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El General San Martín

Hace unos días leía una biografía de San Martín* y poco a poco me fui dando cuenta de que el libro solo hablaba de las calles de Mendoza. Calles que hace años que no visito pero que se me han quedado grabadas en una parte de la corteza cerebral que ni el Alzheimer podrá borrar.

Me dediqué a hacer un inventario de las calles donde he vivido. La calle Chile es una de las primeras en mi recuento, muy cerca de la calle Soler (General Miguel Estanislao Soler) quién cruzó la cordillera delante de San Martín y tuvo una actuación destacada en la batalla de Chacabuco… Casualmente, Chacabuco es otra calle de la cuarta sección donde viví varios años antes del exilio.

Allí tenía  muy cerca la calle Maipú, otra batalla famosa entre los patriotas y los realistas que tuvo un efecto decisivo en la independencia de Chile, y unas cuadras mas allá estaba Ayacucho (donde viví de niño) que es el enfrentamiento que desencadenó la capitulación del virrey del Perú y un marcó el final de las grandes campañas en América del Sur.

Sin saberlo, yo había vivido rodeado de batallas y generales.

Aquí, en una zona suburbana de Nueva York, he vivido en la Motor Parkway, Grand Boulevard, Perry Street, Flick Place y etc… Ninguno de éstos nombres significa mucho. No me quejo. Es simplemente un hecho. Cuando las urbanizaciones crecen sucede que… en fin, tarde o temprano se acaban los nombres para las calles. Hay que recurrir a los números, y aquí hay una zona donde las calles tienen nombres de frutas. Una amiga vivía en la calle Pera. ¡Ay, caramba! Con mucho gusto le ayudé con la mudanza.

Ayer recibí un comentario de un lector que vive en la calle Juan Martín de Pueyrredón. Un día escuchó en la radio la carta de Pueyrredón a San Martín y en una de sus búsquedas vino a parar a Gaucho Time para leerla.

Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue que debe ser un lujo vivir en una calle de nombre tan patricio y que acarrea tanta historia.

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Enlaces.

* Ya he mencionado la biografía: “San Martín, Argentine Soldier, American Hero” de John Lynch, un inglés.

Bolívar y San Martín se dan la mano. Esta estatua está en el Ecuador y me pareció muy graciosa.

Alfredo Alcón en “El Santo de la Espada” (Primera parte, se necesita banda ancha o mucha paciencia.)

Masturbaciones Mentales

La espera del colectivoSegún un amigo (a quién mantendré anónimo por razones obvias) la Masturbación Mental sucede cuando, por ejemplo, uno sin proponérselo descubre la tanguita de una flaca en un colectivo. Puede ser que ella se sentó mal y la falda era muy corta, o también puede ser que el pantalón estaba muy apretado y las costuras saltaban a la vista. A partir de ahí uno se dedica a fantasear acerca del pespunte, el encaje y el bordado de la prenda íntima. La MM es un ejercicio que trata de completar los detalles.

Algunos lexicólogos más conspicuos califican esta actividad (de manera un tanto despectiva) como paja mental.

Existe otra definición que goza de una aceptación más difundida: “Ejercicio intelectual en el cual se le da demasiadas vueltas a un asunto teórico que tiene muy poca relación con la realidad o la práctica.”

En otras palabras, digamos, es pensar demasiado.

En mi caso, la MM toma otra dimensión. Para mí, se trata de adentrarse en los recuerdos y tratar de montar cronologías. Pero no me interesan los datos importantes y sobresalientes… mi obsesión es encontrar detalles anodinos de peripecias olvidadas hace una pila de años.

Por ejemplo, hoy de pronto aparecen tres amigos en unas fotos de Facebook. Cualquiera de ellos por separado no hubieran acarreado mucho lastre, pero los tres juntos me transportan a una época que siempre fue mi favorita cuando se trata de masturbaciones mentales. Una etapa peripatética y trasnochada en la que siempre alguien tenía que quedarse a dormir en alguna parte porque ya no pasaban los colectivos.

Me acuerdo del Pérez y de los del Partido Verde. ¿Cómo me involucré con los del Partido Verde? Fue en una feria artesanal en la plaza… España, creo. En una punta hay una estatua de una mujer con un niño. Estatua a la que una vez me trepé para… (pero eso es otra historia)

Los del Partido Verde tenían una mesa ahí y por alguna razón entablé conversación con un par de escritores. Eran un par de tíos que escribían poemas en servilletas de papel y luego los leían en voz alta. Se elogiaban a gritos y sin pudor, como si se tratara de obras maestras de la literatura. Así fue que se me ocurrió armar un taller de escritores… algo parecido a lo que hacíamos en el teatro Las Sillas. La idea era tener una reunión donde cada uno leería algo propio, todos opinarían al respecto y luego sacaríamos conclusiones. El que estaba a cargo de los panfletos del Partido Verde era un forrazo a quien lo único que le interesaba era reunir firmas. Por eso nos ofreció el local que tenían en una oficinita de la calle San Juan…

Así fue que luego de un par de semanas tuvimos nuestra primera reunión literaria. Por supuesto que el taller fue un fracaso categórico. Los personajes que reunimos eran demasiado disparejos como para entablar una discusión seria. Por un lado estaban los escritores simbióticos. Después estaba don Roberto Pampa Gambino, autor del primer (y único) diccionario Milkayak, que era el idioma de los Huarpes en la zona de Cuyo. También había una muchacha de aspecto gótico y ojos oscuros. Sus poesías eran las más inspiradas del grupo, pero también eran las más enigmáticas. Estaban llenas de imágenes sexuales y connotaciones sangrientas, lo que a la vez desconcertaba y excitaba a todo el mundo.

También había un caso mental que solo escribía acerca de masturbaciones (no precisamente mentales) y que una vez se inspiró tanto con uno de sus poemas, que terminó parándose en una silla y haciendo una pantomima auto erótica con una rosa que provocó las carcajadas y el espanto de los contertulios.

Habían otro par de personajes menores, el Forrazo Verde que siempre llegaba a abrir el local y a repartir folletos y un peruano pequeño y movedizo que una vez había participado en una puesta en escena de Edipo Rey.

No sé por qué seguí yendo a esas reuniones. A lo mejor fueron las fantasías que me provocaba la poetiza gótica. Varias veces me llevé prestadas varias de sus poesías. Alguna vez traté de darle una opinión honesta pero nunca encontré las palabras.

Una noche (había pasado un tiempo y la mitad de los concurrentes habían desertado) quedó claro que el Taller Literario no tenía futuro. Alguien llevó un par de botellas de vino y terminamos hablando de historias de aparecidos. El Futre, la luz mala… cosas por el estilo. Uno de los simbióticos sugirió hacer una reunión espiritista y nadie estuvo en contra. La poetiza gótica estaba cerca mío y me alegró tener una escusa para tomarle la mano.

Pero igual que todos los proyectos de aquella oficina, la invocación de espíritus estaba destinada al fracaso. Habían un par de tíos medio tomados que a cada rato se caían de las sillas muertos de la risa. Un poco porque era gracioso, y otro poco por nervios… Algunos en el grupo se tomado la cuestión en serio y hubieron silencios que estuvieron a punto de ser quebrados por voces del más allá. Pero cuando el clima estaba propicio, siempre aparecía alguien con una carcajada o un comentario descolgado y todo se iba al suelo.

En algún momento que me di cuenta de que ese sería el final de la reunión espiritista y del Taller Literario. Pensé que si me paraba en la silla e insultaba a los presentes, los más ingenuos quedarían convencidos de que se trataba de un caso de posesión. Para completar la ilusión, decidí también que sería oportuno saltar por la ventana. Cosas que hice acto seguido y obviamente sin pensar demasiado.

Ahora bien, estábamos en un quinto piso y la ventana estaba abierta. La abertura daba a un patio interior donde desembocaban montones de ventanas oscuras. Muy cerca de la nuestra había una viga que se conectaba con la pared de enfrente. Los que estaban en el lado opuesto de la mesa no veían la viga… y obviamente pensaron que yo había tirado.

Casi todos salieron corriendo por las escaleras. Solo el peruano edípico se quedó con la poetisa. Ellos estaban de éste lado y me vieron saltar hasta la viga, caminar hasta el otro lado y treparme al techo del edificio.

¿Qué me impulsó a éste despliegue de delirio? ¿Fue solo el tedio o hubo alguna razón más honda?

A lo mejor fue porque no tenía nada mejor que hacer… cosas como ésta se me da por recordar cuando me dedico a la masturbación mental.

Gaucho de a pié y sin caballo

Yo he conocido esta tierra
en que el paisano vivía
y su ranchito tenía
y sus hijos y mujer…
era una delicia el ver
como pasaba sus días.

Entonces… cuando el lucero
brillaba en el cielo santo,
y los gallos con su canto
nos decían que el día llegaba,
a la cocina rumbiaba
el gaucho… que un encanto.

Soy un extranjero ilegal.

Ese es mi estatus migratorio. Soy un indocumentado en Nueva York.

Hace un tiempo crucé la frontera y al poco rato venció mi visa. También expiraron mi pasaporte y mi documento de identidad. Otras cuantas cosas expiraron en el camino pero no voy a ponerme a enumerar.

Obviamente, no tengo licencia de conducir. Conduzco porque soy un gaucho matrero, y también porque me tengo que movilizar. ¡Qué coño!

Hubo un tiempo en que supe tener licencia… después me olvidé.

Vinieron unos barbudos extremistas que se estrellaron contra unos edificios y ahora resulta que ya nadie puede tener licencia. Nadie que comparta este estatus purgatorio, es decir. Aunque los barbudos éstos eran más documentados que el papa.

Entonces la anécdota es que el otro día yo voy manejando lo más bien y de pronto un auto patrulla se me pega en la retaguardia y me prende las luces y el agente se baja como en las películas y pone boletas hasta por respirar torcido. Tantas boletas me pone, que tiene que llamar a otro agente para que le ayude a escribir boletas. Dos horas me tienen ahí esperando. En un momento dado, llega un tercer auto patrulla y me rodean… y mientras uno habla por el radio, el otro escribe en una planilla y a mí entra un pánico feroz, porque ya me imagino que están gestando la extradición o como sea que se llame eso que le aplican a criminales internacionales.

Y aquí como éstos canallas nunca tienen mucho trabajo, se regocijan cuando encuentran a un pobre pelagatos como yo para ejercitar el papeleo.

¿Y de qué me quejo? Me preguntarán algunos.

Las leyes están para obedecerlas, me dirán otros.

Ley pareja no es rigurosa… dirán otros más cultivados.

¡Pues con todo respeto, les diré que éstas opiniones y otras parecidas me valen!

Porque ya estoy cansado de que me hagan sentir como un criminal. Yo trabajo de sol a sol. Yo pago mis impuestos. Como todo hijo de madre. Contribuyo, en humilde medida, al engrandecimiento de esta nación.

¿Y así es como me pagan estos maricas?

Cuando ya está oscureciendo, (y entre paréntesis, también empieza a caer una garúa fina que te moja hasta los huesos) el agente me dice que me tengo que ir caminando. Que tengo que llamar a una grúa para que se lleve el carro. Porque yo no puedo manejar. No tengo licencia.

¿Entiende lo que significa manejar sin licencia?

Claro que entiendo cabrón, si hablo mejor inglés que vos. Yo traduje los versos del Martín Fierro a ésta lengua impía.

Sí, señor agente. Muchas gracias, señor agente. Hasta la próxima.

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“Todo tiene que ver con todo”. Pancho Ibáñez.

Hace un par de semanas, en uno de mis viajes, encontré un libro de John Lynch; “San Martín, Argentine Soldier, American Hero.”

En otro de mis viajes, en un álbum de fotos de Picasa que es obligatorio visitar, encontré la foto que está aquí arriba.

En mi tercer viaje (iTunes) encontré un disco de Musica Ficta, Spain to the New World, 15th – 17th Centuries: Romances and Villancicos.

Todo esto contribuyó para éste humor san martiniano. Si bien la música es anterior a la época de la carta que adjunto, ¿quién puede decir que San Martín no escuchó éstos temas en alguno de sus viajes? Las fotografías son contemporáneas pero los paisajes no han cambiado mucho desde aquella época.

La carta en cuestión fue del puño y letra de Juan Martín de Pueyrredón dirigida a San Martín. Es una carta muy famosa pero yo la encontré por primera vez en el libro de Lynch. Pueyrredón había sido nombrado Director Supremo por el Congreso de Tucumán y era el primer político de Buenos Aires que había tomado en serio el proyecto de San Martín. Este por su parte llevaba años trabajando en Mendoza en la puesta en marcha del Ejército de los Andes.

La carta fue enviada en Setiembre de 1816:

A más de las cuatrocientas frazadas remitidas de Córdoba, van ahora quinientos ponchos, únicos que he podido encontrar; están con repetición libradas órdenes a Córdoba para que se compren las que faltan al completo, librando su costo contra estas Cajas.

Está dada la orden más terminante al gobernador intendente para que haga regresar todos los arreos de mulas de esa ciudad y de la de San Juan; cuidaré su cumplimiento.

Está dada la orden para que se remitan a Vd. mil arrobas de charqui que me pide para mediados de diciembre: se hará.

Van oficios de reconocimiento a los cabildos de esa y demás ciudades de Cuyo.

Van los despachos de los oficiales.

Van todos los vestuarios pedidos y muchas más camisas. Si por casualidad faltasen de Córdoba en remitir las frazadas toque Vd. el arbitrio de un donativo de frazadas, ponchos o mantas viejas de ese vecindario y el de San Juan; no hay casa que no pueda desprenderse sin perjuicio de una manta vieja; es menester pordiosear cuando no hay otro remedio.

Van cuatrocientos recados.

Van hoy por el correo en un cajoncito los dos únicos clarines que se han encontrado.

En enero de este año se remitieron a Vd. 1.389 arrobas de charqui.

Van los doscientos sables de repuesto que me pidió.

Van doscientas tiendas de campaña o pabellones, y no hay más.

Va el mundo. Va el demonio. Va la carne.

Y no sé yo cómo me irá con las trampas en que quedo para pagarlo todo, a bien que en quebrando, cancelo cuentas con todos y me voy yo también para que Vd. me dé algo del charqui que le mando..! y no me vuelva a pedir más, si no quiere recibir la noticia de que he amanecido ahorcado en un tirante de la fortaleza.

Cada vez que la leo me quedo con los pelos de punta.

Serios... segunda parte.

¿Cuál es el principio?

¿De qué otra forma podría comenzar una película de James Bond?

Una persecución por supuesto. Hay un camino a la orilla del mar. Hay curvas y hay un  tráfico infernal y vociferantes italianos.
No sabemos por qué Bond huye. No hace falta saber, es una película de James Bond. Los malos le disparan y eso es motivo suficiente. Puede que hayan carencias argumentales pero eso es un asunto que examinaremos más adelante. Hay explosiones,  hay automóviles fuera de control y hay un par de policías despistados que deciden sumarse a la persecución. ¡Pobres ingenuos!

Luego vienen los títulos y he aquí la primera desilusión: no es el tema de James Bond. Ya sé que es algo mínimo, pero el detalle debería ser suficiente para ponernos sobre aviso.

Luego de la persecución en auto viene la persecución a pié. La persecución en bote (con la chica) y la persecución en avión (también con la chica).

El argumento, o la falta de… pero eso es otra historia.

En algún momento se me cruzó una pregunta:  ¿por qué Bond y la chica suben al avión? ¿Cuál es la lógica?
Es un misterio, como todo lo que se refiera al… (carraspeo) argumento.
Esa es la palabra que estaba buscando, algo que al parecer es un concepto extravagante no solo para el director sino también para los tres guionistas acreditados involucrados. Según ellos, el guión es un diálogo esporádico que trata de enlazar episodios de persecución, lucha o tiroteo. Los episodios de sexo son casi obviados porque Bond acaba de salir de una ruptura muy grave y quiere mantener la distancia.

La chica Bond ahora no es un objeto del deseo, es un objeto de identificación. Bond se identifica porque… (carraspeo) ella quiere venganza. Sed de revancha hubiera sido un título más adecuado. Lamentablemente, descubrir el detalle no nos proporciona una psicología de los personajes. Más bien diría que acentúa la falta de ella.

No malinterpreten. No tengo nada en contra de las películas de acción y hasta diría que soy un fanático. Pero cuando el tiroteo tiene un trasfondo psicológico la cosa llega mucho más lejos. Recuerdo a Clint Eastwood frente a Gene Hackman en Unforgiven.

“I’ve come to kill you for what you did to Ned.”

Ese es todo el diálogo. O después:

“I don’t deserve to die.”
“Deserve’s got nothing to do with it.”

Cuando Bond estaba realmente enamorado de la chica, el subtexto se llenó de significados. Eso fue lo que sucedió en el Bond anterior y el resultado fue poesía.

Solo bastó un episodio para romper el paradigma del agente 007 y recrearlo desde el suelo. Lo mismo pasó con Batman Begins. El director tomó una historia que todo el mundo conocía y la contó de una forma distinta. Simplemente atrapó. Convirtieron en real un personaje de historieta.

La primera salida de Daniel Craig en el papel de Bond fue sorprendente por eso. Con él, Bond dejó de ser la caricatura que creó una ristra de actores apegados al humor inglés. Pero en vez de seguir el camino de The Dark Knight, que edifica sobre el primer capítulo y lleva la trama a estaturas épicas, la continuación de Bond desperdicia una oportunidad tras otra.
Persecuciones, venganza… ¿a quién le interesa?

En algún momento, a Bond le hace falta un villano que le pregunte: ¿por qué tan serio?

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