Cambie su café, please!

No problema, le dije al man. Vamos afuera que así le explico.

Así fue que terminó la conversación. O más o menos así. Es difícil estar seguro.

El man en cuestión era mi estimado amigo Rufino Roca, de Café Orgánico; esa compañía de café donde uno cambia el café y el café le cambia la vida a uno. Pero estoy arrancando desde el final y así las cosas tienen poco sentido. Mejor empiezo por adelante, a ver si algo de esto tiene sentido.

Don Rufino vino un par de veces a la oficina para que le diseñara unas tarjetas de presentación. Café Orgánico, Distribuidor independiente.

No voy a decir que Rufino es pesado,pero sí puedo decir que es insistente. Vino tantas veces y tantas veces me dio la charla, que al final me convenció y ahora tengo mi propia página web y soy distribuidor independiente.

Nunca he sido muy fanático de ese tipo de compañías. Parece que fueran pirámides, (aunque la sola palabra es ofensiva para Rufino) pero no, porque según me explican: una pirámide es algo muy distinto. Digamos que estas compañías comienzan un diálogo al estilo de: Sea un empresario independiente y exitoso. Sin hacer nada. Desde su casa y por correo. Etcétera…

Primero, uno ingresa y tiene que comprar cierta cantidad del producto. Uno puede ser un simple consumidor, o aportar más y convertirse en Distribuidor. ¿Y qué significa ser distribuidor? En mi caso, puedo ingresar a mi página web y comprar el café a precio de costo. ¡De costo! Sí, ya sé que hay otros costos involucrados pero no entremos en detalles. Luego de comprar me puedo tomar el café (o lo puedo vender, o regalar, o lo que sea…) y mientras estoy en ese trámite puedo convencer a otro consumidor para que se convierta en Distribuidor para que así disfrute del mismo café a precio de costo. Y no solo eso, (según el aporte inicial) también podrá ganar un porcentaje de las ventas de todos los distribuidores que ingresen bajo su supervisión desde aquí hasta el fin de los días.

Ahora bien, este café no es cualquier café. Contiene extracto de ganoderma, un hongo medicinal que los chinos han usado por miles de años para curar desde la impotencia hasta el escorbuto. Claro que estos beneficios medicinales, por una cuestión legal, no son mencionados en la reuniones del Sheraton (sí, Rufino me llevó a una de éstas reuniones pero ese es el final de la historia).

Digamos que vengo de un pueblo donde el fraude y la estafa han alcanzado el estatus de formas artísticas, y por lo tanto soy escéptico. Mi lógica es que en alguna parte hay un gato bajo llave (o varios gatos, si vamos al caso). Entonces me alisto y voy a la reunión en el Sheraton donde un ilustre miembro nos habla de sus éxitos y sus humildes comienzos y de cómo cualquiera puede llegar a donde está él. Todo se trata de esfuerzo y perseverancia y… esfuerzo, lógicamente.

Lógicamente.

Y ésta es precisamente la razón que generó el altercado. Aunque también hay otras causas, pero trataré de no ahondar. Luego de la charla tomamos café e intercambiamos pareceres. Hacia el fondo del salón está don Wilson Estuardo Machado y su señora esposa, doña Etelvina Dinora. De lejos se nota que don Wilson no es feliz. Doña Etelvina ha ingresado en la compañía bajo el tutelaje de Rufino y desde hace semanas que trata de convencer al marido. Pero el marido es otro escéptico.

– ¿Qué se cree ese hijo ‘e puta? – pregunta don Wilson, refiriéndose al orador.

– Estuardo, por favor – lo amonesta doña Etelvina, mientras se sirve un moca late.

– Está bien que tenga dinero – continúa don Wilson -, pero no es para que te lo refriegue en el hocico. Que tiene un Mercedes en la puerta. Que tiene una piscina con agua salada. Are you kidding me?

Yo no estoy lejos y sin querer me he involucrado en la conversación. Doña Etelvina me mira sonrojada y yo no puedo evitar alinearme con el escéptico.

– Y no tiene televisor – digo levantando la taza de papel a modo de brindis -, tiene un teatro privado.

– Sí – sonríe don Wilson -, función privada y agua salada. ¿Qué tendrá en lugar de retrete? ¿Una esclava filipina que le limpia el culo?

– ¡Estuardo, por favor! – exclama doña Etelvina, al borde del infarto.

En eso se acerca Rufino con una sonrisa inmensa y una corbata eléctrica.

– ¿Qué les ha parecido? ¿Qué tal el café? Bueno, ¿no?

Hay gente que va y viene. Hay grupos que se forman entre las líneas de sillas. A lo lejos veo a Helena preparando café y hablando con futuros clientes. La bella Helena que alguna vez tuvo algo conmigo y que ahora es una vendedora estrella.

Cuando me doy cuenta la conversación de Rufino ha tomado un rumbo inesperado.

– ¿Cómo se va a creer que vendiendo café podrá ganar más que trabajando? – pregunta don Wilson Estuardo -. Por eso me palpita la sospecha de que en alguna parte, hay algo raro.

– ¿Cómo va a creer? – sonríe Rufino -. Yo le puedo mostrar las gráficas de lo que puede ganar luego de dos meses…

Pero la sonrisa imperturbable del vendedor no surte efecto y don Wilson vuelve al ataque.

– Yo llevo veinte años trabajando en la construcción. Y lo que tengo me lo he ganado trabajando honradamente, de sol a sol, a fuerza de cachiporrazos. Entonces no me venga con pendejadas.

En otro momento, me hubiera dedicado a disfrutar el momento. Por un lado entiendo a don Wilson. Lleva una vida trabajando en la construcción y aguantando inviernos. Poco a poco construyó algo en éste país ingrato y de pronto la crisis del mercado… ¿La crisis del mercado? Really? Sí, realmente. Me cuesta creer que acabo de usar la frase pero así son las cosas. La crisis en el mercado inmobiliario no solo afectó los ingresos de don Wilson, sino que lo convirtió en un cuasi desempleado que ahora tiene problemas para pagar la hipoteca y que finalmente tiene tiempo para acompañar a su mujer a estos eventos de dudosa alcurnia.

De pronto siento una empatía inexplicable con el viejo. Me gustaría que agarrara a Rufino de la corbata y lo arrastrase por el piso del Sheraton. Ese sería un final digno; agarrar al tío a trompadas y después darle café a los agentes de la policía cuando lleguen a tomar declaraciones. Final heroico. Aunque don Wilson tampoco está exento de pecado. La burbuja del mercado lo sedujo como a muchos otros. Era tan sencillo tener el crédito aprobado, que comprar una casa (o dos) era cuestión de refinanciar y firmar papeles. La hipoteca se pagaría sola, la segunda propiedad sería rentada y así sucesivamente. Y cuando todo el mundo está comprando casas resulta difícil discernir qué es real y qué es burbuja de mercado. Histeria colectiva. Por eso también se me hace difícil compartir la euforia del Café Orgánico. Sea un empresario independiente y exitoso. Don Wilson terminó perdiendo la segunda casa, una propiedad que era dos veces más grande que la primera. Ahora tiene dificultades para pagar el morgage de una caja de zapatos donde vive apretado, con tres hijos cada vez más grandes, con el cuñado y la hermana en el sótano y el padre y la novia del padre en el garaje… ¿y quién sabe qué otro piélago de iniquidades persigue a don Wilson? Moderno Job que apenas terminó la primaria. ¿Se rasgará las vestiduras y arrojará cenizas al cielo? ¿O se limitará a debatir con Rufino?

¿Y yo? Si vamos al caso, ¿para qué vengo a tomar café en ésta tarde oscura? El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Etcétera. Obviamente yo no estoy en posición de arrojar nada. Yo soy el diseñador gráfico. ¡He ahí una profesión para ser considerada largamente, Horacio! Algo así (creo), fue lo que dijo Hamlet. ¿Diseñar o no diseñar? Esa es la cuestión. Cuando la burbuja alcanzaba proporciones épicas, ser el diseñador no estaba nada mal. Nunca llegué a ganar lo que don Wilson, pero me defendía. Trabajaba en dos periódicos de distribución semanal y hacía de asesor a un tercero. Asesor Gráfico, era mi título en la contraportada. Por esos tiempos conocí a Helena, la bella Helena que ahora vende café orgánico. Ella vendía publicidad en América Inédita, mientras yo diseñaba los anuncios y de vez en cuando contribuía artículos para la sección cultural.

En ese periódico, el ochenta por ciento de los anuncios eran de inmobiliarias. El diez por ciento eran agencias de autos y el resto eran negocios locales que se esforzaban por figurar junto a las grandes marcas. Macy’s, JCPenney, Lord & Taylor, Deli Morazán… las mejores pupusas salvadoreñas. Tamales, atol de elote. Inca Kola ¡el sabor del verano! ¡Desayuno con plátanos, frijoles y arroz blanco! Cosas así.   

Me tomó tiempo aprender el estilo centroamericano de la publicidad. Calibrar el colorido suicida en la contratapa de América Inédita. Me tomó muy poco enamorarme de Helena, trasnochando en las oficinas de la Washington Avenue cuando era día de cierre; o a veces simplemente buscando una imagen para completar el eslogan de algún cliente más exigente de lo normal. Media página color y contrato por un año. Tarjetas de presentación y volantes incluidos. Esa era la especialidad de Helena, podía convencer a cualquiera de que necesitaba publicidad por un año y de que eso no era suficiente. Nada era suficiente. También debía figurar en la entrevista de la semana (pagada, por supuesto) y distribuir media tonelada de volantes a color. Ahora con el café me imagino que es lo mismo. ¿Conoce a alguien que tome café? ¿Cuánto gasta en café a la semana? ¿Qué tal si le pagaran por tomar café? Con un libreto así, ¿quién podrá resistir a Helena? Helena de Troya le habían puesto en el periódico. Con esas piernas causaba guerras sin proponérselo.

– El café es el negocio del futuro – dijo Rufino y me trajo de vuelta al Sheraton -. Todo el mundo toma café. Y si a eso le sumamos las propiedades medicinales del Café Orgánico tenemos una combinación ganadora. ¿Qué cuesta más, un galón de gasolina o un galón de café? Solo póngase a pensar.

– Sí, es más barata pero ni que me paguen voy a tomar un vaso de gasolina – dice don Wilson, sonriendo.

– Aunque es muy buena para el mal aliento – digo y el viejo se ríe como si tuviera un ataque de asma.

– Pero ese no es el punto – se desespera Rufino.

El punto es que el dueño de la gasolinera gana más con el café que vende que con la gasolina. El punto es que hay demasiado dinero en ese sector del mercado y que los muchachos del Café Orgánico notaron el detalle. Ahora tomarán cartas en el asunto.

Lentamente, desde el otro lado del salón, Helena se nos acerca. Me sonríe de lejos y camina como en cámara lenta. Como en uno de esos comerciales de champú o de toallas higiénicas. Segura de sí misma. Seductora… Seguramente ha visto la cara de Rufino. Se da cuenta de que está en problemas y viene a sacarle las papas del fuego. Pobre Rufino, comparado con Helena es un vendedor de cuarta. ¿Qué le habrá visto? Me pregunto. Siempre me lo he preguntado.

– ¿Cómo va todo por aquí? ¿Qué tal el café? – pregunta Helena con una sonrisa de novela. Pensé en Menelao, el rey de Esparta, que (según Wikipedia) fue acompañado por una gran coalición de ejércitos comandados por los antiguos pretendientes de Helena cuando zarpó hacia Troya en busca de su esposa.

– ¿Cómo estás? – dije como en cámara lenta, como en un comercial de pasta dentífrica. Me dio la mano y recordé la primera vez que fuimos a mi departamento de soltero. Meses más tarde, en la misma cama, me propuso que hiciéramos un periódico.

Sería un periódico nuestro, dijo con cara de niña mala, y me pregunté si lo habría planeado desde el principio. Luego me mostró los números. Sacó un ejemplar de América Inédita y me recitó los precios de memoria. Página completa, media página, un cuarto de página, color o blanco y negro con los descuentos por anuncios de tres, seis o doce meses. Tenía todo calculado y los números eran su fuerte. Solo necesitaba un diseñador y otro vendedor. Ganancias a partes iguales. Al final del día, yo podría ganar más del doble de lo que ganaba por edición.

¿Diseñar o no diseñar? Esa fue la pregunta. Don Pedro Puebla era el venerable editor y dueño de América Inédita. Él me había recogido de la calle y me había enseñado las vueltas. Aceptar la propuesta era convertirlo en el rey Menelao. ¿Mandaría don Pedro una coalición de ejércitos detrás de nosotros? ¿Habría una confrontación épica digna de ser narrada?

– ¿Qué sorpresa verte por aquí? – me dice Helena, creo que realmente interesada.

– Ya ves, hay que diversificar.

– ¿Seguís trabajando con don Pedro? Hace tiempo que cerró América Inédita, ¿no?

Sí, hacía tiempo. Luego del éxodo el viejo tuvo que cerrar el periódico. No hubo discursos ni tampoco melodrama. Don Pedro ya estaba cansado de sacar un periódico en español en un lugar donde nadie leía. Estaba cansado de las carreras y las trasnochadas así que reducir el personal de la oficina le pareció lo correcto.

– Ahora nos dedicamos a la papelería – dije -, tarjetas de presentación, volantes, recibos… ¿Y el periódico de ustedes cómo va?

De pronto noté una sonrisa descuadrada de mi estimado amigo don Rufino Roca. The Rock. El muy hijo de puta. Él se había encargado de orquestar mi salida del periódico. Un buen día llegó con un diseñador paraguayo que traía varios clientes (robados de algún otro periódico) y que supuestamente ayudaría con los anuncios. Era la época cuando la burbuja todavía no llegaba a convertirse en agujero negro. Apoteósica burbuja.

– El periódico va muy bien – dijo Rufino, como defendiéndose. Desde el principio yo había tenido ganas de rajarle una puteada, pero la moral y las buenas costumbres y cosas por el estilo me mantenían a raya, pero ahora había algo distinto.

– Se ve que va bien, ¿y tienen que sostenerlo vendiendo café?

– ¿Qué sabrás tu de vender café? – dijo Rufino y se formó un silencio palpable. Don Wilson Estuardo y su señora esposa ya no respiraban. Yo tampoco respiraba cuando me acerqué con la intención de insultar a Rufino de punta a punta. Pero muy en voz baja, porque estábamos muy cerca. Pensé besarle la mejilla, como Judas. Mientras tanto el silencio seguía creciendo, apoteósico como la burbuja y en algún momento tendría que terminar. Yo sabía que era mi deber darle final al silencio, así que me tomé mi tiempo tramando un insulto épico. Pero como siempre en esos casos, se me atragantaron las ideas y me invadió un tartamudeo crónico. Comprendí que no podría decir palabra, pero en cambio noté que todavía tenía el vasito de café orgánico en la mano. La misma mano que ahora rozaba el estómago de Rufino Roca. Alias el malparido. Y así fue como, accidentalmente, desparramé el café en la corbata eléctrica y también en gran parte de la camisa y el pantalón del Malparido Roca.

– ¡¿Qué carajo?! – dijo echándose para atrás – ¿Me puedes explicar, qué carajo?

– No problema – le dije al man -. Vamos afuera que así le explico.

* * *

Este relato (entre otros) está disponible en la tienda Kindle por la módica suma de $2.99

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