El extraño caso de Elías Sorto (Final)

Camille Seaman

Don Víctor

Dos semanas más tarde me tocó ir hasta La Placita. Hacía tiempo que no iba por ahí pero poco había cambiado. La casa parecía abandonada. El mismo auto sin ruedas se corroía en el estacionamiento. Toqué a la puerta y me atendió la muchacha con cabeza de tortuga.

– Don Víctor está en la parte de atrás – dijo sin ceremonias -. Lo está esperando.

¿De qué forma me gustaría morir? Pensé. ¿Una embolia? ¿Quemado? ¿Un balazo en la cabeza? Todas eran opciones válidas. No sé por qué de pronto me asaltaban ese tipo de preguntas.

Encontré a don Víctor quemando unos papeles en un tambor de lata. A pesar de que ya estaba fresco, el viejo andaba en chancletas y en camiseta. Al verme hizo un gesto y se acercó a darme la mano.

– Me alegra que haya venido, muchacho – dijo -. Usted siempre demuestra que es una persona de respeto. Cualquier otro no hubiera venido, pero usted…

Se lo veía más viejo que de costumbre. Como si los años lo hubieran alcanzado de golpe. Me condujo hasta una mesita bajo el alero del patio. De un maletín cansado sacó un sobre amarillo.

– Tenga, esto es una muestra de nuestra buena voluntad.

– No entiendo – dije lentamente.

– Son cinco mil pesos. Digamos que es adelanto.

– Todavía no entiendo.

– Hablé con Elías la semana pasada – dijo don Víctor, sombrío -. Parece que ya no quiere hacer deliveries. Ahora está casado y dentro de poco será padre. Dizque quiere normalizar su situación y lo comprendemos. Eso de andar saliendo de noche se hace difícil cuando uno tiene una mujercita celosa. Yo nunca tuve problemas con él, pero también soy hombre de negocios. Necesito alguien que haga las entregas. Usted ya se domina las ruta… y también conoce las caras, como dice Moncho. La paga es buena y no sería más que un par de veces al mes. A lo sumo tres entregas.

– La verdad es que me halaga la propuesta…

– No tiene que contestarme ahora – se apresuró don Víctor y me puso el sobre en la mano -. En cuanto al adelanto, es suyo sin importar su decisión. Es un pago retroactivo, digamos. Tengo el presentimiento de que Elías nunca le pagó lo suficiente. Mientras usted le ayudó, las cosas funcionaron muy bien. Ahora en cambio… no tanto.

En el camino a casa me detuve cerca de un parque y conté el dinero varias veces. Luego me quedé ahí largo rato. Pensando; o tratando de no pensar.

* * *

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