Mi amigo Pete

Flirtatious young girls staring at handsome guy

Petro es un amigo rabdomante – ya os he hablado de él en alguna parte -, que es uno de los repelentes femeninos más eficientes que he conocido. Lo mismo que hay tipos que son un imán en estas cuestiones, sea por técnica, porte o simpatía; él está en el extremo opuesto de ese baremo. Es más, yo diría que ocupa una categoría propia que descalibra toda dialéctica; puesto que no hay nadie que sea tan infalible en la otra punta de esta cornisa.

El otro día sin ir más lejos, estamos bebiendo en una bar del centro y se acercan dos muchachas muy risueñas y muy monas y tal vez algo bebidas. Yo conozco a Petro, así que las veo pasar y me resigno. Varias banquetas hacia allá, acechan dos tiburones metrosexuales que tendrán más probabilidades. ¿Para qué ahondar?

Las muchachas han elegido un punto equidistante entre los tiburones y nosotros. Esto es algo matemático, en alguna parte tiene que haber una monografía sobre el tema. Seguirá una danza no verbal… un ajedrez de miradas y de sonrisas hasta que alguien rompa el hielo. Petro me hace una seña estilo comando… (comando de la Playstation, obviamente) pero yo estoy resignado, me encojo de hombros y me voy camino del water.

A la vuelta del servicio compruebo que Petro no solo ha comprado tragos para las muchachas sino que ahora se encuentra sumido en un relato cibernético y ellas (sentadas una a cada lado) se ríen a carcajadas.

Me detengo a observar un segundo. Tengo que reconocer que la historia es graciosa. Es acerca de cómo una vez Petro tuvo que formatear el disco duro de una octogenaria que tenía la computadora llena de hard-core porno, y de cómo la señora se tentaba de risa cada vez que él le mencionaba el Disco Duro. “¿Y qué tan duro es este disco del que me habláis?” preguntaba ella y se ahogaba de risa como si fuera a tener un ataque de asma.

Es probable que Petro sea un genio en eso de las computadoras, pero a veces puede ser un pelmazo cuando se pone a dar cátedra, cuando trata de explicar cómo un módem se comunica con un switchboard; o se empecina en que uno entienda los fundamentos del html… (pronunciado: Hache Te Eme Ele) cosas que nosotros (tristes mortales) nunca entenderemos.

Pero su repertorio también tiene historias joviales, relatos que involucran a la tecnología pero solo de manera tangencial y que resultan comprensibles y hasta divertidos.

Me acerco y Petro me presenta a las muchachas. Me pone por las nubes. Dice que soy: un amigo entrañable. Un amigo de años que siempre ha estado; en las buenas… pero sobre todo en las malas. Y cuando dice esto se pone serio y le da un peso teatral a la frase… como si estuviera hablando de leucemia o lepra o algo por el estilo. Cosa que de alguna forma es cierta porque lo suyo – ese don que tiene para espantar mujeres – es muy parecido a una enfermedad.

Entonces continuamos y Petro está – como dicen los gringos – on a roll. Cuenta una historia tras otra y todas tienen gran éxito. Luego de varios tragos nos mudamos a una mesa en una esquina, ahí no hay tanto ruido y así tendremos más intimidad y podemos ordenar algo para comer, dice Petro. ¿Qué les parece? Y las muchachas están encantadas. Yo le sigo la corriente, aunque todavía no me lo creo; es como uno de esos sueños donde todos van en calzoncillos pero uno no se atreve a quitarse los pantalones porque está seguro de que habrá consecuencias.

Ya en la mesa yo gravito hacia la morocha – o ella gravita, no sé – y Petro se sienta junto a la pelirroja, que se llama Conchita y que sin mucho trámite confiesa que es daltónica. Apenas lo dice yo miro a Petro, porque ésta es su oportunidad para embarrarla olímpicamente… como siempre. Y aunque es algo que no debería ofuscarme pero sin embargo… Porque estas muchachas son guapas y la cosa va tan bien y hace tanto tiempo que no toco un pezón erecto. ¡Joder! Quisiera desviar la trayectoria de la conversación, como Superman cuando detiene el tren antes del precipicio porque Lex Luthor voló el puente y en el primer vagón va Luisa Lane; pero no se me ocurre nada. A lo mejor podría subirme a una silla e imitar a Fred Astaire, pero ya es tarde porque Petro ha abierto la boca y dice: esto es lo que dice:

– Eso explica la blusa, muñeca. Os aseguro que la convención de Ginebra debe tener algo en contra de tanto estilo.

Se produce un silencio brusco, como si fuéramos en ese mismo tren que acabo de mencionar solo que ya no hay contacto con los rieles… Flotamos en el aire. Parece que Conchita va a llorar, o a lo mejor le ha entrado algo en los ojos. Luego sonríe tímida y dice:

– ¿De verdad?

– Pues claro, los americanos probablemente la han usado para torturar a los de Al Qaida.

– Quiero decir, si de verdad es tan fea. A veces mi madre me ayuda a escoger ropa…

– ¿Y quién puede argüir con una madre? – digo apresurando el final del tema. Petro entiende la indirecta (o a lo mejor ya no tiene material) y se va por otros rumbos.

¿El menú? Si, por favor. El menú. 

La velada transcurre sin incidentes. Comemos, bebemos, hablamos de tiempos perdidos. La morocha se llama Maritza y es maestra de primaria. Es separada, sin hijos y vive con sus padres. Regresó a la casa paterna en parte por cuestiones económicas y en parte también porque el padre sufrió una embolia y ahora necesita cuidado. 

Yo comprendo perfectamente. Soy un modelo de comprensión. Me he dado cuenta que mi éxito con las mujeres depende mucho de mi silencio. Mientras menos hablo, más enigmático, más atractivo y más comprensivo parezco. Y esto no es una teoría mía, esto me lo han confirmado varias fuentes independientes. Así que no complico las cosas y dejo que Maritza me cuente de las dificultades con su padre y del perro artrítico y de los párvulos que no quieren aprender la regla de tres simple.

De pronto me desconcentro y veo a Conchita, que ahora está pegada a Petro. Como si fueran una pareja de años y Petro habla hasta por los codos. Ella sonríe levemente pero no escucha. Mira la manga de su blusa y luego mira la blusa de su amiga. Y la mirada tiene una nostalgia que me pone los pelos de punta, algo que me parte el corazón, aunque no estoy seguro por qué.

Luego me mira y sonríe, pero es una sonrisa mustia. Yo hago un gesto y vuelvo a Maritza. Tengo que prestar atención: un perro artrítico y los párvulos. Dolores de cabeza y el padre que está cada vez peor.

Luego de un rato, ya vamos por el café y estamos haciendo planes para continuar la velada en el departamento de Petro, que está aquí a la vuelta, a un tiro de piedra, alguien menciona a Quino y a Pepo. Uno argentino y el otro chileno. Los dos humoristas gráficos.

– Nada que decir – dice Petro, convencido -. Pepo es un pelotudo y Quino es un genio.

De nuevo es como que el tren flota al borde del abismo… Aunque yo de cierta forma estoy de acuerdo con Petro, Maritza no concuerda y ahora ya no hay forma de desviar la conversación.

– No, no… para nada – dice Maritza, seria -. Para mí son dos grandes del humor gráfico hispano americano.

– No podrían estar en extremos más opuestos del espectro.

– Claro, son estilos distintos – insiste Maritza -, tal vez son puntos opuestos de una estética.

Pero Petro niega con la cabeza y separa los brazos de punta a punta, como si estuviera a punto de ser crucificado. Solo que pone las palmas hacia arriba; en una punta está Mafalda, en la otra Condorito.

– Un pelotudo y un genio. ¿De qué otra forma quieres que te lo explique?

– Discúlpame Petro – dice Maritza, adoptando el tono sumiso de una geisha a punto de dar el zarpazo ninja -. No puedes ser tan cerrado de mollera para no apreciar las gamas de dos estilos.

– Yo seré cerrado de mollera, pero tu padeces un daltonismo mental tan grave, que ya no distingues entre la pelotudez y el genio.

Y así, de manera magistral, Petro se las ha ingeniado para insultar a las dos de una vez y sin remordimiento.

– ¡Plop, Pepo! – digo incongruente, porque realmente no se me ocurre otra cosa.

Las muchachas se ponen de pie al unísono y comienzan a recoger abrigos y carteras. Petro empieza a esbozar una disculpa pero solo consigue escalar el conflicto. No sé qué dice, porque ya no presto atención, pero una de las muchachas le vacía medio pocillo de café en la cara.

– Yo no soy tonta – dice la de la blusa flagelante -, solamente no distingo colores…

– ¡Vamos! – dice la otra, que se llama Maritza y tiene un padre enfermo y un perro artrítico y una parva de párvulos insurrectos…

Se largan como una tempestad.

Al ver la escaramuza, el mozo se acerca presuroso y Petro pide otro café y cheesecake para acompañar.

– ¡Qué cosa con usted, compadre! – me dice, luego de un rato.

– ¿Qué cosa con migo?

– ¿Plop, Pepo? ¿¡Realmente?! Usted sí que no tiene nombre.

Te pasaste Petronilo, pienso… o a lo mejor lo digo en voz alta, ya no estoy tan seguro. ¡Pegá la vuelta que la Argentina te queda chica!

The Trump Presidency

Event Horizon copy

Mr. Trump was always the star of his own Reality Show. Even after The Apprentice was cancelled, his Reality Show kept on going. And that’s the way it had to be, there was no way around it.

According to the psychologist Martha Cunningham; a massive ego demands constant attention and for Trump, the only way to get enough was to run for president. And this was good for him, for a while. His personality stabilized and he was his normal self. The problem is, like with any other drug, that the more attention he got, the more he demanded.

A new paper published this week by the astronomer Simon Finkelstein, tries to explain this phenomenon and draws parallels between Mr. Trump career and the life of stars. After all, Mr. Trump is a big reality star. He is huge.

According to Mr. Finkelstein’s, a gravitational collapse occurs when an object’s internal pressure is insufficient to resist the object’s own gravity. This is the origin of a black hole… a region of spacetime that has such strong gravitational effects that nothing – not even light or the media – can escape from it.

The theory of general relativity predicted that a sufficiently compact mass can deform spacetime to create a black hole.

According to the new paper, when Mr. Trump started his presidential race, his ego was massive enough to create a deformity in the electoral spacetime. The gravitational pull kept the news cycles captives in small orbits around this huge star, and that’s why the other candidates slowly disappeared without anybody noticing.

The orbits around Mr. Trump, and this is the key point in Mr. Finkelstein’s paper, are going to get smaller and smaller… until eventually, everything (that is: the media) will be swallowed.

This is the point where the gravitational collapse will occur and Mr. Trump will cease to be a Reality Star to become a Huge Black Asshole.

El hombre de la capa

Hoy llegó a la oficina un tío de capa y sombrero.

– Quiero hacer unas tarjetas de presentación – dijo, muy serio -. Quiero que tengan mi nombre, y debajo (en letras rojas y más grande) que diga: Comediante.

– Seguro – dije, tomando notas -. ¿Y qué más? ¿Le ponemos su número de teléfono, el correo electrónico?

– Solo el teléfono está bien – dijo el comediante.

– ¿Y alguna gráfica en la tarjeta? Se me ocurre un micrófono, por ejemplo. Esos micrófonos antiguos a un costado.

– No, no. Yo no soy esa clase de comediante.

Eso es lo que dijo, no agrego ni quito nada. Si quisiera inventar no podría, porque no tengo tanta imaginación. Yo soy como ese niño que se la pasa el día dibujando y todos están admirados de lo bien que dibuja, y la madre se llena la boca hablando de los dibujos de su hijo, y las tías salen de paseo con el sobrino prodigio, y cuando alguien le pregunta al chico que cómo se le ocurren las cosas que dibuja, él simplemente dice: las calco.

Ese niño soy yo. O mejor dicho: ese niño era yo hace algunos años. Calcaba todo lo que tenía a mano. Una vez traté de dibujar por mi cuenta pero no me fue muy bien. Quise dibujar una bragueta y me salió un pene. Le mostré el dibujo a mi abuela (para tener una segunda opinión, me imagino) y la anciana casi se desmaya.

No, no. Eso no se dibuja, me dijo convencida y yo abandoné mi proyecto de dibujar al Coronel Steve Austin, el astronauta. Aparte que la cara nunca me salía parecida. ¿Y éste quién es? me preguntaban mis familiares y yo me enfurecía: ¡Es el hombre nuclear, pues!

El Zorro era más fácil de hacer. O por lo menos lo reconocían en seguida, con la máscara y la capa. Desde entonces siempre quise usar capa (o sombrero), pero nunca me atreví. Así que cuando el tío de las tarjetas llegó a la oficina pensé que la idea no era tan descabellada.

Se notaba que la capa era abrigada.

– ¿Cuántas tarjetas vamos a hacer?

– Veinticinco – dijo el tío, sin pestañear.

– El mínimo son doscientas cincuenta.

– No necesito tantas…

Nos quedamos un rato así, en silencio. Él se dio cuenta que le miraba la capa y sonrió orgulloso.

– Se ve que es abrigada – le dije.

– Sí. Y es más practica que un abrigo. Porque si llego a un lugar con mucha calefacción no me la tengo que quitar. Solo la aparto para un lado, así.

Me mostró como la apartaba. Me hizo acordar al Zorro, cuando se preparaba para luchar contra los lanceros. Era como que se arremangaba la capa para agarrar mejor la espada y no enredarse.

– También me protege contra la lluvia – continuó el comediante -. Es impermeable y tiene capucha.

– Ya no se ven muchas capas – dije, aunque me arrepentí inmediatamente.

– Es una pena, pero pronto volverán a estar de moda. Brad Pitt empezó a usar una hace poco.

– ¿Brad Pitt?

– Brad Pitt – confirmó el comediante, satisfecho.

Más tarde mi abuela le dijo a mi madre que yo había dibujado un hombre con un pene grandísimo. Mi madre, lógicamente se alarmó y a la noche me preguntó por qué había dibujado un hombre con un pene. Así me lo preguntó y yo no entendí la pregunta. ¿Debía dibujar a un hombre con dos penes? ¿O debía dibujar a una mujer con un pene? De todas formas la mujer biónica era mucho más difícil de hacer, con braguetas gigantescas que terminarían mandando a mi abuela al hospital.

Le dije a mi madre que había sido un error de cálculo y que ya había abandonado mi sueño de convertirme en historietista. Mi madre me dijo que yo estaba muy chico para abandonar sueños, porque según ella en esa época yo tenía tres o cuatro años.

– ¿Y qué tipo de comedia hace usted? – le pregunté al hombre de la capa. Era más que nada un interés técnico, para ver qué tipo de diseño haría.

– Es una comedia tangencial – dijo -. Algo cerebral que aspira a la reflexión interna, a la sonrisa recogida antes que a la carcajada o el aplauso.

– A lo mejor podemos usar un diseño abstracto, líneas de colores yuxtapuestas -. dije, usando la palabrita adrede.

– No sé cómo funcionaría la yuxtaposición… – dijo él, devolviéndome la palabra -. A lo mejor si me mostrara algo.

Saqué el bolígrafo rápidamente y dibujé lo que tenía en mente. Que no era gran cosa; tres líneas curvas que partían desde el centro de un rectángulo acostado. En el medio del rectángulo la palabra: Comediante.

– Usted dibuja muy bien – dijo el hombre de la capa.

Pensé decirle que mi abuelita no pensaba lo mismo, pero guardé silencio.

El comediante miró el dibujo detenidamente. Levantó el papel extendiendo el brazo. Arrugó el ceño tratando de imaginar su tarjeta de presentación. Mientras más le daba vueltas yo más me convencía de que el bosquejo parecía un pene acostado. Un puto pene con la palabra comediante en el medio.

Luego de un silencio insondable, el comediante se aclaró la garganta.

– Esto parece…

– Sí, sí, parece un pene – dije abatido -. Me acabo de dar cuenta.

– No, no – dijo él, viendo el bosquejo con más pausa -. Yo iba a decir un sombrero.

– Un sombrero – dije, tratando de asentir con la cabeza -. También, sí, claro. Puede ser.

Un sombrero con forma de pene, pensé.  

Después de otro silencio incómodo, el comediante dijo que necesitaba tiempo para pensarlo mejor.

– Las tarjetas no tienen apuro – dijo -. Después puedo pasar con más tiempo.

Y se fue como había llegado.

Tres días más tarde llegó la capa que ordené en línea.

 

lugosi cape copy

Parte dos

Es una capa de cachemir azul marino, con dos aberturas en el frente, cuello alto que se puede usar levantado o cruzado hacia un lado (para proteger el rostro del viento) y dos botones en la pechera. Era una mezcla entre la capa de Batman y el abrigo de Sherlock Holmes, pero con mucho más estilo.

Claro que mi mujer no aprecia el estilo y cuando me ve con la capa pregunta con un tono muy particular:

– ¿Y eso? ¿Qué es eso? – me pregunta.

– Es una capa – le digo, tratando de quitarle importancia.

Me doy cuenta de que no le ha gustado la capa. Siempre que hay algo que le disgusta trata de encontrar un rodeo para decir las cosas. Según ella, es para no herir los sentimientos del otro. Pero ahora sorprendentemente evita los circunloquios y va directo al grano. Me dice; esto es lo que me dice:

– Vos estás loco. Después de cuatro años, finalmente nos invitan a la casa de mi consuegra… ¿y vos te vas a poner una capa?

– No veo qué tiene de malo una capa.

Una puta capa.

– Tiene que todavía falta para Halloween. Tiene que es una cena para personas serias, ¿te das cuenta? Una de las tías trabaja en Wall Street, nada menos. Así que no tengo intenciones de llegar del brazo con el conde Drácula.

– Es cachemira inglesa – le digo y extiendo el brazo para que palpe -. Tela importada. Esta capa es cosa seria.

Ella estira la mano y palpa incrédula. Luego mete una mano en el bolsillo y siente el forro.

– Se ve que es abrigada – dice, convencida.

– Y es sumamente liviana. Y más practica que un abrigo. Si llego a un lugar con mucha calefacción no me la tengo que quitar. Solo la aparto para un lado, así.

Le muestro el gesto que hacía el Zorro para sacar la espada.

– Es elegante, eso no te lo voy a negar – dice ella, alejándose apenas para apreciar el conjunto.

– Y ahora está de moda. Brad Pitt usa una.

– ¿Brad Pitt? ¿El comediante?

– Brad Pitt no es comediante.

– Se estará dedicando a la comedia – dice ella, con ese tonito que le conozco de lejos -, porque para usar una cosa así hay que ser muy funny o muy crazy. Y vos estás cra-ee-zy si pensás que vas a salir conmigo con eso encima.

En ese momento llega el perro de mi mujer. Normalmente no es un amor muy grande lo que siento por ese perro. Más bien diría que es una aversión mutua lo que sentimos; el perro y yo. Tiene unos ojos vidriosos que parece que se los arrancaron a un oso de peluche y luego se los pegaron a este perro sin tener mucho cuidado con la proporción o la perspectiva. Entonces tiene una mirada lasciva y torcida que parece pedir perdón todo el tiempo. Me imagino que en otra vida fue un criminal de guerra, o un violador en serie…

La cosa es que ahora el perro – el puto perro – no me reconoce con la capa y empieza a ladrarme a todo pulmón. Nunca lo he visto ladrar de este modo; se le nota el pánico en el tono del ladrido pero también hay algo amenazante. Por un segundo siento temor, porque es un perro pequeño pero es muy ágil. ¿Qué tal que si de un salto me agarra la yugular, o algo?

Después veo que mi mujer está conteniendo la risa y esto me hace hervir la sangre. Abro los brazos de golpe, como si realmente fuera el conde Drácula y dejo escapar un pequeño rugido. El perro retrocede espantado pero no deja de ladrar. Yo avanzo otro medio paso y cuando él está justo al borde de la escalera digo; esto es lo que digo:

– ¡Guau! – le digo. Y ni siquiera lo digo muy fuerte. Pero el perro evidentemente está al borde de un ataque de pánico o algo porque las patas le dejan de funcionar. Es como esos chivos que cuando uno los asusta se quedan tiesos y caen de lado; solo que el perro está junto a la escalera y baja rodando.

Nunca he visto algo tan gracioso. El perro no para de ladrar mientras va rodando, aunque más bien es un aullido. Le funciona la mandíbula pero el resto del perro está rígido como si fuera una piñata peluda, no exagero. Y cuando llega al final se da de cabeza contra la puerta y solo entonces recobra el uso de las extremidades. Trata de correr pero las uñas resbalan en el piso de madera como en un dibujo animado. Corre y corre y corre pero no se mueve del sitito.

Perro hijo e’puta.

– ¡Ernesto! – dice mi mujer muy asustada y corre a ver qué le pasó a Ernesto.

Así se llama el perro. No me pregunten cómo fue que le pusieron el nombre. Una vez yo llegué del trabajo y el perro ya tenía nombre. Aparentemente un tío lejano y muy querido se llamaba Ernesto o algo así.

Ahora mi mujer está enojadísima porque asusté a Ernesto y le provoqué el desafortunado desliz. Pero más se enoja porque no puedo parar de reírme. Tanto me río que ya me está dando calor y me tengo que quitar la capa.

La puta capa.

Obviamente, luego de lo del perro no podré estrenar.

Sobre la pelotudez

Los Sólidos Perfectos

Toda mi vida he tratado de evitar ser un pelotudo. Claro que hay veces que la situación conspira y los resultados son inevitables; uno termina comportándose… pelotudamente, digamos, sin ser un pelotudo per se.

Por ejemplo, estoy de pie junto a la mesa un restaurante. Me estoy poniendo el abrigo y el gorro y los guantes y la mesera se acerca y pregunta:

– ¿Querrán algo más o solo les traigo la cuenta?

– ¿Y a vos qué te parece, querida? – le pregunto. Porque realmente.

Entonces ella me mira con cara bovina y agranda los ojos.

Yo podría decir que me traiga la cuenta y ya, aquí no pasó nada y se terminó el transe, pero no. Hay algo dentro de mí que pulsa por salir y entonces digo; esto es lo que digo:

– Hace media hora que estoy esperando por la cuenta. Y vos hace media hora que no nos das pelota. Estás chateando en el teléfono y flirteando con el bar ténder y tomándote selfis con tus amigos y posteándolos en Facebook o Instagram o sea lo que sea que funcione con tu pinche celular…

En éste momento (solo entonces, cuando ya voy embalado con el monólogo) me doy cuenta de que mi voz está bastante por encima del bullicio general. Mi mujer – que en un primer momento se mostró muy de acuerdo con mi respuesta mordaz ahora guarda su distancia y se encamina hacia la puerta, como diciendo: no te conozco, pibe. A ver cómo te escapas de ésta.

Para colmo ahora la mesera ha empezado a llorar, aunque no es llanto precisamente. Solo el ojo derecho le lagrimea copioso pero su expresión no ha cambiado. Me da miedo de que le vaya a dar una apoplejía o algo.

– Está bien – le digo, tratando de que reaccione -. Trae la cuenta nomás. De todas formas ya está un poco tarde…

El silencio se alarga y los comensales vecinos sacuden sus cabezas.

¡Qué pelotudo, más grande!

O la otra vez, por ejemplo, estoy discutiendo con mi mujer acerca de un par de teléfonos. Que si el iPhone 6 es mejor que el Galaxy 6 o que si es al revés. Y como ella tiene uno y yo tengo el otro, la discusión se torna acalorada muy pronto. Y que uno tiene mejor pantalla y el otro tiene asistente personal, y que el otro es más rápido, o que el otro tiene más batería, etcétera. Llega un punto en que estoy realmente molesto y le digo esto:

Déjame que te explique algo, querida.

Luego de decirlo me detengo a pensar, porque realmente no sé qué es lo que le voy a explicar. Ya le he explicado veinte veces la misma cosa y los argumentos no hacen mella. Hemos dado tantas vueltas con lo mismo que ya estoy mareado y decido que será mejor bajar de esta calesita silogística.

Entonces digo, esto es lo que digo:

¿Sabés qué? No tiene sentido.

Doy la media vuelta y me voy… o trato de irme, porque mientras doy la vuelta comprendo cómo la frase podría ser malinterpretada.

Déjame que te explique algo, querida. (Pausa.) ¿Sabés qué? No tiene sentido.

Entonces escucho el grito:

– ¿Es que soy tan bruta? – dice mi mujer, a quien le ha tomado un par de segundos reaccionar.

Lo demás sucede en cámara lenta. Yo tenía la esperanza de alcanzar la escalera y largarme a mi cuarto pero ahora veo que esto ya no será posible. La cocina es pequeña y está llena de cuchillos y cucharas de madera y ollas a presión. Objetos contundentes que podrán ser usados para defensa personal o para todo lo contrario. Pero mi mujer no necesita nada de eso. Se trepa a mi espalda y me agarra la cara con las dos manos, de forma que mi rostro viaja simultáneamente en dos direcciones contradictorias. Yo he perdido los anteojos en el proceso pero todavía tengo la puerta a la vista. Ingenuamente pienso que todavía puedo alcanzar la escalera. Para colmo de males, una uña de mi mujer me desvía un ojo de modo que ahora veo doble… o sea: mi cerebro computa dos puertas -cuando en realidad solo hay una- y yo no sé cuál es cuál. Aparte de que me cuesta calcular la distancia entre la nevera y la puerta y el marco de la puerta… objetos que conspiran para darme en la frente.

– ¿Es que soy tan bruta? – repite mi mujer, indignada -. ¡Explícame! ¡Explícame a ver si entiendo!

Sinceramente querría explicarle, pero intuyo que se trata más que nada de una pregunta retórica. Entonces trato de huir, calculo mal y me doy de jeta de bruces contra el marco de la puerta.

Veo constelaciones que Kepler nunca se imaginó. Veo los sólidos perfectos del astrónomo alemán y también veo otros (que nadie sabe que existen) y luego caemos de espalda. Mi mujer y yo claro, Kepler ya no tiene tela en este royo.

Arrastrándome por el suelo, siento el sabor inconfundible de la sangre. No sé si es de la frente o del labio pero sí sé que es sangre mía y me imagino que mi mujer la huele y esto la excita más todavía, porque en todo el trance no me ha soltado y ya me está clavando las uñas.

En ese momento se abre la puerta del frente y entra el hijo de mi mujer. Un modelo de pulcritud: saco y corbata, Christian Dior, Ralph Laurent y Calvin Klein. Más atrás la novia (también agraciada y civilizada) alza las cejas y nos mira con cierto desdén cinematográfico.

Yo quisiera poder explicar las circunstancias pero no se me ocurre nada; entonces digo, esto es lo que digo:

– ¡Querido, llegás justo! Para vos, ¿cuál es mejor, el iPhone 6 o el Galaxy 6?

¡Qué pelotudo más grande!

Bomba de huevo

Comparto un texto de Carlos Burgos, cuya lectura es más que recomendada.

Laleydeotros

El novio de mi amiga Marga es corresponsal de guerra. Sí, es de esos que cuando estamos en una cena dice: “No tenéis ni puta idea de lo que es aquello”. Y es cierto, nadie tiene ni puta idea de nada, sólo él. En Angola –sigue–, estuvieron a punto de volarnos por los aires con un RPG. Joder, ¿Sabéis lo que es un RPG?

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Portal del fin del mundo

Debo haber tomado demasiado Alka-Seltzer, porque esta mañana cagué efervescente.

Hubo burbujas negras en el retrete y gemidos del fin del mundo. Hubo una masa oscura y amenazante, algo muy parecido a un animal muerto o a una tormenta de verano.

Mi mujer me ha prevenido acerca de las virtudes del Alka-Seltzer. Aunque probablemente esta pócima no tuvo nada que ver con la diarrea. Aspirina, bicarbonato de sodio, ácido cítrico. Esto es todo. Lo que sí probablemente tuvo mucho que ver fue un frasco de antibióticos que encontré en la cocina. Este es el detalle que no le puedo mencionar a mi mujer.

Me tomé uno por las dudas, porque empezaba a tener dolor de cabeza y picazón en la garganta. El antibiótico en cuestión era gigantesco; a tal punto parecido a un supositorio que en la etiqueta tuvieron que aclarar: Administrar de forma oral.

Lo demás eran indicaciones de rutina: Se usa en el tratamiento de infecciones respiratorias altas y también para el tratamiento de uretritis y brucelosis, y profilaxis de malaria. Efectos adversos: intolerancia digestiva, colitis pseudomembranosa, foto sensibilidad y con menor frecuencia, hepatotoxicidad.

Yo estoy acostumbrado a auto medicarme y las contraindicaciones no me amedrentan. Como en esos comerciales, que luego de describir detalladamente las bondades de una nueva medicina; largan un listado apocalíptico describiendo los efectos secundarios… efectos que si uno quisiera resumir podría decir: esta pildorita podría causarte la muerte, o (en el mejor de los casos) mandarte al hospital con un coágulo en el cerebro del tamaño de una bergamota madura.

Entonces: tomar la pastilla o no tomarla. Esa es la cuestión.

¡Esta es la reflexión que da tan larga vida al infortunio! Pues ¿quién soportaría: los ultrajes y desdenes de la migraña, los agravios de la caída del pelo, las afrentas de la disfunción eréctil, los tormentos del amor desairado, los ultrajes de las hemorroides, la tardanza de los movimientos de vientre, las insolencias del ácido úrico y los desdenes que el paciente mérito recibe del hombre indigno, cuando una simple pastilla puede solucionarlo todo?

¿Quién querrá aguantar tales cargas? Gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, sino fuera por el temor a las contraindicaciones. Temor que desconcierta nuestra voluntad y nos hace soportar los males que nos afligen… antes de lanzarnos a otros que desconocemos.

Así que luego de ver el sufrimiento de mi mujer a manos de una bronquitis peluda, decidí tomarme la pastilla fusiforme de manera preventiva. Y de paso un yogurt griego, para aliviar la posible intolerancia digestiva.

Digamos que todos los padecimientos que mi mujer tuvo a lo largo de una semana, yo los padecí en una mañana. No sé qué es la hepatotoxicidad, pero estoy seguro de que yo la tuve junto con la colitis pseudomembranosa y algunas otras tantas dolencias. Aunque la cosa comenzó de a poco.

Temprano fui al baño normalmente. El volumen fue notable, debo admitir, pero los demás detalles de la evacuación fueron normales. Antes de irme a trabajar me tomé otra de las pildoritas de mi mujer, siempre en plan preventivo. Todavía sentía esa picazón en la garganta; esa sensación de que estaba al borde de una enfermedad mortal.

Cuando llegué a la oficina, luego del café y el bizcocho, sentí una pequeña punzada en el  costado izquierdo del estómago. Esto también es normal, luego del desayuno soy muy proclive a visitar la letrina. Ahora bien, me aproximo al punto del relato en el que podría cagarlo irremediablemente. Porque ahora debo usar las palabras para describir algo que está un poco más allá de ellas; algo que solo aborda el territorio del lenguaje de forma tangencial (digamos) entonces la herramienta es inadecuada. Sin mencionar que desde el principio me estoy resistiendo a usar la palabra caca, por ejemplo.

Continúo.

El baño de la oficina nunca tuvo la privacidad acústica que yo preferiría en estos casos. Tampoco tiene un sistema de ventilación apropiado. Solo hay un ventanuco diminuto que nunca se abre porque para alcanzarlo hay que treparse a un librero abarrotado y uno se arriesga a caer de cabeza en el inodoro o mancharse la corbata de caca, por ejemplo.

Así es que para estas situaciones contamos con un aerosol milagroso. El frasco contiene un químico que no disfraza los malos olores, sino que los elimina. El algo que se adhiere a las moléculas del mal olor (así lo explica la etiqueta) y le cambia la polaridad a los iones de modo que neutraliza a las moléculas dañinas y éstas se precipitan inermes. Así, la pestilencia nunca alcanza nuestras delicadas narices. O por lo menos esa es la explicación científica del frasco.

Pero lo que sucedió esta mañana no fue algo que pueda explicar la ciencia; fue algo más bien parecido a un exorcismo. Porque en algún momento, mientras estaba sentado en el retrete, sentí como una presencia maligna detrás de mí. En el espejo de la puerta vi que me crecían alas negras y me vi levitando sobre una sombra inicua. Y luego la obscuridad se esparció por el resto del baño, se adhirió a las paredes, se coló por las hendiduras… penetró las cañerías e interrumpió el flujo del agua.

Sostuve el aerosol como quien levanta un crucifijo.

Inútilmente.

En ese momento tocó la puerta la notaria con el royo de que había un cliente con una traducción de emergencia. Que ella se tenía que ir a una reunión y que a lo mejor yo podía hacerle el favor.

Temí que mi voz fuera a ser un rugido de otro mundo; también me di cuenta que el silencio podría haber sido sospechoso. Sin embargo no pude decir palabra.

– ¿Hola? ¿Don Arroyo? – dijo la notaria -. Esto es realmente urgente…

– ¿Qué puede ser tan urgente? – dijo una voz parecida a la mía -. Acabo de abrir un portal que comunica con las profundidades del infierno y usted preocupada por una traducción. ¡Corra por su vida, sálvese mientras haya tiempo!

A lo mejor no dije nada. A lo mejor solo lo pensé. El silencio a continuación me resultó alarmante.

En ese momento vi que la sombra se deslizaba por debajo de la puerta y me di cuenta que el fin del mundo ya había comenzado. Sentí un alivio muy grande y también ganas de llorar.