Memorias de un disco duro

El Inspector Valladares

El New York Times menciona solo de manera tangencial los escritos de Wilson Montoya. La suma de su obra (como crítico, escritor, bloguero aficionado) no inspiró encomio ni atrajo la atención de las masas. Las circunstancias de su muerte sin embargo, garantizaron una mención en el prestigioso rotativo y crearon un culto de seguidores en torno a Montoya.

Su obra más conocida es obviamente Las memorias de un disco duro, una colección de piezas breves que Joaquín Arroyo rescató de un disco de 80 gigabytes y que (según el mismo Arroyo) en un acto de clemencia editó y más tarde publicó en su blog.

La reseña del New York Times es breve, florida, contradictoria y repetitiva… y por todo esto, muy parecida a la literatura. Los hechos, como diría algún detective de la televisión, son los siguientes:

Wilson Montoya fue encontrado muerto en su casa de Brentwood el pasado jueves. La causa de la muerte fue una sola puñalada en el pecho. El inspector Emerson Valladares, quien actualmente investiga el caso, dijo que había aspectos sospechosos acerca del caso, pero no entró en detalles. Según el informe del forense, el cuchillo (simple utensilio de cocina de unas ocho pulgadas) sobresalía enhiesto y perpendicular al esternón del occiso.

“Un cuchillo ordinario para una muerte para nada ordinaria,” dijo el inspector.

Más tarde ese día, su amigo y colaborador Joaquín Arroyo fue detenido (aparentemente en conexión con el caso) pero las autoridades no dieron explicaciones y más tarde negaron que el arresto estuviera relacionado con la investigación. Sin embargo, el inspector Valladares aludió extraoficialmente a una vieja disputa entre los escritores. La querella comenzó en red, con un poste de Arroyo donde mencionó un restaurante de poca monta: El Chicken Pollo, de Brentwood. Supuestamente, un grupo literario celebraba reuniones secretas en el sótano de este comedor y Montoya (que era en parte fundador del grupo) estaba muy molesto por las revelaciones del artículo. Sin muchas vueltas exigió que fuera desmentido y quitado del blog.

Arroyo se negó por una cuestión de principios y así fueron escalando los exabruptos.

En aquella época Arroyo rentaba un cuarto en la casa de Montoya y el detalle poco a poco se fue convirtiendo en motivo de discordia. Arroyo solía traer mujeres por la noche y normalmente se quedaban hasta altas horas de la madrugada en estas sesiones de exploración. A Montoya no le incomodaba el alboroto, la música o el desparpajo de su compañero; pero sí le molestó descubrir a su prometida en el cuarto de Arroyo. Y aquí es donde las versiones se bifurcan.

Algunos dicen que una madrugada, ruidos de pelea despertaron a Montoya y al bajar las escaleras descubrió a su prometida, trenzada en un cuerpo a cuerpo tenaz con la entonces novia de Arroyo. Otros dicen que el cuerpo a cuerpo (en distintos estados de desnudez) era con el propio Arroyo en el suelo de la cocina. Se puede decir que ese fue el ápice de los enfrentamientos y la enemistad pasó de ser literaria y teórica a convertirse en algo íntimo, implacable, fatal.

El homicidio de Montoya es una tragedia pero también lo fue su existencia. Lo mismo que sus escritos, su vida fue irrelevante e incógnita. Solo su muerte agregó algo de misterio y generó un interés patológico. Como diría el mismo Montoya: …la equivocación dura muy poco. Muy pronto la víctima comprende que la música viene de otra parte y que el solaz será momentáneo, pasajero, fugaz. (Un trabuco – Memorias de un disco duro – 2014)

Hasta pronto, Wilson.

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