Edipo, Corleone, Walter White

Hay historias que desafían los siglos y las traducciones. Historias que se resisten al olvido de manera obstinada. El caso de Edipo por ejemplo, una obra de Sófocles escrita en el siglo… En un siglo. Hace más de dos mil años.

Aquí adjunto una versión resumida:

El oráculo de Delfos les advierte a Layo y Yocasta que el hijo que tengan llegará a ser asesino de su padre y esposo de su madre. Cuando nace el niño, Layo le encarga a uno de sus súbditos que lo mate.

Este es el eje de la historia, si Layo no hace nada no hay historia. Por otro lado, haga lo que haga Layo el desenlace siempre será el mismo. Porque si el oráculo lo dijo. Ahora me pregunto: ¿y si el oráculo no hubiera dicho nada? La predicción pone en marcha la historia y a partir de ahí no hay vuelta atrás.

El súbdito de Layo por supuesto que no mata al niño. Lo abandona en el bosque donde lo encuentra un pastor. Edipo es adoptado y criado por Polibio y Peribea. Al llegar a la adolescencia el joven se destaca en los juegos gimnásticos. Uno de sus compañeros de juegos, por envidia lo insulta y le dice que no es más que un hijo adoptivo y que no tiene honra. Atormentado por las dudas, Edipo le pregunta a su madre si esto es verdad, pero Peribea miente y le dice que ella es su madre. Sin embargo Edipo no se conforma y acude al oráculo de Delfos.

El oráculo le pronostica que matará a su padre y se casará con su madre. Una vez más, el oráculo no solo pronostica sino que también impulsa la historia.

Edipo tiene miedo y se larga hacia Tebas. En el camino – aquí es donde las versiones abundan, porque es una historia antigua que ha sobrevivido un par de milenios – Edipo tiene una disputa en una fonda y mata a un anciano. El anciano es Layo, su padre.

Mientras tanto, Creonte el rey de Tebas y casualmente hermano de Yocasta; ha prometido dar la mano de su hermana (que enviudó recientemente) y el trono de Tebas a quien consiga descifrar el enigma de la Esfinge. Edipo descubre la respuesta y se convierte en rey de Tebas y esposo de su madre.

¡Esto es tragedia! Y mientras tanto el oráculo piensa: Se los dije. Se los dije… veinte veces se los dije, ¿pero ellos escuchan? ¡No! ¡Nunca me prestan atención!

Edipo Ciego

Pero aquí no termina la historia.

Edipo y su esposa Yocasta y viven felices durante muchos años y tienen varios hijos: Etéocles, Polinice, Antígona e Irmene. Antígona es el tema de otra tragedia aparte.

Un día hubo una gran peste que arrasó a toda la región y el oráculo de Delfos informó que tal calamidad solo desaparecería cuando el asesino de Layo fuese descubierto y echado de Tebas. Edipo (como buen rey) fomenta la investigación y así es como descubre lo que había ocurrido.

Abrumados por los acontecimientos, Yocasta se suicida y Edipo se saca los ojos con una espada (dice que no merece ver la luz del día o algo por el estilo). En aquella época no habían prescripciones o psicoanalistas o televisión por cable… en aquella le cortaban las manos a un poeta para que no siguiera escribiendo cosas; y por las dudas también le arrancaban la lengua. Y si uno había visto cosas… pues alcánzame la espada que no quiero ver más nada.

Después de semejante drama debo mencionar la catarsis (del griego kátharsis, purificación). En su Poética, Aristóteles describe la catarsis como una purga emocional, corporal, mental y espiritual. La catarsis es la facultad de la tragedia de redimir (o purificar) al espectador de sus propias pasiones, al verlas proyectadas en los personajes de la obra. La tragedia le permite ver las consecuencias que éstas pasiones originarían (espadas en los ojos, por ejemplo); pero manteniendo una distancia prudente. Al involucrarse con la trama, la audiencia experimenta dichas pasiones junto con los personajes, pero sin temor a sufrir sus efectos. Luego de presenciar la obra teatral el espectador se entenderá mejor a sí mismo y se mantendrá alejado de las decisiones que llevaron a los personajes a un final tan… ¿operático?

Eso es lo que sucede cuando uno mira la historia de Walter White o de Michael Corleone. ¡Catarsis, compadre! O por lo menos eso es lo que habría dicho Aristóteles (hace algunos siglos) o Wilson Montoya – hace un par de días – en un artículo que publicó en The Atlantic. Montoya dice que hay un paralelo inevitable entre las historias de Sófocles, Mario Puzo y Vince Gilligan… Según él, las historias se destacan por una una dialéctica óptima entre la predestinación y el libre albedrío. El desenlace es la historia y la historia es el destino. (La traducción es mía y probablemente dos tallas más anchas que el original, pero pueden revisar el texto aquí.)

I’m sorry, what?

(Advertencia: si no habéis visto el último capítulo de Breaking Bad podéis dejar de leer puesto que voy a arruinar el suspenso.)

Una segunda lectura, ya más pausada, revela que Montoya no está tan mareado como parece; y que si bien su prosa es rimbombante y retorcida; al final sus ideas se perfilan con una nitidez que linda con la obviedad. Pero bueno, traduzco otra parte a ver si tiene sentido:

La muerte de Walter White es inevitable. No hay oráculo al principio de la serie, pero sí está el cáncer que pesa como una espada de Damocles.

Resumiendo, luego de un interludio acerca de las naranjas que me parece que no va a ninguna parte, Wilson se acerca a algo que podría denominarse… una conclusión. O a lo mejor el hombre es más generoso de lo que yo pensaba y deja las conclusiones a los lectores.

En cualquiera de los casos, me parece que vale la pena la lectura.

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