El extraño caso de Elías Sorto (Tres)

Patrulla de caminos

A lo mejor fue la cerveza. O a lo mejor fue el sol. O a lo mejor fue la combinación de insignificancias que se sumaron al final del día. En el camino de vuelta tuve la certeza de que iba a vomitar.

Me tocaba llevar al Ruso y a Pedro Puebla.

– Estaba bravo el sol – dijo el Ruso, rojo como un cangrejo bajo su sombrero blanco.

– Un sol hijo ‘e puta – admití.

El Ruso tiene que haberme visto la cara y no insistió con el tema.

Abrí la ventanilla y conduje como poseído. Sentí el retorcimiento de tripas que poco a poco se me trepaba por el cuello. Dejamos a Pedro Puebla pero de camino a la casa del Ruso no aguanté. Paré al costado del camino y vomité a chorros.

– ¿Se siente bien primo? – preguntó el Ruso, sin moverse de su asiento.

– Si, primo. Solo déme unos minutos… – dije, un poco en serio.

Estuve ahí por un rato. Cada arcada era más violenta que la anterior y cada vez había menos contenidos. Al final solo eran los embates del estómago que trataba de treparse por el esófago. En cada contracción un líquido amargo me salía hasta por los ojos.

El Ruso no volvió a decir nada. Permaneció estoico en su puesto y pensé que era lo correcto. Esa era su forma de ser.

Mas temprano Pedro Puebla nos había contado de una vez que lo llevaba al trabajo. Era el alba y era la Quinta Avenida. Pedro Puebla se ganaba un dinero extra llevando gente de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Esa mañana iban rumbo a la casa de doña Julia cuando ocurrió algo fuera de lo normal.

Se había formado una fila en el semáforo y ellos quedaron sobre el paso a nivel. Entonces se le paró el motor. A pesar de que en todas partes hay carteles que explican que es ilegal detenerse sobre la vía del tren, Pedro Puebla no había tenido otra opción. Trató de encender el carro, pero el motor se rehusó empecinado. Solo se oía el quejido del burro dando vueltas en vano. Una y otra vez.

“¿Seguro que le puso gasolina, primo?” preguntó el Ruso, tratando de ayudar.

“¡Claro que tiene gasolina!” dijo Pedro Puebla, molesto.

El Ruso, dice que miró hacia su derecha y a lo lejos, en la oscuridad del amanecer, vio la luz del tren que se acercaba. La campanita sonó y las barreras bajaron lentamente.

Yo me imaginaba al Ruso; impasible en el asiento del acompañante. Aferrado a una mochila gigantesca que contenía una Biblia, un sándwich y una Pepsi Diet para el almuerzo.

Pedro Puebla luchaba con el carro pero solo conseguía arrancarle mugidos de bestia enferma. Solitario en sus maquinaciones, el Ruso decidió que no estaba listo para morir. Tomó su mochila y se despidió sin remordimientos:

“Okay, primo. Entonces nos vemos allá,”  dijo simplemente y se bajó del carro.

Pedro Puebla describía los hechos con una mezcla de admiración y odio asesino. Por un segundo levantó la cabeza y vio al Ruso parado en la esquina, como quién espera un taxi. Y a lo lejos vio la luz del tren que se acercaba sin tregua.

Solo entonces el carro se decidió a arrancar. Como si la visión de Pedro Puebla hubiera bastado para cambiar la voluntad Divina. Solo entonces el Ruso subió nuevamente, como si nada hubiera pasado. Según Pedro, los que observaban aplaudieron… aunque no se sabía si era por la frialdad del Ruso o por la maniobra del chofer.

Todo esto meditaba yo cuando vi un par de zapatos que se acercaban desde la parte de atrás del auto. Era la agente que me había interrogado en la planta. Lentamente me incorporé para encontrar sus anteojos como de petróleo y su sonrisa Colgate.

Eran las seis de la tarde pero parecía medio día. Así es el verano en Nueva York. Hora falsa. Adelantada o atrasada por algún decreto que nos quitaba el sueño o nos dejaba dormir una hora extra el día menos pensado. El calor era denso, como una cosa viva. Me pregunté cómo haría la agente Hernández para no sudar bajo su chaleco antibalas.

– Buenas tardes… no pensaba encontrarlo aquí.

– No esperaba ser encontrado – dije limpiándome la cara.

– ¿Estuvo intensa la fiesta?

– No lo suficiente – dije no muy seguro.

– ¿No se ha comunicado con su amigo Elías?

– No todavía. Pensábamos que iría de pesca con nosotros pero no llegó.

– Es una pena. Porque han habido acontecimientos que añaden complejidad al caso.

La agente Hernández tenía un don para escoger palabras. No sé qué me intimidaba de ella. Tenía algo que parecía estar fuera de lugar. Pensé que sería más apta para trabajar en una oficina postal o en un Gap que para investigar secuestros.

– ¿Los acontecimientos? – pregunté interesado. La nausea empezaba a dar lugar a una especie de paz interior y también al dolor de cabeza.

– Los exámenes de Nicolasa han resultado positivos. La muchacha está embarazada…

– No sabía que le habían hecho exámenes – dije cansado.

– Son los exámenes de rutina – dijo ella, imitando el tono de alguien de la televisión -. No hay señales de que fuera violada aquella noche. Pero a lo mejor con anterioridad.

– ¿Y Elías Sorto es el sospechoso?

– Tal vez… aunque la muchacha no nos ayuda en ese sentido.

El sol empezaba a recalcitrarme los sesos. Empezaba a sentir la piel como una cosa acartonada y ajena.  La nausea cedía pero la migraña recién empezaba.

– Me parece lógico… – dije fatigado -. Elías Sorto tiene esa tendencia a… (¿cómo explicarlo?) embarazar jovencitas, digamos. A lo mejor con Nicolasa sintió que era algo distinto. A lo mejor ella le hizo pensar que se iba a ir con él. ¿Usted sabía que robarse a la muchacha es una costumbre muy salvadoreña?

– Mis padres son salvadoreños.

Otra vez el tono de Inspector Gadget.

– Con más razón deberías verle la lógica – sin darme cuenta empecé a tutearla. Le había perdido el miedo al ticket y la migraña no me dejaba pensar.

– ¿Eso es lo que dicen en la Planta?

– En la Planta circulan muchas historias. Pero esa es una de las que tiene más sentido. Nicolasa tal vez le dio razones a Elías. Y él pensó que esa noche se iban a ir juntos. A último momento ella se arrepintió y él reaccionó de manera violenta. No creo que haya que dar muchas vueltas.

– Posiblemente no… – dijo ella, pensativa. Su frente empezaba a brillar bajo el sol de la tarde. Se quitó los anteojos de alquitrán y me miró pausada – ¿Eso es lo que usted cree que pasó?

– Yo no estoy seguro de nada. De todas formas, ¿qué importa lo que yo crea?

– Si, lo que realmente importa es la evidencia.

Había algo de amenaza en su voz. Pensé que me iba a pedir la licencia y empezar a redactar el ticket.

– ¿Por qué te interesa tanto todo esto? – pregunté, tratando de cambiar de tema.

– Mi madre es muy amiga de doña Julia, y me pidió que interviniera. Doña Julia se siente muy mal con lo ocurrido. Siente que las hijas se le escapan de las manos. Me pidió que averiguara. Eso es todo.

– Doña Julia debería cortar el cordón umbilical.

– Todos lo cortamos tarde o temprano. Solo que adquirimos cordones nuevos.

El compañero de la agente se acercó con cierta timidez. Era un tipo alto y musculoso. Había permanecido detrás, anotando la placa, me imaginé… metiendo números y letras en la base de datos. Viendo si el seguro estaba al día. Verificando infracciones de tránsito. Anotando si alguna de ellas había sido por conducir bajo la influencia.

– Eh… Hernández – dijo con cierta reverencia -. Hay una llamada en el radio. Domestica Violencia.

– Tengo que irme – dijo ella y se adelantó para darme la mano -. Pero nos mantendremos en contacto.

No se dio cuenta de que había pisado el borde del vómito.

Dentro del carro el Ruso sudaba como en un baño turco.

– ¿No ticket, primo? – preguntó.

– No ticket – sonreí.

– Está guapa la muchacha – dijo el Ruso con aire de autoridad -. Yo creo que usted le gusta.

– ¿Usted cree, primo?

– Yo estoy seguro, primo. Esas cosas se ven de lejos.

– Si usted lo dice, primo.

Mister Elías Sorto

A los pocos días la hermana de Elías me llamó al teléfono de la Planta. Me dijo que Elías quería hablar con alguien y aclarar las cosas. Estaba en Nueva Jersey, en la casa de unos amigos pero tenía miedo. Me preguntó si podría ayudarle. De nuevo salió a relucir esa humildad tan propia de ella y del hermano que era difícil de resistir. Le dije que hablaría con alguien de la policía; después de todo éramos amigos.

¿Éramos amigos? Por lo menos nos entendíamos. Y por eso muchas veces me pregunté qué casualidad o qué delirio originó ese entendimiento. Al principio mantuvimos una distancia considerable. Trabajábamos en diferentes secciones de la planta. Pertenecíamos a diferentes ramas de la cadena evolutiva. No había razón para que fuéramos amigos. Y al parecer en eso estábamos de acuerdo. Todo empezó en invierno.

Era una noche oscura y tormentosa. Había nevado desde la tarde y la tormenta seguiría por el resto de la noche. Yo estaba trabajando en el segundo turno y a la salida vi su carro a la orilla del camino. Tuve que parar y ayudarlo.

– Esta chingada nieve – dijo Elías con aire cansado.

Sus ojillos apenas asomaban bajo un gorro de lana que parecía un ratón muerto. El carro había terminado con las ruedas de adelante sobre la valla de contención. Un poco más allá el terreno descendía en una loma plácida que al día siguiente los niños usarían con trineos. El carro parecía a punto de resbalar hasta lo más hondo. Cuando me acerqué vi que estaba como clavado sobre la valla.

– Carro cabrón… No creo que lo podamos sacar. ¿Usted me podría llevar hasta la casa?

Solo entonces vi que Elías tenía sangre en los nudillos.

– Si, no es problema.

– Tengo que parar en la casa de un amigo. Pero queda de pasadita. ¿Cree que me puede hacer el favor?

Había algo de infinita modestia en su pedido. Como si la imposición fuera un abuso imperdonable. De todas formas yo no tenía apuro. Siempre me gustó la nevada a media noche. Cuando no hay nadie en la carretera y cuando la tormenta arrecia. Calefacción y tracción en las cuatro ruedas.

Elías Sorto sacó una bolsita de plástico de su carro y salimos por caminos olvidados. Luego de unos quince minutos llegamos a una casa detrás de La Placita. Se veía luz en el interior pero por lo demás parecía abandonada. Había un carro sin ruedas en la entrada del garaje y partes de motores que asomaban en la nieve como cadáveres abandonados.

– ¿A usted le molestaría bajarse con migo? – me preguntó Elías. Tenía una sonrisa tímida. Una forma de bajar la mirada que me recordaba a los campesinos de mi tierra. Lo miré sin entender.

– Es que me deben un dinero. Me da pena ir solo.

– Okay – dije y me bajé con él.

Por alguna razón dejé el motor encendido. No paraba de nevar y el viento se enredaba en aullidos fúnebres. Antes de golpear la puerta, Elías abrió la bolsita que traía del carro y sacó una pistola. Con la misma sonrisa culpable de antes se la colgó en el cinturón del pantalón y la cubrió apenas con la chaqueta.

– Es apoyo moral – dijo simplemente.

La puerta se abrió lentamente y una muchacha flaca y despeinada asomó su cabeza de tortuga.

– Buenas noches. ¿Estará don Víctor?

– No sé si lo pueda atender. Ya está muy tarde – dijo la muchacha.

– Dígale que es Elías Samuel. Dígale que tenemos un asunto pendiente.

– Yo creo que ya está muy tarde. Aparte con ésta nevada.

– Venimos de muy lejos – dijo él, ensayando una sonrisa.

– Veré qué me dice – dijo ella y su cabeza desapareció de golpe.

Luego de varios minutos apareció don Víctor. Un anciano arrugado que parecía escapado de algún viñedo. Vestía un sombrero de tela y chancletas. Aunque estaba en mangas de camisa no parecía molestarle la nieve. Lo acompañaban dos gorditos miopes que permanecieron al reparo del alero.

– Buenas noches.

– ¿Cómo está don Víctor?

– Bien, bien. ¡Pero qué nevada más brava!

– Si, el carro me dejó botado allá por la salida del trabajo.

– Sí, es una nevada de las buenas. Pensé que no venías, muchacho. ¿Quién es el señor?

– Un amigo del trabajo. Él me trajo. Tiene una camioneta cuatro por cuatro.

– Así veo – dijo don Víctor inclinando apenas la cabeza. Y luego, dirigiéndose al gordito de la derecha -. Beto, dale a don Elías eso que habíamos hablado. No ha hecho el viaje hasta acá de puro balde.

Beto entró a la casa y apareció en seguida con una bolsita de papel. El gordito de la izquierda miraba para todas partes, como esperando que alguien apareciera en medio de la oscuridad y la nevada. Don Víctor miraba a Elías Sorto y Elías Sorto miraba al gordito de la bolsita de papel.

Parecía una película de Sergio Leone. Solamente que no era el desierto y no era medio día. Era de noche y era Long Island y los del pronóstico decían que iba a nevar hasta el amanecer.

– Ahí está todo – dijo don Víctor -. Esta organizado, si querés contarlo…

– Está muy bien – dijo Elías -. Tengan buenas noches.

– Tengan buenas noches.

Eso fue todo. Elías dio la media vuelta y enfiló hacia la camioneta. Yo me quedé un segundo atrás. Como asegurándome de que todo estuviera en orden pero en realidad despistado por completo. Hice una inclinación de cabeza y don Víctor la correspondió cortés. No dije nada porque me pareció que mi personaje era mudo. Di la media vuelta y seguí a Elías. El Siniestro Elías que a partir de ese momento me trataría como si fuera un miembro de su pandilla.

Cuando llegamos a la camioneta aceleré lentamente. Elías registró la bolsita y pude ver varios fajos de billetes. Ocho o nueve mil dólares atados con gomitas elásticas. No dijimos nada en el camino pero se notaba que él apenas podía contener la euforia. Cuando llegamos a su casa sacó un par de billetes de cien y los dejó entre los asientos.

– Cuentas claras conservan amistades – dijo antes de que yo pudiera objetar y de alguna forma pensé que era lo correcto.

Luego lo vi correr hacia su casa, bajo la nieve. A punto de bailar como Fred Astaire. 

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