
Petro es un amigo rabdomante – ya os he hablado de él en alguna parte -, que es uno de los repelentes femeninos más eficientes que he conocido. Lo mismo que hay tipos que son un imán en estas cuestiones, sea por técnica, porte o simpatía; él está en el extremo opuesto de ese baremo. Es más, yo diría que ocupa una categoría propia que descalibra toda dialéctica; puesto que no hay nadie que sea tan infalible en la otra punta de esta cornisa.
El otro día sin ir más lejos, estamos bebiendo en una bar del centro y se acercan dos muchachas muy risueñas y muy monas y tal vez algo bebidas. Yo conozco a Petro, así que las veo pasar y me resigno. Varias banquetas hacia allá, acechan dos tiburones metrosexuales que tendrán más probabilidades. ¿Para qué ahondar?
Las muchachas han elegido un punto equidistante entre los tiburones y nosotros. Esto es algo matemático, en alguna parte tiene que haber una monografía sobre el tema. Seguirá una danza no verbal… un ajedrez de miradas y de sonrisas hasta que alguien rompa el hielo. Petro me hace una seña estilo comando… (comando de la Playstation, obviamente) pero yo estoy resignado, me encojo de hombros y me voy camino del water.
A la vuelta del servicio compruebo que Petro no solo ha comprado tragos para las muchachas sino que ahora se encuentra sumido en un relato cibernético y ellas (sentadas una a cada lado) se ríen a carcajadas.
Me detengo a observar un segundo. Tengo que reconocer que la historia es graciosa. Es acerca de cómo una vez Petro tuvo que formatear el disco duro de una octogenaria que tenía la computadora llena de hard-core porno, y de cómo la señora se tentaba de risa cada vez que él le mencionaba el Disco Duro. “¿Y qué tan duro es este disco del que me habláis?” preguntaba ella y se ahogaba de risa como si fuera a tener un ataque de asma.
Es probable que Petro sea un genio en eso de las computadoras, pero a veces puede ser un pelmazo cuando se pone a dar cátedra, cuando trata de explicar cómo un módem se comunica con un switchboard; o se empecina en que uno entienda los fundamentos del html… (pronunciado: Hache Te Eme Ele) cosas que nosotros (tristes mortales) nunca entenderemos.
Pero su repertorio también tiene historias joviales, relatos que involucran a la tecnología pero solo de manera tangencial y que resultan comprensibles y hasta divertidos.
Me acerco y Petro me presenta a las muchachas. Me pone por las nubes. Dice que soy: un amigo entrañable. Un amigo de años que siempre ha estado; en las buenas… pero sobre todo en las malas. Y cuando dice esto se pone serio y le da un peso teatral a la frase… como si estuviera hablando de leucemia o lepra o algo por el estilo. Cosa que de alguna forma es cierta porque lo suyo – ese don que tiene para espantar mujeres – es muy parecido a una enfermedad.
Entonces continuamos y Petro está – como dicen los gringos – on a roll. Cuenta una historia tras otra y todas tienen gran éxito. Luego de varios tragos nos mudamos a una mesa en una esquina, ahí no hay tanto ruido y así tendremos más intimidad y podemos ordenar algo para comer, dice Petro. ¿Qué les parece? Y las muchachas están encantadas. Yo le sigo la corriente, aunque todavía no me lo creo; es como uno de esos sueños donde todos van en calzoncillos pero uno no se atreve a quitarse los pantalones porque está seguro de que habrá consecuencias.
Ya en la mesa yo gravito hacia la morocha – o ella gravita, no sé – y Petro se sienta junto a la pelirroja, que se llama Conchita y que sin mucho trámite confiesa que es daltónica. Apenas lo dice yo miro a Petro, porque ésta es su oportunidad para embarrarla olímpicamente… como siempre. Y aunque es algo que no debería ofuscarme pero sin embargo… Porque estas muchachas son guapas y la cosa va tan bien y hace tanto tiempo que no toco un pezón erecto. ¡Joder! Quisiera desviar la trayectoria de la conversación, como Superman cuando detiene el tren antes del precipicio porque Lex Luthor voló el puente y en el primer vagón va Luisa Lane; pero no se me ocurre nada. A lo mejor podría subirme a una silla e imitar a Fred Astaire, pero ya es tarde porque Petro ha abierto la boca y dice: esto es lo que dice:
– Eso explica la blusa, muñeca. Os aseguro que la convención de Ginebra debe tener algo en contra de tanto estilo.
Se produce un silencio brusco, como si fuéramos en ese mismo tren que acabo de mencionar solo que ya no hay contacto con los rieles… Flotamos en el aire. Parece que Conchita va a llorar, o a lo mejor le ha entrado algo en los ojos. Luego sonríe tímida y dice:
– ¿De verdad?
– Pues claro, los americanos probablemente la han usado para torturar a los de Al Qaida.
– Quiero decir, si de verdad es tan fea. A veces mi madre me ayuda a escoger ropa…
– ¿Y quién puede argüir con una madre? – digo apresurando el final del tema. Petro entiende la indirecta (o a lo mejor ya no tiene material) y se va por otros rumbos.
¿El menú? Si, por favor. El menú.
La velada transcurre sin incidentes. Comemos, bebemos, hablamos de tiempos perdidos. La morocha se llama Maritza y es maestra de primaria. Es separada, sin hijos y vive con sus padres. Regresó a la casa paterna en parte por cuestiones económicas y en parte también porque el padre sufrió una embolia y ahora necesita cuidado.
Yo comprendo perfectamente. Soy un modelo de comprensión. Me he dado cuenta que mi éxito con las mujeres depende mucho de mi silencio. Mientras menos hablo, más enigmático, más atractivo y más comprensivo parezco. Y esto no es una teoría mía, esto me lo han confirmado varias fuentes independientes. Así que no complico las cosas y dejo que Maritza me cuente de las dificultades con su padre y del perro artrítico y de los párvulos que no quieren aprender la regla de tres simple.
De pronto me desconcentro y veo a Conchita, que ahora está pegada a Petro. Como si fueran una pareja de años y Petro habla hasta por los codos. Ella sonríe levemente pero no escucha. Mira la manga de su blusa y luego mira la blusa de su amiga. Y la mirada tiene una nostalgia que me pone los pelos de punta, algo que me parte el corazón, aunque no estoy seguro por qué.
Luego me mira y sonríe, pero es una sonrisa mustia. Yo hago un gesto y vuelvo a Maritza. Tengo que prestar atención: un perro artrítico y los párvulos. Dolores de cabeza y el padre que está cada vez peor.
Luego de un rato, ya vamos por el café y estamos haciendo planes para continuar la velada en el departamento de Petro, que está aquí a la vuelta, a un tiro de piedra, alguien menciona a Quino y a Pepo. Uno argentino y el otro chileno. Los dos humoristas gráficos.
– Nada que decir – dice Petro, convencido -. Pepo es un pelotudo y Quino es un genio.
De nuevo es como que el tren flota al borde del abismo… Aunque yo de cierta forma estoy de acuerdo con Petro, Maritza no concuerda y ahora ya no hay forma de desviar la conversación.
– No, no… para nada – dice Maritza, seria -. Para mí son dos grandes del humor gráfico hispano americano.
– No podrían estar en extremos más opuestos del espectro.
– Claro, son estilos distintos – insiste Maritza -, tal vez son puntos opuestos de una estética.
Pero Petro niega con la cabeza y separa los brazos de punta a punta, como si estuviera a punto de ser crucificado. Solo que pone las palmas hacia arriba; en una punta está Mafalda, en la otra Condorito.
– Un pelotudo y un genio. ¿De qué otra forma quieres que te lo explique?
– Discúlpame Petro – dice Maritza, adoptando el tono sumiso de una geisha a punto de dar el zarpazo ninja -. No puedes ser tan cerrado de mollera para no apreciar las gamas de dos estilos.
– Yo seré cerrado de mollera, pero tu padeces un daltonismo mental tan grave, que ya no distingues entre la pelotudez y el genio.
Y así, de manera magistral, Petro se las ha ingeniado para insultar a las dos de una vez y sin remordimiento.
– ¡Plop, Pepo! – digo incongruente, porque realmente no se me ocurre otra cosa.
Las muchachas se ponen de pie al unísono y comienzan a recoger abrigos y carteras. Petro empieza a esbozar una disculpa pero solo consigue escalar el conflicto. No sé qué dice, porque ya no presto atención, pero una de las muchachas le vacía medio pocillo de café en la cara.
– Yo no soy tonta – dice la de la blusa flagelante -, solamente no distingo colores…
– ¡Vamos! – dice la otra, que se llama Maritza y tiene un padre enfermo y un perro artrítico y una parva de párvulos insurrectos…
Se largan como una tempestad.
Al ver la escaramuza, el mozo se acerca presuroso y Petro pide otro café y cheesecake para acompañar.
– ¡Qué cosa con usted, compadre! – me dice, luego de un rato.
– ¿Qué cosa con migo?
– ¿Plop, Pepo? ¿¡Realmente?! Usted sí que no tiene nombre.
Te pasaste Petronilo, pienso… o a lo mejor lo digo en voz alta, ya no estoy tan seguro. ¡Pegá la vuelta que la Argentina te queda chica!


