Crónica de una muerte inesperada (dos)

 
Continuación de otro poste. Ver la primera parte aquí.    
 

3.      Inconsciencias

Soñé con mi padre. Esto es extraño. Hace años que no hablo con él y él tampoco habla con conmigo. Sabemos de nuestra existencia pero no nos preocupa. El vive allá, yo vivo acá. Queda lejos. La distancia facilita las cosas.

En el sueño descubro que mi padre, antes de casarse con mi madre, ha tenido un hijo con una de mis tías.

¡Incesto! ¡Dios nos guarde!

Mi padre no aparece en el sueño, pero sin embargo él es el protagonista. La trama es detectivesca. Mi inconsciente absorbe formas narrativas. Regurgita relatos. El niño, es oligofrénico y para evitar el escándalo, se lo han regalado a otra tía. Divorciada, madre soltera, alcohólica, etcétera. Con el paso de los años, el niño se ha convertido en uno de mis primos, que existe en la realidad y que de verdad es retardado.

En el sueño yo descubro esto por casualidad. Por una carta encontrada en un cajón, como en una telenovela. Mi hermano y yo investigamos. Yo soy Sherlock y mi hermano es el hermano de Sherlock. Visitamos una institución psiquiátrica donde la enfermera dice pensativa: Con razón su papá de usted visitaba tanto al niño.

El niño – medio hermano por parte de padre, primo-hermano por parte de madre – se mece en el piso chupándose un dedo. Húmedo en un charco de orina.

Con horror me pregunto: ¿Habré heredado los genes de mi padre? Por suerte nunca tuve una hermana. Genes incestuosos, sin hablar de los otros que procrearon un retardado. Necesito terapia. ¿Con quién voy a hablar de todo esto?

Temas tabú en la familia. Oligofrenia. Incesto. Suicido.

Sobre todo suicidio.

4.      La muchacha de abajo

A los dos días la muchacha de abajo vino a golpear la puerta.

Era tarde. Hacía calor. El cadáver de don Chicho todavía estaba fresco en el armario.

Se llamaba Clara, la muchacha de abajo. Vestía un short deshilachado que apenas resistía en las costuras. Muchas veces me había fijado en ella pero ahora era distinto. Es increíble como un perro muerto cambia perspectivas.

- Doña Santa me pidió que te avisara – dijo en tono confidencial.

Me quedé sin palabras. Estuve a punto de decirle que había sido un accidente.

- Tienes una llamada de teléfono… parece que es importante – dijo ella y se quedó ahí. Siempre que venía con algún recado era igual. Se quedaba en silencio, como esperando algo.

- Sí, claro… – dije, luego de una eternidad -. Me pongo los zapatos y bajo.

La planta de abajo era igual a la de arriba pero no se parecían en nada. Había un acuario y luces de neón. Había olor a comida china y a orín de perro. Había un televisor encendido y había un ventilador que nunca descansaba.

La señora Santa estaba recostada en el sofá, encandilada tras una telenovela brasileña. Me saludó apenas y señaló la mesa del teléfono. Era un aparato de esos que ya no existen; negro y con una rueda para marcar los números. Parecía una cosa viva. Lo levanté con temor.

Era larga distancia.

- ¡Se suicidó K…! – dijo una voz desde el otro lado del mundo. Era mi madre.

Luego de años en Nueva York, la Argentina se había convertido en algo irreal. Algo que solo de tanto en tanto afloraba en sueños. La Avenida de Acceso se mezclaba con la 495. Las noticias de aquel hemisferio tomaban tiempo para cobrar realidad.

La señora Santa y la muchacha miraban televisión. O fingían mirar mientras escuchaban mi conversación. Al lado del sillón estaba la frazadita y el plato de don Chicho. En la pecera un único pez naranja me miraba inquisidor. Bajo el agua, el silencio debía ser ensordecedor.

- ¡Se suicidó K…! – repitió mi madre, preocupada.

Me tomó tiempo recordar quién era K… Después todo giró en mi cabeza, como un rompecabezas que poco a poco se convierte en reloj de péndulo, en carroza fúnebre, en amanecer de albatros. No era raro que yo no recordara. Mis padres estaban separados hacía siglos y K… pertenecía a la familia paterna.

Mi cerebro crujió como si el embrague no estuviera a fondo. Analicé respuestas posibles:

¡No me digás!

¿Pero cómo fue?

¡Qué tragedia más grande!

¿Y cómo está?

Mi más sentido pésame.

Seguro que es un malentendido…

No me acuerdo qué dije, la primera frase fue difícil. Lo demás fue continuar con la conversación, enterarme de los detalles, intercalar monosílabos. Pero sobre todo poner cara de circunstancia, porque la señora Santa y la muchacha prestaban atención.

¡Qué tragedia más grande! ¿No han pensado en donar los órganos?

Mi familia paterna siempre fue una extensión de la insatisfacción de mi padre. Yo nunca pude alcanzar lo que él esperaba de mí, o lo que yo creía que él esperaba de mí. Por eso estar cerca de la familia era convertirse en el insecto de Kafka. Así, el suicidio de K… fue otra excusa para el psicoanálisis. Te ganó de mano, me dijo una voz que era como la conciencia. Yo siempre me había considerado la oveja negra de la familia, pero ahora quedaba relegado a un irremediable segundo plano. A no ser que me convirtiera en un asesino en serie o algo por el estilo, ¿para qué ahondar?

Aunque ahora que lo pienso, el cadáver de un perro en el armario no es del todo normal.

¿Cómo pudo ser posible?

Su seguro no cubre la quimioterapia.

- ¿Era tu madre? – me preguntó la muchacha, cuando colgué el teléfono.

- Sí, se suicidó un primo – dije lentamente -. Un primo lejano.

- ¡Qué desgracia más grande! – dijo ella, suspirando. Y sus ojos brillaron como dos diamantes en la oscuridad.

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Crónica de una muerte inesperada

1. Madrugada

Lo siento, es maligno.

¿Ha pensado en donar sus órganos?

Hay que amputar.

Su seguro no cubre la quimioterapia.

¿No le explicó la enfermera? Va a tener que defecar en una bolsita.

Nunca nadie me ha dicho nada por el estilo. Esto es flacidez narrativa. Falta de tragedia. Padezco de insomnio. Me despierto en lo profundo de la noche y me pregunto: ¿Cómo haría para deshacerme de un cadáver?

La pregunta viene de la nada. Como un pájaro extraviado. ¿Por qué se me ocurren éstas cosas? ¿Es consecuencia de la falta de tragedia? ¿O acaso hay una respuesta más simple y a la vez más profunda? A lo mejor, se me ocurre, existe en mi interior una bestia homicida capaz de estrangular a un gato o a una ardilla. Esta explicación no me tranquiliza para nada.

¿Ha pensado en donar sus órganos?

Me levanto, doy vueltas por la casa. Voy al baño. Voy a la cocina. Me asomo por la ventana. La calle está desierta. Todavía no me han robado el auto. Vuelvo a la cama. En la oscuridad trato de ver el cielo raso. Faltan dos horas para que suene la alarma pero ya no puedo dormir.

¿Cómo deshacerme de un cadáver?

¿Entero o por partes? ¿Envuelto en una frazada o en bolsas de plástico? Habría que desconectar las luces de la escalera. Asegurarse de que no haya nadie… Esto es complicado. Los vecinos de abajo nunca duermen. O a lo mejor se turnan para dormir de manera que siempre hay alguien despierto.

24 Hours a Day. 7 Days a Week.

Hay que amputar.

Otros vecinos se levantan a las cuatro de la mañana para pasear el perro.

Yo no tengo perro. ¿Debo comprar un perro?

Arrojar el cadáver por las escaleras. Arrastrarlo hasta el auto. Conducir a toda velocidad hasta una zona apartada. ¿Y después qué? ¿Dejarlo al costado del camino? ¿Debajo de un puente? ¿En una playa desierta?

No tengo pala. ¿Dónde conseguir una pala a las tres de la mañana? Es absurdo.

Su seguro no cubre la quimioterapia.

Yo no soy muy atlético. La actividad física me amedrenta. Cavar una tumba me tomaría horas. El amanecer estaría pronto. Las gaviotas me seguirían de cerca, animadas por el olor de la sangre, picoteándome la cabeza como en esa película.

¿Y de qué tipo de cadáver estamos hablando? ¿De qué tamaño, cuántas libras? Y lo más importante: ¿el cadáver de quién? Esta es la pregunta que temo contestar. No estoy loco. Padezco flacidez narrativa pero no estoy loco. Sin embargo me encuentro aquí, al borde de la noche. Insomne, delirante y sin perro.

¿El cadáver de quién? 

2. Crónica de una muerte

Hoy ocurrió una desgracia.

Mis noches de insomnio sin luna finalmente dieron fruto y ahora soy responsable de la muerte de don Chicho. Los detalles no importan. Tampoco importa que fuera un accidente. Lo cierto es que don Chicho está muerto y que ahora su cadáver reposa en la penumbra del armario.

Don Chicho era el perro de la muchacha de abajo. Ella vivió en éste departamento por un par de años. Luego se separó del novio. El novio se fue, la muchacha se quedó, el perro se quedó con ella. No tenían a dónde ir. La muchacha y el perro.

Ella acababa de perder un bebé. El perro era maniático depresivo. No tenían muchos muebles. La señora de abajo les ofreció un cuarto. La renta era moderada. No lo pensaron mucho. Desde entonces viven aquí abajo. O vivían, el perro expiró más temprano.

Esta mañana yo estaba contestando unas cartas. En la cocina tengo el computador pero de vez en cuando me gusta usar papel y pluma. Me instalé en el escritorio del cuarto. Dejé la puerta abierta para que entrara el aire. No sé cuanto tiempo estuve ahí sentado. Pensando en lo que iba a escribir. Tiendo a perder la noción del tiempo. Me atacan lagunas mentales.

Don Chicho llegó como siempre. Se sentía con derecho a venir a cualquier hora. Se fue a husmear en la cocina, dio un par de vueltas y luego volvió a mi lado. Esto era normal. Lo conozco desde hace tiempo y casi puedo leerle esa mente de perro. No viene en busca de afecto. Abajo le dan más afecto del que pueda hacerle falta en treinta años de perro. Cuando viene aquí solo tiene ganas de montarme la pierna. Entonces ocurrió la desgracia.

Don Chicho me agarró la pantorrilla y yo quise darle un golpecito en la frente. Como tantas veces. Algo entre amistoso y francamente bélico. Un gesto que le mostrara mi desagrado pero que no le provocara una hemorragia. Lamentablemente olvidé que tenía el lapicero en la mano y se lo incrusté en el ojo izquierdo.

Era Domingo, era temprano. Abajo todo el mundo duerme hasta tarde, pero alguien debe haber escuchado el aullido de la bestia. Fue un grito endemoniado. Un alarido escalofriante que me crispó los dientes. Fue un quejido como de vidrios rotos que llegó desde el otro mundo. Un chillido exorcista que absolvió el espíritu del perro.

Pero eso no fue lo más impresionante. Lo más grave fue que don Chicho corrió hacia el baño, pero en vez de entrar al baño se dio de cabeza contra el marco de la puerta. Hubo un golpe seco y hubo un silencio sobrenatural.

Ese fue el fin de don Chicho. Quedó acostado sobre su lado derecho y al parecer respiraba. Las patitas todavía se movían como si quisiera dar vueltas por el suelo. Me acerqué lentamente. El ojo izquierdo era un hueco sanguinolento que me miraba desde el más allá. El lapicero había quedado en el suelo, cubierto de un líquido viscoso e indescifrable. Era una pluma fuente. Una Parker negra que había comprado con la esperanza de poner al día la correspondencia. No sé cuanto tiempo estuve ahí parado. Tiendo a perder la noción del tiempo. Lagunas mentales, etcétera. Luego de un rato estuve seguro de que estaba muerto. Un par de moscas le caminaron sobre el ojo abierto.

Me puse unos guantes de cocina y mentí a don Chicho en una bolsa de plástico. Luego en otra, y en otra y en otra. Lo guardé en el armario y me senté a esperar.

¿Debo comprar un perro?

*   *   *

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Tiempo Acrílico circula de nuevo

Portada

Esta vez no hubieron entrevistas con los abogados ni reuniones con los accionistas. No hubo que llenar, firmar o faxear papeles. No hubieron reportes de estadísticas ni estudios de mercadeo. Simplemente, (sin fanfarrias ni boato) Tiempo Acrílico volvió a circular… (esta vez con servidor propio y rediseñado por completo.) Si quiere puede visitar en ésta dirección: http://tiempoacrilico.com/ o ir directo a la parte de Escribe el Lector, donde probablemente aparecerá la mayor parte de los insultos pero también se pueden dejar comentarios.

También hay un par de secciones interesantes (computadores, diseño, etcétera) pero la parte de sexualidad hasta el momento brilla por su ausencia. También he puesto una nueva edición de Las aventuras del Capitán López en el siglo XXIII, con un diseño que pretende facilitar la lectura sin importar qué aparato estamos usando en ese momento. Debo advertir que todo se ve mejor en Safari o Firefox. El Internet Explorer todavía funciona pero hay ciertas cosas que las convierte en… en algo; típico de Microsoft, claro, pero todavía se puede leer.

Por ahí se dan una vuelta y me cuentan. Gracias.

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Una carta

Estimadísimo Aldo Fabián Perez Moreira:

Te escribo una carta para ver si después te la mando. Me gustaría que fuera una carta de aquellas… ¿te acordás de aquellas cartas? Uno precisaba tinta y pluma y una esponjilla para arreglar las correduras. Y si te equivocabas era un trámite porque había que empezar de nuevo. A no ser que quisieras mandar una cosa borroneada con los pelos del pergamino erizados y las letras fuera de foco. Y ni hablar de corregir un párrafo completo. Eso ya era palabras mayores… había que hablar con los copistas, pagarles extra… retrasar el envío de la carta. Ahora en cambio, existen los procesadores de palabras. Hay correo electrónico y hay diccionarios en línea. Y todo sucede en tiempo real… (¿?) como si el tiempo de antes hubiera sido una ficción. Algo inventado como el calendario del Papa Gregorio, una mentira que a duras penas coincide con la rotación de los planetas, los solsticios o los equinoccios y que habrá que corregir cada 3300 años.

Pero me estoy desviando del tema. Aunque definir el tema sería tema de otra carta y ahora no tengo tiempo. Digamos que intento explorar un conjunto de preocupaciones que (de poco tiempo a esta parte) me acogen preocupan.

Un ejemplo.

El otro día, dando vueltas por el Feisbuk encuentro unas fotos que ha colgado el José Fontana. El muy hijo de puta. Ha guardado negativos por más de veinte años con el único propósito de desenterrarlos ahora para… ¿para qué? ¿Con qué propósito? No tengo idea.

El tema es que veo una donde aparezco con el Deputat. No recuerdo nada de la foto. Lo único que recuerdo con claridad es la camisa que llevo puesta. Aunque la foto es en blanco y negro, yo sé que las rayas de la camisa son verde claro. Recuerdo el detalle pero no solo eso, también recuerdo los humores que me inspiraba esa camisa… más allá de que estuviera lavada o planchada, tenía que existir una cierta predisposición psicológica para usarla. Como cuando hay que ponerse corbata para algún evento y hay que mentalizarse con anticipación. No sé si a vos te pasa, pero a mí si me. ¿Por qué me acuerdo de esas cosas y me olvido del desayuno? ¿Será Alzheimer o será otra cosa más cabrona y más profunda?

Otro tema, pero que se enlaza (a duras penas).

Hace una par de semanas llega una cuñada de visita desde el Ecuador. Trae de remolque un par de valijas y al hijo de cuatro años. Nada del otro mundo. Dos semanas más tarde, mientras cenamos, tengo que levantarme de la mesa porque voy a tener un ataque de llanto. Es natural. Es la última cena, pienso. Al otro día los llevaremos al aeropuerto y probablemente no los veremos hasta que el Gabriel tenga once o doce años.

Pero luego analizo y descubro (pienso que descubro) que la nostalgia viene de otra parte. Es claro que me he encariñado un poco, pero más que nada este tiempo con el Gabriel me han hecho recordar otros tiempos, cuando mi hijo tenía esa edad y andaba siempre colgado de mi espalda. Cuando los fines de semana íbamos al cine o a la librería o a rentar películas en un lugar aquí cerca (que entre paréntesis, hace poco cerró).

Ahora Kevin, el Dude, está de vacaciones y nos vemos poco. Dentro de un par de meses cumplirá once años. Ya está entrando en esa edad inquisitiva, ¿te acordás Perez? Yo no me acuerdo del momento exacto cuando me di cuenta de que mi viejo era un pelotudo, más bien recuerdo episodios aislados que me llevarían a la conclusión. Ahora, sospecho que me hijo va por el mismo camino. Muy pronto preferirá salir con sus amigos que andar con el boludo de su viejo. No es que su viejo sea un boludo, aunque hay episodios que me hacen dudar (la cuestión de la camisa, por ejemplo).

La cosa es que de cuando en cuando te veo en el Feisbuk con tu hijo y me entra una envidia explicable. Pero de la sana, claro, esa envidia que dice: qué hijo de puta el Perez, mirá como disfruta con su hijito. ¿Qué lo parió? Espero que lo disfrute…

Un abrazo, infeliz.

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Crónicas del Arroyo – 22

El Fantasma de Acosta.

Una vez me encontré con el fantasma de Alberto Arriaga. Casi fuimos amigos… me hubiera gustado ser su amiga. Pero después de todo yo soy solo una vieja loca dedicada a las cartas y a otras rabdomancias perdidas. A lo mejor por eso Arriaga decidió revelarme sus secretos… nadie en el pueblo creería en los desvaríos de esta pobre vieja. O tal vez hay razones más hondas… al principio pensé que me necesitaba para terminar algo en este mundo, el mundo de los vivos. Ese lugar que se parece tanto a los sueños y que poco a poco se desdibuja en los confines de éste asilo.

La primera vez me lo encontré en el sendero del sauce viejo. Era una noche de luz verdosa y brisa clara. Pensé que era uno de los peones, con un chambergo y un poncho viejo que arrastraba como una penitencia. Luego se volteó y vi la herida en su lado izquierdo. Hacía tiempo que había dejado de sangrar pero estaba como recién abierta. Como si el cuchillo del Héctor acabara de salir.

- Nunca fui un buen padre – me dijo Alberto Arriaga -. Esa es la culpa que todavía me tiene aquí, desposeído en mi propia tierra. Esperando que los buitres vengan a llevarse todo lo que fue mío. Sin poder mover un dedo porque esta mano ya no es mi mano…

Héctor acababa de suicidarse y yo lo buscaba para aliviar su tormento. Luego me di cuenta de que hacía tiempo que el Héctor había abandonado estos mundos sublunares. Mucho antes de su muerte se había ido. Su padre en cambio hacía las rondas a diario, como cuando estaba entre los vivos.

- Nunca tuve tiempo para mís hijos – continuó Arriaga -. Siempre estuve ocupado en mi papel de hacendado y tratando de ser alcalde o gobernador o el amanta de alguna fulana en el pueblo. Mis hijos fueron un orgullo que me duró muy poco. A lo mejor les exigí demasiado o a lo mejor hice demasiado planes por ellos. Al principio fue imposible diferenciarlos. Para mí, claro está. La madre los diferenció desde antes que nacieran. A mí en cambio me tomó años notar las diferencias. Un día me dí cuenta de que Héctor era el bruto y Joaquín era el poeta. Ninguno de los dos tenía interés en la hacienda. La única cosa por la que trabajé toda mi vida. La única cosa que juzgué digna… mi pequeño imperio, como decía mi madre. Mi legado… todo lo hice por ellos, para que algún día pudieran estar orgullosos de su apellido. Y ahora… ¿Qué será de todo esto ahora que ya no estoy?

Al principio pensé que Arriaga había vuelto por sus hijos, pero luego vi que había otra cosa en su mirada.

- Somos polvo… – dijo luego de un largo silencio y por un segundo pensé que yo también había muerto -. Y lo que dejamos es polvo. Adobe que se descascara. La casa, el molino, la capilla, los establos… ¿cuánto tiempo tomó levantar todo esto? Tomará siglos para que el olvido arrase esta ciudadela…

La mano de Arriaga trató de limpiar el polvo de la banqueta pero era inútil.

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Carta a un amigo del Feisbuk

Estimado Fabricio Pascual Peña,

Te escribo para informarte que nuestra amistad ha llegado a su fin. Al principio, debo admitir, me emocionó encontrarte en el Feisbuk. Pero poco a poco tus pequeñas idiosincrasias (cosas que hace años me parecieron divertidas) comenzaron a irritarme sobremanera.

No me tomó mucho tiempo darme cuenta de que eras un pelotudo. A lo mejor siempre fuiste un pelotudo, solo que en aquellos tiempos no podía darme cuenta porque yo también era un pelotudo. Pero ahora creo que haber madurado algo, lo suficiente como para reconocer a un pelotudo.

No lo tomes a mal. Se nota que vos también has madurado enormemente con los años y comparándote con el pelotudo que eras antes, creo que sos mucho menos. Pero el progreso no ha sido lo suficientemente marcado.

Muy pronto te quitaré de mi lista de amigos y ese será el final oficial de nuestra amistad. Aunque esa conclusión empezó hace años, una noche cuando (¿sin darte cuenta?) te cogiste a mi novia después de una salida con los de la facultad. No sé si te acordás que por aquellos tiempos tu mujer era mi novia… que a propósito, se la ve muy bien en las fotos del muro. Me pregunto por qué todavía no me acepta como amigo.

Esa noche, yo te presenté a Julieta y mencioné que era mi novia… no creo haber olvidado un detalle del que estaba particularmente orgulloso. Después no sé cuál fue el malentendido, hasta ahora no me entra en la cabeza. Que la música estaba muy fuerte, que las luces estaban muy pocas, que habías tomado y no le viste bien la cara… etcétera. Todavía no me lo explico.

Eramos un grupo como de veinte y cuando salimos del boliche nos separamos porque solo habían dos autos. Julieta se fue en el tuyo porque la casa de ella te quedaba de pasada, supuestamente. Yo me fui con el Ernesto Rubio que estaba más borracho que un sauce y terminó vomitando por todas partes. Me tocó llevarlo hasta la casa de su tío y de ahí me tuve que ir caminando… como un boludo, a las cinco de la mañana, cagado de frío. Sin saber que en ese preciso momento te estabas volteando a mi novia en el asiento de atrás del coche de tu viejo. ¡Qué hijo de puta más grande!

A la mañana siguiente la llamé por teléfono pero no me contestó. Toda la semana la estuve llamando y cuando por fin me atendió fue de pasada. Con alguna excusa extraña, porque que tenía que ir a visitar a una prima y estudiar para un examen y el fin de semana tenía que comprar un par de zapatos con su madre. Yo pensé que era normal, creí que me evitaba porque tenía vergüenza. Ella siempre había sido muy recatada conmigo. Pero la noche del boliche hubo un momento extraño. Después de bailar unos lentos me llevó al pasillo detrás de los baños y me pegó una apretada increíble. Algo como nunca, porque ella no era así. Y yo como un boludo estaba perdido por ella. Desde hacía meses que me aguantaba las calenturas porque ella no era así, ella era una niña de buena familia y no sé cuántas otras cosas. Pero esa noche le metí la mano bajo la falda y le arranqué la bombacha de un tirón. Ella no dijo nada, me miró desafiante y sonrió como nunca… y yo pensé que ésta era la noche. Finalmente.

En eso apareció el flaco Blanco y nos dijo que nos apuráramos porque ya se iban todos y nos íbamos a quedar de a pie. Ahora que lo pienso, parece que yo estaba destinado a la postergación. Julieta metió las bragas en la cartera y se acomodó el suéter que ya casi tenía por el cuello… Todavía me acuerdo del suéter. Me acuerdo de tantas zonceras de esa noche… el vómito del Ernesto en el tapizado del Peugeot 404 que era del tío. La lluvia tenue y helada en la madrugada.

Muchas veces me he preguntado qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido de otra forma… Si yo hubiera tenido auto o si mis viejos hubieran tenido plata o si en vez de agarrar ese laburo en el almacén del padre del Buluschuaga hubiera entrado al banco…

Pero lo peor vino más tarde, cuando te encontré en la cafetería de la facultad y me contaste que estabas saliendo con una flaca que habías conocido la noche del boliche. Y de como esa noche tuviste que llevar a todo el mundo y de como te las arreglaste para que ella fuera la última. Después te paraste frente a su casa y estuvieron hablando por mucho rato. Más tarde la besaste y ella te dijo que ahí no, que su papá se despertaba a todas horas. Y vos te diste una vuelta y paraste cerca de una iglesia, en un lugar oscuro. Y después te la cogiste en el asiento de atrás hasta que los vidrios se empañaron como en un baño turco.

Y yo te felicitaba como un boludo, porque para mí eras un héroe. Y te preguntaba que quién era. Yo estaba convencido que era la prima del flaco Blanco, que era bien puta. Pero vos me la describías de veinte formas y ninguna concordaba con la descripción de Julieta. Porque ella no era así. Ella era recatada, era de la Acción Católica y cosas por el estilo. La clase de chica por la que uno debe aguantar calenturas hasta el altar. Hasta que me dijiste su nombre, me acuerdo. Me dijiste que era un nombre tan cursi que te hacía doler los dientes… pero no había remedio. ¡Qué hijo de puta más grande!

Así que por todo esto Fabricio, me imagino que ya no es correcto que seamos amigos en el Feisbuk.

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