahora ya no hay forma de desviar la conversación.

– No, no… para nada – dice Maritza, seria -. Para mí son dos grandes del humor gráfico hispano americano.

– No podrían estar en extremos más opuestos del espectro.

– Claro, son estilos distintos – insiste Maritza -, tal vez son puntos opuestos de una estética.

Pero Petro niega con la cabeza y separa los brazos de punta a punta, como si estuviera a punto de ser crucificado. Solo que pone las palmas hacia arriba; en una punta está Mafalda, en la otra Condorito.

– Un pelotudo y un genio. ¿De qué otra forma quieres que te lo explique?

– Discúlpame Petro – dice Maritza, adoptando el tono sumiso de una geisha a punto de dar el zarpazo ninja -. No puedes ser tan cerrado de mollera para no apreciar las gamas de dos estilos.

– Yo seré cerrado de mollera, pero tu padeces un daltonismo mental tan grave, que ya no distingues entre la pelotudez y el genio.

Y así, de manera magistral, Petro se las ha ingeniado para insultar a las dos de una vez y sin remordimiento.

– ¡Plop, Pepo! – digo incongruente, porque realmente no se me ocurre otra cosa.

Las muchachas se ponen de pie al unísono y comienzan a recoger abrigos y carteras. Petro empieza a esbozar una disculpa pero solo consigue escalar el conflicto. No sé qué dice, porque ya no presto atención, pero una de las muchachas le vacía medio pocillo de café en la cara.

– Yo no soy tonta – dice la de la blusa flagelante -, solamente no distingo colores…

– ¡Vamos! – dice la otra, que se llama Maritza y tiene un padre enfermo y un perro artrítico y una parva de párvulos insurrectos…

Se largan como una tempestad.

Al ver la escaramuza, el mozo se acerca presuroso y Petro pide otro café y cheesecake para acompañar.

– ¡Qué cosa con usted, compadre! – me dice, luego de un rato.

– ¿Qué cosa con migo?

– ¿Plop, Pepo? ¿¡Realmente?! Usted sí que no tiene nombre.

Te pasaste Petronilo, pienso… o a lo mejor lo digo en voz alta, ya no estoy tan seguro. ¡Pegá la vuelta que la Argentina te queda chica!

The Trump Presidency

Event Horizon copy

Mr. Trump was always the star of his own Reality Show. Even after The Apprentice was cancelled, his Reality Show kept on going. And that’s the way it had to be, there was no way around it.

According to the psychologist Martha Cunningham; a massive ego demands constant attention and for Trump, the only way to get enough was to run for president. And this was good for him, for a while. His personality stabilized and he was his normal self. The problem is, like with any other drug, that the more attention he got, the more he demanded.

A new paper published this week by the astronomer Simon Finkelstein, tries to explain this phenomenon and draws parallels between Mr. Trump career and the life of stars. After all, Mr. Trump is a big reality star. He is huge.

According to Mr. Finkelstein’s, a gravitational collapse occurs when an object’s internal pressure is insufficient to resist the object’s own gravity. This is the origin of a black hole… a region of spacetime that has such strong gravitational effects that nothing – not even light or the media – can escape from it.

The theory of general relativity predicted that a sufficiently compact mass can deform spacetime to create a black hole.

According to the new paper, when Mr. Trump started his presidential race, his ego was massive enough to create a deformity in the electoral spacetime. The gravitational pull kept the news cycles captives in small orbits around this huge star, and that’s why the other candidates slowly disappeared without anybody noticing.

The orbits around Mr. Trump, and this is the key point in Mr. Finkelstein’s paper, are going to get smaller and smaller… until eventually, everything (that is: the media) will be swallowed.

This is the point where the gravitational collapse will occur and Mr. Trump will cease to be a Reality Star to become a Huge Black Asshole.

El hombre de la capa

Hoy llegó a la oficina un tío de capa y sombrero.

– Quiero hacer unas tarjetas de presentación – dijo, muy serio -. Quiero que tengan mi nombre, y debajo (en letras rojas y más grande) que diga: Comediante.

– Seguro – dije, tomando notas -. ¿Y qué más? ¿Le ponemos su número de teléfono, el correo electrónico?

– Solo el teléfono está bien – dijo el comediante.

– ¿Y alguna gráfica en la tarjeta? Se me ocurre un micrófono, por ejemplo. Esos micrófonos antiguos a un costado.

– No, no. Yo no soy esa clase de comediante.

Eso es lo que dijo, no agrego ni quito nada. Si quisiera inventar no podría, porque no tengo tanta imaginación. Yo soy como ese niño que se la pasa el día dibujando y todos están admirados de lo bien que dibuja, y la madre se llena la boca hablando de los dibujos de su hijo, y las tías salen de paseo con el sobrino prodigio, y cuando alguien le pregunta al chico que cómo se le ocurren las cosas que dibuja, él simplemente dice: las calco.

Ese niño soy yo. O mejor dicho: ese niño era yo hace algunos años. Calcaba todo lo que tenía a mano. Una vez traté de dibujar por mi cuenta pero no me fue muy bien. Quise dibujar una bragueta y me salió un pene. Le mostré el dibujo a mi abuela (para tener una segunda opinión, me imagino) y la anciana casi se desmaya.

No, no. Eso no se dibuja, me dijo convencida y yo abandoné mi proyecto de dibujar al Coronel Steve Austin, el astronauta. Aparte que la cara nunca me salía parecida. ¿Y éste quién es? me preguntaban mis familiares y yo me enfurecía: ¡Es el hombre nuclear, pues!

El Zorro era más fácil de hacer. O por lo menos lo reconocían en seguida, con la máscara y la capa. Desde entonces siempre quise usar capa (o sombrero), pero nunca me atreví. Así que cuando el tío de las tarjetas llegó a la oficina pensé que la idea no era tan descabellada.

Se notaba que la capa era abrigada.

– ¿Cuántas tarjetas vamos a hacer?

– Veinticinco – dijo el tío, sin pestañear.

– El mínimo son doscientas cincuenta.

– No necesito tantas…

Nos quedamos un rato así, en silencio. Él se dio cuenta que le miraba la capa y sonrió orgulloso.

– Se ve que es abrigada – le dije.

– Sí. Y es más practica que un abrigo. Porque si llego a un lugar con mucha calefacción no me la tengo que quitar. Solo la aparto para un lado, así.

Me mostró como la apartaba. Me hizo acordar al Zorro, cuando se preparaba para luchar contra los lanceros. Era como que se arremangaba la capa para agarrar mejor la espada y no enredarse.

– También me protege contra la lluvia – continuó el comediante -. Es impermeable y tiene capucha.

– Ya no se ven muchas capas – dije, aunque me arrepentí inmediatamente.

– Es una pena, pero pronto volverán a estar de moda. Brad Pitt empezó a usar una hace poco.

– ¿Brad Pitt?

– Brad Pitt – confirmó el comediante, satisfecho.

Más tarde mi abuela le dijo a mi madre que yo había dibujado un hombre con un pene grandísimo. Mi madre, lógicamente se alarmó y a la noche me preguntó por qué había dibujado un hombre con un pene. Así me lo preguntó y yo no entendí la pregunta. ¿Debía dibujar a un hombre con dos penes? ¿O debía dibujar a una mujer con un pene? De todas formas la mujer biónica era mucho más difícil de hacer, con braguetas gigantescas que terminarían mandando a mi abuela al hospital.

Le dije a mi madre que había sido un error de cálculo y que ya había abandonado mi sueño de convertirme en historietista. Mi madre me dijo que yo estaba muy chico para abandonar sueños, porque según ella en esa época yo tenía tres o cuatro años.

– ¿Y qué tipo de comedia hace usted? – le pregunté al hombre de la capa. Era más que nada un interés técnico, para ver qué tipo de diseño haría.

– Es una comedia tangencial – dijo -. Algo cerebral que aspira a la reflexión interna, a la sonrisa recogida antes que a la carcajada o el aplauso.

– A lo mejor podemos usar un diseño abstracto, líneas de colores yuxtapuestas -. dije, usando la palabrita adrede.

– No sé cómo funcionaría la yuxtaposición… – dijo él, devolviéndome la palabra -. A lo mejor si me mostrara algo.

Saqué el bolígrafo rápidamente y dibujé lo que tenía en mente. Que no era gran cosa; tres líneas curvas que partían desde el centro de un rectángulo acostado. En el medio del rectángulo la palabra: Comediante.

– Usted dibuja muy bien – dijo el hombre de la capa.

Pensé decirle que mi abuelita no pensaba lo mismo, pero guardé silencio.

El comediante miró el dibujo detenidamente. Levantó el papel extendiendo el brazo. Arrugó el ceño tratando de imaginar su tarjeta de presentación. Mientras más le daba vueltas yo más me convencía de que el bosquejo parecía un pene acostado. Un puto pene con la palabra comediante en el medio.

Luego de un silencio insondable, el comediante se aclaró la garganta.

– Esto parece…

– Sí, sí, parece un pene – dije abatido -. Me acabo de dar cuenta.

– No, no – dijo él, viendo el bosquejo con más pausa -. Yo iba a decir un sombrero.

– Un sombrero – dije, tratando de asentir con la cabeza -. También, sí, claro. Puede ser.

Un sombrero con forma de pene, pensé.  

Después de otro silencio incómodo, el comediante dijo que necesitaba tiempo para pensarlo mejor.

– Las tarjetas no tienen apuro – dijo -. Después puedo pasar con más tiempo.

Y se fue como había llegado.

Tres días más tarde llegó la capa que ordené en línea.

 

lugosi cape copy

Parte dos

Es una capa de cachemir azul marino, con dos aberturas en el frente, cuello alto que se puede usar levantado o cruzado hacia un lado (para proteger el rostro del viento) y dos botones en la pechera. Era una mezcla entre la capa de Batman y el abrigo de Sherlock Holmes, pero con mucho más estilo.

Claro que mi mujer no aprecia el estilo y cuando me ve con la capa pregunta con un tono muy particular:

– ¿Y eso? ¿Qué es eso? – me pregunta.

– Es una capa – le digo, tratando de quitarle importancia.

Me doy cuenta de que no le ha gustado la capa. Siempre que hay algo que le disgusta trata de encontrar un rodeo para decir las cosas. Según ella, es para no herir los sentimientos del otro. Pero ahora sorprendentemente evita los circunloquios y va directo al grano. Me dice; esto es lo que me dice:

– Vos estás loco. Después de cuatro años, finalmente nos invitan a la casa de mi consuegra… ¿y vos te vas a poner una capa?

– No veo qué tiene de malo una capa.

Una puta capa.

– Tiene que todavía falta para Halloween. Tiene que es una cena para personas serias, ¿te das cuenta? Una de las tías trabaja en Wall Street, nada menos. Así que no tengo intenciones de llegar del brazo con el conde Drácula.

– Es cachemira inglesa – le digo y extiendo el brazo para que palpe -. Tela importada. Esta capa es cosa seria.

Ella estira la mano y palpa incrédula. Luego mete una mano en el bolsillo y siente el forro.

– Se ve que es abrigada – dice, convencida.

– Y es sumamente liviana. Y más practica que un abrigo. Si llego a un lugar con mucha calefacción no me la tengo que quitar. Solo la aparto para un lado, así.

Le muestro el gesto que hacía el Zorro para sacar la espada.

– Es elegante, eso no te lo voy a negar – dice ella, alejándose apenas para apreciar el conjunto.

– Y ahora está de moda. Brad Pitt usa una.

– ¿Brad Pitt? ¿El comediante?

– Brad Pitt no es comediante.

– Se estará dedicando a la comedia – dice ella, con ese tonito que le conozco de lejos -, porque para usar una cosa así hay que ser muy funny o muy crazy. Y vos estás cra-ee-zy si pensás que vas a salir conmigo con eso encima.

En ese momento llega el perro de mi mujer. Normalmente no es un amor muy grande lo que siento por ese perro. Más bien diría que es una aversión mutua lo que sentimos; el perro y yo. Tiene unos ojos vidriosos que parece que se los arrancaron a un oso de peluche y luego se los pegaron a este perro sin tener mucho cuidado con la proporción o la perspectiva. Entonces tiene una mirada lasciva y torcida que parece pedir perdón todo el tiempo. Me imagino que en otra vida fue un criminal de guerra, o un violador en serie…

La cosa es que ahora el perro – el puto perro – no me reconoce con la capa y empieza a ladrarme a todo pulmón. Nunca lo he visto ladrar de este modo; se le nota el pánico en el tono del ladrido pero también hay algo amenazante. Por un segundo siento temor, porque es un perro pequeño pero es muy ágil. ¿Qué tal que si de un salto me agarra la yugular, o algo?

Después veo que mi mujer está conteniendo la risa y esto me hace hervir la sangre. Abro los brazos de golpe, como si realmente fuera el conde Drácula y dejo escapar un pequeño rugido. El perro retrocede espantado pero no deja de ladrar. Yo avanzo otro medio paso y cuando él está justo al borde de la escalera digo; esto es lo que digo:

– ¡Guau! – le digo. Y ni siquiera lo digo muy fuerte. Pero el perro evidentemente está al borde de un ataque de pánico o algo porque las patas le dejan de funcionar. Es como esos chivos que cuando uno los asusta se quedan tiesos y caen de lado; solo que el perro está junto a la escalera y baja rodando.

Nunca he visto algo tan gracioso. El perro no para de ladrar mientras va rodando, aunque más bien es un aullido. Le funciona la mandíbula pero el resto del perro está rígido como si fuera una piñata peluda, no exagero. Y cuando llega al final se da de cabeza contra la puerta y solo entonces recobra el uso de las extremidades. Trata de correr pero las uñas resbalan en el piso de madera como en un dibujo animado. Corre y corre y corre pero no se mueve del sitito.

Perro hijo e’puta.

– ¡Ernesto! – dice mi mujer muy asustada y corre a ver qué le pasó a Ernesto.

Así se llama el perro. No me pregunten cómo fue que le pusieron el nombre. Una vez yo llegué del trabajo y el perro ya tenía nombre. Aparentemente un tío lejano y muy querido se llamaba Ernesto o algo así.

Ahora mi mujer está enojadísima porque asusté a Ernesto y le provoqué el desafortunado desliz. Pero más se enoja porque no puedo parar de reírme. Tanto me río que ya me está dando calor y me tengo que quitar la capa.

La puta capa.

Obviamente, luego de lo del perro no podré estrenar.

Sobre la pelotudez

Los Sólidos Perfectos

Toda mi vida he tratado de evitar ser un pelotudo. Claro que hay veces que la situación conspira y los resultados son inevitables; uno termina comportándose… pelotudamente, digamos, sin ser un pelotudo per se.

Por ejemplo, estoy de pie junto a la mesa un restaurante. Me estoy poniendo el abrigo y el gorro y los guantes y la mesera se acerca y pregunta:

– ¿Querrán algo más o solo les traigo la cuenta?

– ¿Y a vos qué te parece, querida? – le pregunto. Porque realmente.

Entonces ella me mira con cara bovina y agranda los ojos.

Yo podría decir que me traiga la cuenta y ya, aquí no pasó nada y se terminó el transe, pero no. Hay algo dentro de mí que pulsa por salir y entonces digo; esto es lo que digo:

– Hace media hora que estoy esperando por la cuenta. Y vos hace media hora que no nos das pelota. Estás chateando en el teléfono y flirteando con el bar ténder y tomándote selfis con tus amigos y posteándolos en Facebook o Instagram o sea lo que sea que funcione con tu pinche celular…

En éste momento (solo entonces, cuando ya voy embalado con el monólogo) me doy cuenta de que mi voz está bastante por encima del bullicio general. Mi mujer – que en un primer momento se mostró muy de acuerdo con mi respuesta mordaz ahora guarda su distancia y se encamina hacia la puerta, como diciendo: no te conozco, pibe. A ver cómo te escapas de ésta.

Para colmo ahora la mesera ha empezado a llorar, aunque no es llanto precisamente. Solo el ojo derecho le lagrimea copioso pero su expresión no ha cambiado. Me da miedo de que le vaya a dar una apoplejía o algo.

– Está bien – le digo, tratando de que reaccione -. Trae la cuenta nomás. De todas formas ya está un poco tarde…

El silencio se alarga y los comensales vecinos sacuden sus cabezas.

¡Qué pelotudo, más grande!

O la otra vez, por ejemplo, estoy discutiendo con mi mujer acerca de un par de teléfonos. Que si el iPhone 6 es mejor que el Galaxy 6 o que si es al revés. Y como ella tiene uno y yo tengo el otro, la discusión se torna acalorada muy pronto. Y que uno tiene mejor pantalla y el otro tiene asistente personal, y que el otro es más rápido, o que el otro tiene más batería, etcétera. Llega un punto en que estoy realmente molesto y le digo esto:

Déjame que te explique algo, querida.

Luego de decirlo me detengo a pensar, porque realmente no sé qué es lo que le voy a explicar. Ya le he explicado veinte veces la misma cosa y los argumentos no hacen mella. Hemos dado tantas vueltas con lo mismo que ya estoy mareado y decido que será mejor bajar de esta calesita silogística.

Entonces digo, esto es lo que digo:

¿Sabés qué? No tiene sentido.

Doy la media vuelta y me voy… o trato de irme, porque mientras doy la vuelta comprendo cómo la frase podría ser malinterpretada.

Déjame que te explique algo, querida. (Pausa.) ¿Sabés qué? No tiene sentido.

Entonces escucho el grito:

– ¿Es que soy tan bruta? – dice mi mujer, a quien le ha tomado un par de segundos reaccionar.

Lo demás sucede en cámara lenta. Yo tenía la esperanza de alcanzar la escalera y largarme a mi cuarto pero ahora veo que esto ya no será posible. La cocina es pequeña y está llena de cuchillos y cucharas de madera y ollas a presión. Objetos contundentes que podrán ser usados para defensa personal o para todo lo contrario. Pero mi mujer no necesita nada de eso. Se trepa a mi espalda y me agarra la cara con las dos manos, de forma que mi rostro viaja simultáneamente en dos direcciones contradictorias. Yo he perdido los anteojos en el proceso pero todavía tengo la puerta a la vista. Ingenuamente pienso que todavía puedo alcanzar la escalera. Para colmo de males, una uña de mi mujer me desvía un ojo de modo que ahora veo doble… o sea: mi cerebro computa dos puertas -cuando en realidad solo hay una- y yo no sé cuál es cuál. Aparte de que me cuesta calcular la distancia entre la nevera y la puerta y el marco de la puerta… objetos que conspiran para darme en la frente.

– ¿Es que soy tan bruta? – repite mi mujer, indignada -. ¡Explícame! ¡Explícame a ver si entiendo!

Sinceramente querría explicarle, pero intuyo que se trata más que nada de una pregunta retórica. Entonces trato de huir, calculo mal y me doy de jeta de bruces contra el marco de la puerta.

Veo constelaciones que Kepler nunca se imaginó. Veo los sólidos perfectos del astrónomo alemán y también veo otros (que nadie sabe que existen) y luego caemos de espalda. Mi mujer y yo claro, Kepler ya no tiene tela en este royo.

Arrastrándome por el suelo, siento el sabor inconfundible de la sangre. No sé si es de la frente o del labio pero sí sé que es sangre mía y me imagino que mi mujer la huele y esto la excita más todavía, porque en todo el trance no me ha soltado y ya me está clavando las uñas.

En ese momento se abre la puerta del frente y entra el hijo de mi mujer. Un modelo de pulcritud: saco y corbata, Christian Dior, Ralph Laurent y Calvin Klein. Más atrás la novia (también agraciada y civilizada) alza las cejas y nos mira con cierto desdén cinematográfico.

Yo quisiera poder explicar las circunstancias pero no se me ocurre nada; entonces digo, esto es lo que digo:

– ¡Querido, llegás justo! Para vos, ¿cuál es mejor, el iPhone 6 o el Galaxy 6?

¡Qué pelotudo más grande!

Bomba de huevo

Comparto un texto de Carlos Burgos, cuya lectura es más que recomendada.

Laleydeotros

El novio de mi amiga Marga es corresponsal de guerra. Sí, es de esos que cuando estamos en una cena dice: “No tenéis ni puta idea de lo que es aquello”. Y es cierto, nadie tiene ni puta idea de nada, sólo él. En Angola –sigue–, estuvieron a punto de volarnos por los aires con un RPG. Joder, ¿Sabéis lo que es un RPG?

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