Continuación de otro poste. Ver la primera parte aquí.
3. Inconsciencias
Soñé con mi padre. Esto es extraño. Hace años que no hablo con él y él tampoco habla con conmigo. Sabemos de nuestra existencia pero no nos preocupa. El vive allá, yo vivo acá. Queda lejos. La distancia facilita las cosas.
En el sueño descubro que mi padre, antes de casarse con mi madre, ha tenido un hijo con una de mis tías.
¡Incesto! ¡Dios nos guarde!
Mi padre no aparece en el sueño, pero sin embargo él es el protagonista. La trama es detectivesca. Mi inconsciente absorbe formas narrativas. Regurgita relatos. El niño, es oligofrénico y para evitar el escándalo, se lo han regalado a otra tía. Divorciada, madre soltera, alcohólica, etcétera. Con el paso de los años, el niño se ha convertido en uno de mis primos, que existe en la realidad y que de verdad es retardado.
En el sueño yo descubro esto por casualidad. Por una carta encontrada en un cajón, como en una telenovela. Mi hermano y yo investigamos. Yo soy Sherlock y mi hermano es el hermano de Sherlock. Visitamos una institución psiquiátrica donde la enfermera dice pensativa: Con razón su papá de usted visitaba tanto al niño.
El niño – medio hermano por parte de padre, primo-hermano por parte de madre – se mece en el piso chupándose un dedo. Húmedo en un charco de orina.
Con horror me pregunto: ¿Habré heredado los genes de mi padre? Por suerte nunca tuve una hermana. Genes incestuosos, sin hablar de los otros que procrearon un retardado. Necesito terapia. ¿Con quién voy a hablar de todo esto?
Temas tabú en la familia. Oligofrenia. Incesto. Suicido.
Sobre todo suicidio.
4. La muchacha de abajo
A los dos días la muchacha de abajo vino a golpear la puerta.
Era tarde. Hacía calor. El cadáver de don Chicho todavía estaba fresco en el armario.
Se llamaba Clara, la muchacha de abajo. Vestía un short deshilachado que apenas resistía en las costuras. Muchas veces me había fijado en ella pero ahora era distinto. Es increíble como un perro muerto cambia perspectivas.
- Doña Santa me pidió que te avisara – dijo en tono confidencial.
Me quedé sin palabras. Estuve a punto de decirle que había sido un accidente.
- Tienes una llamada de teléfono… parece que es importante – dijo ella y se quedó ahí. Siempre que venía con algún recado era igual. Se quedaba en silencio, como esperando algo.
- Sí, claro… – dije, luego de una eternidad -. Me pongo los zapatos y bajo.
La planta de abajo era igual a la de arriba pero no se parecían en nada. Había un acuario y luces de neón. Había olor a comida china y a orín de perro. Había un televisor encendido y había un ventilador que nunca descansaba.
La señora Santa estaba recostada en el sofá, encandilada tras una telenovela brasileña. Me saludó apenas y señaló la mesa del teléfono. Era un aparato de esos que ya no existen; negro y con una rueda para marcar los números. Parecía una cosa viva. Lo levanté con temor.
Era larga distancia.
- ¡Se suicidó K…! – dijo una voz desde el otro lado del mundo. Era mi madre.
Luego de años en Nueva York, la Argentina se había convertido en algo irreal. Algo que solo de tanto en tanto afloraba en sueños. La Avenida de Acceso se mezclaba con la 495. Las noticias de aquel hemisferio tomaban tiempo para cobrar realidad.
La señora Santa y la muchacha miraban televisión. O fingían mirar mientras escuchaban mi conversación. Al lado del sillón estaba la frazadita y el plato de don Chicho. En la pecera un único pez naranja me miraba inquisidor. Bajo el agua, el silencio debía ser ensordecedor.
- ¡Se suicidó K…! – repitió mi madre, preocupada.
Me tomó tiempo recordar quién era K… Después todo giró en mi cabeza, como un rompecabezas que poco a poco se convierte en reloj de péndulo, en carroza fúnebre, en amanecer de albatros. No era raro que yo no recordara. Mis padres estaban separados hacía siglos y K… pertenecía a la familia paterna.
Mi cerebro crujió como si el embrague no estuviera a fondo. Analicé respuestas posibles:
¡No me digás!
¿Pero cómo fue?
¡Qué tragedia más grande!
¿Y cómo está?
Mi más sentido pésame.
Seguro que es un malentendido…
No me acuerdo qué dije, la primera frase fue difícil. Lo demás fue continuar con la conversación, enterarme de los detalles, intercalar monosílabos. Pero sobre todo poner cara de circunstancia, porque la señora Santa y la muchacha prestaban atención.
¡Qué tragedia más grande! ¿No han pensado en donar los órganos?
Mi familia paterna siempre fue una extensión de la insatisfacción de mi padre. Yo nunca pude alcanzar lo que él esperaba de mí, o lo que yo creía que él esperaba de mí. Por eso estar cerca de la familia era convertirse en el insecto de Kafka. Así, el suicidio de K… fue otra excusa para el psicoanálisis. Te ganó de mano, me dijo una voz que era como la conciencia. Yo siempre me había considerado la oveja negra de la familia, pero ahora quedaba relegado a un irremediable segundo plano. A no ser que me convirtiera en un asesino en serie o algo por el estilo, ¿para qué ahondar?
Aunque ahora que lo pienso, el cadáver de un perro en el armario no es del todo normal.
¿Cómo pudo ser posible?
Su seguro no cubre la quimioterapia.
- ¿Era tu madre? – me preguntó la muchacha, cuando colgué el teléfono.
- Sí, se suicidó un primo – dije lentamente -. Un primo lejano.
- ¡Qué desgracia más grande! – dijo ella, suspirando. Y sus ojos brillaron como dos diamantes en la oscuridad.





