El Chicken Pollo

El Chicken Pollo de Brentwood le ofrece a su distinguida clientela una increíble variedad en la preparación de sus platos. El menú incluye pollo a las brasas, pollo frito, pollo a la mostaza, pollo con frutas, suprema de polo, pollo al vino, cebiche de pollo, pollo con piña, pastel de pollo, sopa de pollo, ensalada de pollo, soufflé de pollo, pechugas marinadas, pollo al champiñón y a la mostaza. Pero El Chicken Pollo es mucho más que pollo. También ofrece gallinas, gansos, huevos de avestruces, palomas, pechuga de pato y torcazas en escabeche.

Pero lo que mucha gente no sabe, es que también hay (en el subsuelo) una lavandería que funciona las veinticuatro horas al día los siete días de la semana. El subsuelo es atendido por dos gemelas que tienen una obsesión con las prendas de látex, los tatuajes eróticos y los relatos de ficción.

Claro que si usted le pregunta por la lavandería a cualquiera de los empleados del Chicken Pollo, nadie admitirá su existencia. Repito: nadie. Una mesera rechoncha le servirá su yuca frita con chicharrón de pollo y pondrá cara de absoluto desconcierto si usted menciona una lavandería o pregunta por las gemelas.

– La lavandería más cercana queda aquí a la vuelta – le dirá la mesera apuntando hacia la calle y ofrecerá direcciones.

No se dé por vencido. La única forma de ingresar a la lavandería es ofrecer a cambio un relato de ficción. Pero no estamos hablando de cualquier ficción. No importa si el relato no es original, pero sí debe ser auténtico. Yo (debo admitir) tardé un par de meses en encontrar el relato que me abriría las puertas del subsuelo. Y lo que descubrí… eso no podré narrarlo porque hice un juramento de silencio, pero sí puedo narrar cómo lo descubrí.

En la superficie el Chicken Pollo es un restaurante como cualquier otro. Ladrillo visto, manteles y espejos; sobre todo espejos que duplican un espacio que de otra forma sería oprimente. La comida no es nada del otro mundo y la verdad es que no sé por qué entré la primera vez. Llegué con hambre y sin rumbo y la mesera me recomendó pechugas a las brasas. Eso fue todo. Regresé una vez a la semana como para romper la rutina de los huevos fritos y el arroz blanco.

La primera vez que escuché algo acerca de la lavandería fue por un comensal bajito, de pelo hirsuto y gafas astronómicas que le preguntó algo a la mesera. Al principio pensé que había escuchado mal, pero luego comprendí no había error. El comensal había dicho lavandería.

– Aquí no hay lavandería – dijo la mesera, bajando la voz de manera sospechosa.

No es mi costumbre meterme en conversaciones ajenas, pero hubo algo en el rostro de la mesera… una sombra de culpa que no pude pasar por alto.

– Aquí tengo el manuscrito – dijo el comensal, aferrado al brazo de la muchacha -. ¿Cuantas veces tengo que corregirlo?

– Le repito que no moleste – dijo la mesera, esta vez mirando al urso que se hacía cargo de la caja.

– ¡No me pueden tratar así! ¡No! – dijo el comensal y su voz reverberó un poco más alto de lo normal. Hubo varios segundos de silencio y luego apareció el cocinero limpiándose las manos en un trapo mojado. El urso de la caja lo siguió sin decir palabra y entre los dos se llevaron al comensal casi a la rastra.

Una de las gemelas

Cuando la mesera llegó con la cuenta sonrió algo turbada. Le pregunté qué había pasado y me dijo que el señor normalmente era muy juicioso y muy adaptado. Pero que después de un par de tragos se ponía difícil. Al lado de la caja había un cartel: La casa se reserva el derecho de admisión. Me pareció normal y me olvidé del asunto. Pero cuando salí al parqueo encontré al comensal de peinado hirsuto enroscado en el suelo. Se notaba que lo habían golpeado.

Lo sacudí con la punta del pié. Estaba muy cerca la parte trasera de mi coche y tuve miedo de pisarlo.

– ¡Mi manuscrito! – dijo el comensal apenas abrió los ojos y supe que se refería al montón de hojas regadas por el suelo -. Me han trastornado la cronología.

– Usted es escritor, presumo – dije lentamente; como en un sueño. Hubiera sido más fácil y mucho más cuerdo largarme ipso facto. Después de todo el comensal ya caminaba por sus propios medios y a pesar de que le sangraba la nariz pensé que no tendría problemas en llegar a su casa.

– Sí, soy escritor – dijo, luego de pensarlo -. Nunca he publicado. Pero escribo, de eso estoy seguro.

– A lo mejor yo podría ayudarle – dije y una vez más era la pesadilla que hablaba -. Yo soy editor en una imprenta y les he ayudado a varios escritores locales.

La verdad es que me había intrigado el manuscrito. Eran por lo menos cien hojas escritas a doble espacio. Hasta donde alcancé a ver, no había puntos aparte y las hojas tenían apenas media pulgada de margen. El texto era una masa uniforme que se extendía de punta a punta. Siempre he tenido debilidad por ese tipo de detalles.

El comensal (más tarde me enteré que se llamaba Policarpo Uriona, de origen peruano, de madre boliviana y padre desconocido, vendedor de productos naturales y durante el día empacador en una fábrica de cajas) me miró como si hubiera notado la presencia de un borracho o un loco.

– ¿Editor? ¿Y qué es lo que edita usted?

La pregunta no me sorprendió tanto como la respuesta.

– Edito textos pornográficos – dije sin pestañear y en cierto sentido era la verdad.

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