Viento Zonda

Nota del autor: esto va dedicado al estimadísimo Aldo Fabián Perez Moreira, que hace tiempo me preguntó si no tenía algún diálogo para dos personajes… No sé si ésto estará cerca de lo que tenía en mente, pero algo es algo. Saludos. 

(Una iglesia de barrio. Un día ventoso. Un foco de cuarenta. Al fondo hay un par de santos y velas. Entra una mujer, sofocada… se arregla el pelo y se sienta. A lo lejos se escucha una radio que pasa de rock a música sacra y finalmente a música caribeña. Luego hay silencio.)

(Un cura aparece en la penumbra y se sienta junto a la mujer.)

El cura – ¿Viene a confesarse?

La mujer – No… No gracias. Solo pasaba. Gracias.

(Pausa)

Cura – Sin embargo está en la cola de las confesiones. Todos tenemos algo de qué arrepentirnos.

Mujer – Yo no me arrepiento… muchas gracias. (Pausa) Quiero decir, tengo algunas cosas pero, ¿cuál es el propósito de arrepentirse? Lo que ya está hecho, ya está hecho.

Cura – (Sonríe levemente) De todas formas, éste es el lugar adecuado. En caso de que buscara la absolución.

Mujer – Se lo agradezco, de verdad. Pero hace años que abandoné los confesionarios.

Cura – (Pausa) Si no se quiere confesar podemos hablar. Yo hace rato que espero y no ha venido nadie. Atiendo hasta las siete. Lunes, miércoles y viernes. Soy el padre Pécora. Mucho gusto.

Mujer – ¿Nos conocemos?

(Un pedazo de yeso se desploma en el fondo. Hay un estruendo ecuménico y la Mujer se levanta asustada. El cura apenas pestañea.)

Mujer – ¡Dios Santo!

Cura – Siempre pasa. Con éste viento. (Sonríe) La Casa de Dios se nos viene abajo.

Mujer – ¡Podría haberle caído a alguien en la cabeza!

Cura – Habría sido la voluntad de Dios.

Mujer – Me está tomando el pelo. Casi me mata del susto. Debería arreglar eso… (Vuelve a sentarse.) Eso es una desgracia a punto de ocurrir.

Cura – (Mirando el techo… o a lo mejor más allá del techo) Es gracioso. Hace unos años yo trabajaba en el Challao, cuando estábamos construyendo el santuario. Era un proyecto muy grande. Muchas donaciones. Dinero que llegaba todos los días… Era otra época, no como ahora. Pero esto es distinto. Es una cuestión cíclica… a veces perdemos la fe. Perdemos la senda de la fe. Otras veces necesitamos una excusa para regresar. O una señal. Usted sabe cómo es eso.

Mujer – Me imagino.

Cura – Un día llegó una carta: Muchas gracias. Decía la carta. Estoy muy contento con la casa que me están haciendo. Firmado: Dios. Eso decía la carta. Tal cual. No agrego ni quito nada.

Mujer – Algún bromista.

Cura – Puede ser. Al principio pensamos eso. Pero lo mismo, alguien enmarcó la carta y la puso en la sacristía. Después nos dimos cuenta de que a lo mejor era Dios quien nos hablaba. A lo mejor el bromista era solo un instrumento.

Mujer – ¿Un instrumento?

Cura – Como la zarza ardiente. Hay veces que el fuego es solamente un fuego, pero hay veces que es signo de otra cosa. Como el bromista con su carta.

Mujer – ¿Entonces el bromista era signo de qué?

Cura – No sé. De Dios… de la fé.

Mujer – O de la falta de fé. Porque si nos ponemos a interpretar… toda cosa puede ser signo de otra cosa. De cualquier otra cosa. Entre comillas.

Cura – Mmm… También.

(Pausa)

(El Cura saca un pañuelo y se suena. Se limpia con cuidado y revisa los contenidos del pañuelo. Parece contrariado.)

(La Mujer lo mira de reojo, abre el bolso y saca su celular. Revisa un par de cosas y vuelve a guardarlo.)

(El Cura se pone de pie y mira hacia la puerta. Luego consulta su reloj.)

Cura – Hoy no ha venido nadie.

Mujer – No da ganas de salir con éste calor…

Cura – Sin embargo usted salió.

Mujer – A veces caminar me aclara las ideas.

Cura – Hace un par de años siempre había cola aquí…

Mujer – A lo mejor ya no existe esa… ¿necesidad? No sé si esa es la palabra.

Cura – Una cola grandísima. A veces éramos dos confesando. (Pausa.) Uno aquí y el otro allá. Quiero decir…

Mujer – ¿No eran dos sacerdotes en el mismo confesionario?

Cura – No, claro que no. No tendría sentido… (Pausa. Se percata de la broma.) A no ser… a no ser que el penitente tuviera pecados demasiado graves. En ese caso se justifica que dos sacerdotes atiendan a la confesión. A veces uno termina cargando con pecados ajenos y no estoy hablando de cosas graves. Hay pecados que parecen insignificantes, pero que sin embargo se quedan con uno.

Mujer – (Pensativa) Pecados insignificantes…

Cura – La indiferencia, a veces. El silencio. Crueldades mínimas que afloran por ahí. ¿Qué podemos hacer contra esto? ¿A usted no le pasa?

Mujer – (Pausa) Yo no sé mucho de ese tipo de pecados. Yo estoy más acostumbrada a cosas graves. Infidelidad. Homicidio. Asesinato pasional, por ejemplo. ¿Qué pasa cuando alguien le confiesa que ha matado a… a otra persona? Por ejemplo. ¿Usted qué haría si le digo que acabo de estrangular a alguien?

Cura – El secreto de confesión es absoluto. Yo no puedo divulgar nada. Pero puedo, por ejemplo, negarle la absolución hasta que usted confiese… (pausa) a las autoridades, por ejemplo.

Mujer – ¿Y si yo planeara matar a alguien? ¿Si le confieso mi plan?

Cura – Es la misma situación. El sigilo sacramental es inviolable. Estoy obligado al silencio. (Pausa) ¿Por qué? ¿Está planeando matar a alguien?

Mujer – A mi madre, obviamente. Pero en este caso, no creo que la muerte sea castigo suficiente. Ella ya está mayor y a veces no computa, pierde el sentido del tiempo. (Hace un gesto mental). No está demente, pero tampoco nunca ha estado completamente cuerda. Entonces si yo decidiera… estrangularla, por ejemplo, esto no sería un castigo suficiente porque ella no entendería el por qué. No sé si me explico.

Cura – (Pausa) Esto es todo hipotético, ¿verdad?

Mujer – Por el momento.

Cura – Porque ahora mismo yo no estoy obligado por el sigilo sacramental…

Mujer – No se preocupe por el sigilo, me tiene sin… (Otro pedazo de yeso cae del techo. Esta vez el estruendo es tan grande que los dos se levantan sobresaltados.) ¡Dios Santo! (Pausa.) (Trata de recuperar el aliento.) ¡De verdad, tiene que arreglar ésto! Van a matar a alguien… si no es la contusión será un infarto, pero alguien va a morir.

Cura – No se preocupe. Esto solo pasa… (Pausa.) Solo pasa cuando corre viento Zonda.

Mujer – ¿Solamente?

Cura – De todas formas, dentro de un par de semanas la iglesia ya no estará abierta al público.

Mujer – ¿Y eso qué significa?

Cura – Significa que no hay fondos para las reparaciones. Significa que me están transfiriendo a una parroquia en Tucumán. Significa que tengo unos cuantos días para empacar todo y despedirme de veinte años de servicio. (Pausa) Significa que dentro de poco esto será un edificio de departamentos, un centro comercial o un supermercado. Pero es normal, porque ya no hay esa… ¿necesidad?

Mujer – (Pausa) De verdad lo siento. No sabía…

Cura – Se veía venir. No fue una gran sorpresa… Es como el fin del mundo, siempre se lo ve venir, siempre hay signos, pero nunca nada…

Mujer – ¿Pero qué pasa si hay algún enfermo? Una emergencia. Si alguien necesita la extremaunción, por ejemplo. ¿Dónde van a conseguir a un padre?

Cura – Eso solo pasa en las películas. Si alguien está grave ya nadie busca al sacerdote. Primero llaman a la ambulancia y en el hospital – probablemente –  habrá un sacerdote en caso de que alguien lo necesite.

Mujer – De todas formas. Me sentiría muy mal si ésta iglesia ya no estuviera. Aquí yo hice el catecismo. Aquí se casó mi madre…

Cura – ¿La misma madre que planea estrangular?

Mujer – La misma madre…

Cura – ¿Y por qué está pensando ahorcarla? Si no es mucha intrusión.

Mujer – Es una historia muy larga y muy triste…

Cura – Yo tengo tiempo. Hoy no hemos tenido una clientela tupida…

Mujer – ¿No me va a reportar a las autoridades?

Cura – (Se encoge de hombros) Siempre podemos decidir que ésto es una confesión y su secreto quedará conmigo. Por el momento digamos que estamos hablando. Después le diré si necesitamos… no sé, ¿cambiar de tema?

Mujer – ¿Y usted no se aburre de ésto?

Cura – ¿De qué?

Mujer – De escuchar problemas ajenos.

Cura – A veces el preámbulo es algo aburrido. Cuando el penitente habla de cualquier cosa menos de lo que tiene en mente. Cuando dice: ¡Padre, he tenido pensamientos impuros! (Gesto interrogativo) ¿Y qué significa eso? Pensamientos impuros. ¿De verdad? ¿Ese es el pecado que has venido a confesar? Y luego de media hora empiezan a concretar. Le he mirado los senos a mi cuñada, me dicen, por ejemplo, esto es solo un ejemplo. Y luego resulta que hubo contacto directo con los senos de la cuñada… y una cosa llevó a la otra, etcétera. (Pensativo) Y después la letanía. ¿Qué hago padre? ¡Dígame, qué hago! Pues cortas el rollo y punto. ¿Qué más hay que hacer? Acabar con esa historia, veinte Padrenuestros. ¡Es que yo la quiero, padre! ¡Núnca he querido a nadie como a ella! De verdad. No tiene que ser tan complicado. (Pausa) Pero me desvío del tema…    

Mujer – (Se pone de pie) No creo que esto sirva de mucho. De verdad, no quisiera distraerlo. Le agradezco.

Cura – Hay veces que solo hablar ayuda. A veces compartir una carga la hace más llevadera… Es cliché pero es así.

Mujer – (Pausa) Tengo la sospecha de que mi madre mató a mi padre.

Cura – (Pausa) ¿Quiere confesarse?

Mujer – No. Mejor le cuento lo que pasó.

Cura – Como usted quiera.

Mujer – (Se vuelve a sentar) Fue hace más de treinta años. Mi padre era médico y estuvo un tiempo en Córdoba haciendo una especialización. Cuando regresó le confesó a mi  madre que había conocido a otra mujer. Le dijo que planeaba mudarse y que quería el divorcio. Mi madre no quiso saber nada, le dijo que antes muerta. Eso es lo que dijo. ¡Antes muerta, Antonio! ¿Me oís? ¡Antes muerta!

Cura – Antes muerta.

Mujer – Dos meses más tarde mi padre había muerto.

Cura – Al parecer su madre cambió de opinión. ¿Y Cómo murió él?

Mujer – Algo lo fulminó en menos de dos semanas. Él había decidido irse, tenía la valijas listas en el garaje y mi madre… ella también estudió medicina. Ellos se conocieron en la facultad pero ella quedó embarazada y no se graduó. Pero ella sabía que tipo de drogas serían difíciles de detectar. Algo que se pudiera mezclar en el té o con la sopa…

Cura – ¿Así como en las películas?

Mujer – (Pausa) ¿Tan desquiciada parece la historia?

Cura – No, no. Solo que todavía no veo la base… la base de su sospecha.

Mujer – Hace unos meses mi madre se esguinzó un tobillo y tuve que quedarme con ella. Una noche, me despierto a la madrugada y la escucho hablando a gritos. Esta sola, a oscuras en la sala. Primero pensé que hablaba por teléfono, o que a lo mejor estaba sonámbula pero no… estaba hablando con mi padre. Él estaba sentado frente a ella, en el mismo sillón donde se sentó a explicarle que se largaba con otra.

Cura – Y su padre… (Pausa) ¿Qué decía su padre?

Mujer – ¡No sé! ¡Porque yo no lo ví a mi padre! No soy vidente y no estoy loca. Ella era la que hablaba con él y le decía: Antonio esto; y Antonio aquello… Eso sí que era como de película, pero de terror, le aseguro. Mire, se me ponen los pelos de punta de solo acordarme.

Cura – Pero entonces…

Mujer – (Hace un gesto de que espere) Esto es lo que dijo mi madre. Y esto lo dijo muy claro. Y lo anoté en mi libreta de sueños. (Busca en su bolso) Al principio pensé que estaba soñando, y en el sueño yo pensaba: Esto es tan loco, que tengo que anotarlo en mi libreta de sueños. ¿Nunca le ha pasado? Esa sensación, estar seguro de que algo no puede ser real… pero después ya no estar tan seguro.

Cura – Casi todo el tiempo… Ahora mísmo, por ejemplo. ¿Y qué decía su padre?

Mujer – Mi madre. Mi madre dijo: (consulta su libreta) Antonio, yo te lo dije bien claro; antes muerta que divorciada, pero vos no me hiciste caso. Siempre insistías con largarte, ya tenías la idea fija, y no había forma, así que decidí matarme… Cuando vi las valijas en el garaje pensé: ¡Hoy me mato! Y ya estaba convencida, te juro que ya estaba lista para matarme. Pero vos eras tan necio. ¡Tan necio! ¡Qué hombre tan necio! Entonces se me ocurrió que no era justo. Me di cuenta de que no era justo. ¿Por qué debía morir yo, si vos eras el necio?

(Pausa)

Cura – ¿Y eso fue todo?

Mujer – Le pregunté con quién hablaba y ella sonrió como si nada. A veces hablo con tu padre. Me dijo. A veces me visita y hablamos pero no hay forma de hacerle entender. Después se fue a dormir y a los cinco minutos roncaba como un buque. Yo me quedé desvelada… anotando en mi libreta. Como loca. Y ahora escucho lo que digo y me parece que realmente estoy loca. Más loca de lo que pensaba. ¿Qué le parece?

Cura – (Pausa) Yo también lo hubiera anotado en mi libreta…

Mujer – Usted se burla de mí.

Cura – No, no. Le aseguro que no podría. Pero tampoco sabría qué decirle. Y mire que llevo años atendiendo el confesionario.

Mujer – Me imagino. Yo debo ser una categoría aparte. Hasta ahora usted solo ha atendido gente con pensamientos impuros. (Pausa) ¿De verdad la gente habla así?

Cura – Existe todo un repertorio de confesionario… He mentido. He fornicado. He tenido… ¿pensamientos lascivos?

Mujer – También. Pensamientos lascivos… lujuriosos. Encuentros fugaces con desconocidos en corredores oscuros… (Pausa.) Pero eso no es todo…

Cura – Obviamente hay más.

Mujer – Después de la muerte de mi padre mi mamá tuvo un noviazgo. Algo serio con un colega de mi padre. Los tres se habían conocido en la facultad. El doctor Héctor Cuevas… él nos ayudó mucho luego de la muerte de mi padre. Empezó a frecuentar la casa y con el tiempo pasó a formar parte de la casa. Literalmente. El doctor Cuevas. Lo quisimos bastante. Yo tenía siete u ocho años y estaba encantada con él. Era guapo al estilo Mastroianni. Siempre de saco y corbata, no sé por qué lo recuerdo en blanco y negro. Ese verano, mi madre insistió en instalar una reja de hierro forjado sobre la pared del fondo. Siempre tuvo miedo de que se metieran ladrones. La pared no es lo suficientemente alta. Se quejaba. La esquina es oscura y la gente sabe que no hay un hombre en la casa. Eso es lo que más le preocupaba. Tener un hombre en la casa. El doctor Cuevas se ofreció a instalar la reja… y así fue como murió. (Pausa) Ya casi había terminado. Estaba en el techo sujetando los esquineros con alambre cuando se cayó sobre la reja que acababa de instalar. Un pedazo de hierro le traspasó el estómago. No murió ahí… tardó horas en morir. Los paramédicos no sabían qué hacer. No podían moverlo porque el pedazo de reja era enorme. Mi madre lloraba y decía que era todo su culpa. Él no debería estar aquí. Eso fue lo que dijo mi madre, una y otra vez. Él no debería estar aquí. Esto debe ser prueba de algo…

(Pausa)

Cura – Esto solo es prueba de que su madre tuvo mala suerte.

Mujer – A lo mejor, pero hay algo más. Años más tarde… mi madre empieza a salir con un señor del trabajo. Por primera vez en mucho tiempo se la se ve feliz. Una noche van a cenar. Cuando salen del restaurante van de la mano. Dos personas de cierta edad que empiezan a estar enamorados. Ella, viuda… él divorciado. En la esquina está estacionado un camioncito de reparto. Está oscuro y el camión bloquea la vista de la calle y también bloquea la vista del conductor de un colectivo que viene demasiado rápido. Cuando van a cruzar el colectivo atropella al señor éste… se lo lleva como una mosca en el parabrisas. Mi mamá se salvó de milagro porque se detuvo un segundo detrás del camión de reparto. Se había olvidado la cartera y en ese momento notó que le faltaba.

Cura – (Se agarra la cabeza) ¡Increible! (Pausa) Indudablemente que esto es una tragedia, pero ésto… esto no es prueba de nada.

Mujer – Esto tiene que ser signo de otra cosa. Como la zarza, ¿se acuerda de la zarza? Esto es el signo del karma que persigue a mi madre por lo que hizo.

Cura – Como usted dijo… si nos ponemos a interpretar, toda cosa puede ser signo de otra cosa. De cualquier otra cosa. Hay veces, y no digo que éste sea el caso, pero hay veces que observamos una serie de hechos aislados y tratamos de encontrar un patrón, una figura lógica que tenga sentido y que explique algo. Hay veces que hay una relación causal… pero hay veces que no hay nada. Solo es nuestra mente buscando figuras.

Mujer – Entonces, ¿estoy loca?

Cura – Puede ser que esté un poco loca… Pero también puede ser que esté un poco equivocada. Y usted parece bastante normal, déjeme decirle… aunque a veces su lógica deja que desear.

Mujer – ¿Será que lo mío es solamente un problema de lógica? (Pausa) Cuando murió este señor… fuimos al hospital con mi hermana. Alguien nos llamó, no me acuerdo. Mi mamá lloraba en silencio en una esquina. Nos dijo que ella debía estar muerta, hacía tiempo que debía estar muerta, nos dijo. Más tarde le dieron un calmante. Tenía un corte en la mano y le pusieron puntos. Cuando ya estuvo más tranquila me dijo que todos sus hombres iban a morir así… muertes violentas. Muertes lentas, trágicas, dolorosas… Eso dijo. Después agregó que lo mismo le pasaría a mis pretendientes. Andate acostumbrando a estar sola, me dijo. Vas a ver que no es fácil. Pero es mejor que ver morir a tu marido… una y otra vez, una y otra vez. Muertes distintas con rostros distintos… pero al final es la misma muerte.

(Cae un pedazo de yeso en el fondo de la capilla pero ya nadie se sorprende.)

Mujer – Este señor… Francisco, se llamaba… estuvo en coma por varias semanas. Mi madre nos llevó al hospital todos los días. Llevábamos flores y comida para la merienda… mi madre hablaba. No paraba de hablar. Al final me alegró la muerte de don Francisco. Nunca me había gustado este señor. (Pausa) Una tarde, cuando empezaba a salir con mi madre, nos quedado solos… él y yo en la sala. Me habló raro… como si me conociera de años. Me dijo que era muy linda y que íbamos a ser muy buenos amigos. Esa es la frase que usó: buenos amigos, me dijo. Muy buenos amigos. Y cuando lo dijo se acercó y me acarició la mejilla… así (le acaricia la mejilla al Cura). Yo sabía que algo estaba mal… que había algo completamente fuera de lugar, pero no tuve el valor para salir corriendo. Yo era una niña, ¿qué podía saber yo? Me quedé sentada como una estátua de sal. Como Edith. Estaba segura de que ese era mi castigo por haber visto algo indebido. Más tarde encontrarían una estatua de sal en la sala y sería normal… Después él se acercó (se acerca al cura) y me acarició los labios con el pulgar, así… (acaricia los labios del Cura) Fue algo muy suave, apenas el borde de los lábios…. así. Y me dijo que yo tenía una boca muy linda. Que le gustaban mis lábios… (Pausa. Ella se pone de pie y pone distancia.) Fue casi tierno.

Cura – ¿Quiere algo de tomar? ¿Un vaso de agua? ¿Un té?

Mujer – No, gracias. Creo que ya he abusado bastante de su confianza.

Cura – Edith desobedeció a Dios y por eso se convirtió en estatua de sal. Dios le dijo: Escapa por tu vida; no mires tras de ti, ni pares en toda la llanura… Edith tuvo curiosidad y desobedeció. Pero usted no tuvo culpa de nada.

Mujer – De todas formas me sentí culpable. Cuando ocurrió el accidente me sentí… contenta. Me pareció que era justo, pero cuando él murió, pensé que yo lo había causado de alguna forma. Y me sentí culpable… todavía me siento culpable.

Cura – Le aseguro que usted no tuvo culpa de nada.

Mujer – ¿Entonces por qué Dios me sigue castigando? Como Job. ¿Conoce la historia de Job?

Cura – Conozco la historia…

Mujer – Es una cosa y otra cosa y otra cosa… Y un mensajero se acaba de ir y el otro llega con más noticias, noticias peores que las anteriores. Todos han muerto y solo uno sobrevive para darle la noticia. Y el mensajero no ha terminado de hablar cuando llega otro. Y otro. Y otro. Hay un momento que uno entiende por qué Job se rasga las vestiduras y arroja cenizas al cielo. Porque no le queda otra cosa que hacer. ¿Qué más puede hacer? Y todo por una apuesta que hizo Dios con Satanás.

Cura – No es una apuesta propiamente dicha…

Mujer – ¿Qué clase de Dios es ese? ¡Dígame! Usted es el experto.

Cura – Creo que la historia no se trata de Dios sino de Job y de cómo en ningún momento dudó de su fe y de cómo al final fue recompensado.

Mujer – Entonces ese es el problema, porque yo hace tiempo que dudo de su Dios. O mejor dicho, he empezado a creer en un Dios cruel, ensañado en la venganza. ¿Qué más puedo hacer? ¿Arrancarme las vestiduras? ¿Arrojar cenizas al cielo? Dígame, si decidiera confesarme y rezar mi penitencia, ¿a qué dios le estaría rezando? ¿Será un Dios indiferente que no tiene idea de lo que pasa aquí abajo… o será un Dios cruel cuyo único pasatiempo es asegurarse de que paguemos por nuestros pecados?

Cura – Le seré sincero… en ese punto yo tampoco estoy seguro.

Mujer – Hace más de un año mi novio fue atacado cuando salía del trabajo. Lo golpearon, le robaron el teléfono y algo de dinero. Cuando me llamaron desde el hospital ya había perdido el conocimiento. Tuvo un derrame cerebral y los médicos decidieron inducir el coma para drenar y aliviar la presión… pasó seis meses en el hospital. Sobrevivió. Todavía le cuesta caminar y mover la mano derecha y también habla con un acento extranjero. Nuestro noviazgo no sobrevivió. (Pausa) No pude seguir con él… y no es porque no lo quisiera. Más bien creo que lo amaba demasiado, pero me di cuenta de que lo que había pasado era otro signo. Mi madre tenía razón y si yo no lo dejaba él estaría muerto… veinte veces la misma muerte. No sé si tiene sentido. ¿Entiende por qué lo dejé?

Cura – Para protegerlo de la maldición de su madre…

Mujer – Exactamente… pero él no lo vio así. Y su familia… su familia tampoco no lo vio así. Para ellos lo abandoné porque no lo amaba lo suficiente. Porque no soportaba verlo así, postrado… tartamudeando, buscando palabras perdidas cuando antes había sido tan… distinto. Porque hubo cosas que se le salieron de sitio con el golpe. No dejó de ser él, pero era distinto. Y esa mueca inútil… siempre la boca torcida. Y el optimismo a flor de mueca, como si no pasara nada. En seguida va a estar corriendo los 100 metros. Decían. ¿Y por qué no una maratón? Tiene dificultades apuntando un tenedor en la dirección general del rostro… ¿y va a correr hasta la esquina? (Pausa) ¿Y cuál esquina será esa? Me pregunto. Si no recuerda el nombre de la calle en que vive. Es la voluntad de Dios, dice su madre. ¡La voluntad de Dios! ¿Y cuál Dios será ese? ¿El que se aburre de tanta soledad y necesita insertar caos para entretenerse? ¡Dígame!

Cura – No lo sé…

Mujer – ¡Pensé que usted era el experto! ¿Para qué estamos hablando entonces?

Cura – No sé. No tengo idea. ¿Qué quiere que le diga?

Mujer – ¡Cualquier cosa! ¿Qué le dice a todo el mundo? ¿Veinte padre nuestros y aquí no ha pasado nada?

Cura – No le puedo dar penitencia si no se está confesando.

Mujer – No necesita darme penitencia. ¡Mi vida es una penitencia! Mi vida es una sucesión de penitencias. Callejones oscuros que desembocan en… en otros callejones más oscuros. Estoy cansada. Necesito algo… no sé. Deme algo de esperanza o deme una soga así me cuelgo de una viga… porque la verdad no sé.

(Pausa)

Cura – Rece veinte padre nuestros.

Mujer – ¿Veinte padre nuestros?

Cura – Sí, veinte. Veinte padre nuestros.

Mujer – ¿Uno detrás de otro?

Cura – Como le quede más fácil. Puede rezar diez ahora y diez mañana.

Mujer – ¿Y eso me hará sentir mejor?

Cura –  Se lo prometo.

(Pausa) (Ella se pone de pie y le da la mano)

Mujer – (Se acerca y le besa la mejilla) Gracias… (Sale)

(El cura permanece sentado un rato, hasta que se apagan las luces.)

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