El extraño caso de Elías Sorto (Dos)

La agente Hernández

La desaparición de Elías Sorto originó especulaciones. Traté de mantenerme al margen pero yo sabía que tarde o temprano el karma de Elías me involucraría. A los dos días la secretaria me dijo que la policía estaba en la oficina y que querían hablar con migo. Tuve que resignarme. Seguí a la secretaria hasta la sala de conferencias donde nos esperaba mister White y una joven uniformada.

– Es imperativo que colaboremos con la policía para dejar atrás los hechos de la semana pasada – dijo mister White -. La señorita aquí presente es la agente Hernández, quien necesita hacerle preguntas.

– Mucho gusto – dijo ella, extendiéndome la mano -. Esto solo tomará unos minutos. Me han dicho que usted y Elías Sorto eran amigos.

Tenía ojos claros pero era de tez oscura. A pesar del apellido hispano se notaba que había nacido aquí. Debía llamarse Jessica, o Erica, o Jennifer. Hablaba un español trabajoso pero rara vez equivocado. Había algo sensual en su mirada y en su boca. Como si el uniforme fuera un disfraz y estuviera a punto de quitárselo.

– No éramos amigos – dije, pensando que en alguna parte un gallo iba a cantar -. Una noche  se le dañó el carro. Yo lo llevé a su casa. Eso fue todo.

– Y usted, ¿no le ayudó a comprar un carro?

La agente Hernández parecía estar informada.

– Sí, Elías estaba en el Salvador y me encargó la compra.

– Ya veo. ¿Y el señor Sorto no lo ha contactado en éstos últimos días?

– No, no me ha contactado.

Ella consultaba sus notas como buscando un detalle. Pero a lo mejor todo era un acto; una forma de extender el silencio del interrogatorio esperando que yo confesara algo.  

– ¿Y de qué lo acusan al señor Sorto? – pregunté, aprovechando el silencio.

– Por el momento la familia de la joven no ha presentado cargos. No sé si quieran a hacerlo. El estatus legal de ellos no les impediría presentar cargos.

Mister White levantó un dedo tratando de defender a sus trabajadores pero la agente lo frenó en seco.

– No somos Inmigración, mister White. No nos interesa el estatus migratorio ni los papeles de nadie. Pero ha habido un crimen… o por lo menos eso es lo que insinúa la evidencia.

– Sí, claro. La evidencia – dijo Mister White.

La agente se volvió y me observó largamente.

– ¿Qué clase de carro compró?

– Un Mustang… – dije, recordando nuestros deliveries -. Ocho cilindros, rojo. Llamará la atención de la patrulla de caminos. Debe estar en el reporte que se hizo la noche de los hechos, ¿no es así?

– Ya vi el reporte – dijo la agente Hernández clavándome la mirada -. Pero hay veces otro par de ojos agregan perspectiva. Mi interés en este caso es personal. Si por casualidad el señor Sorto lo contacta, ¿podría decirle que quiero hablar con él? Hasta el momento no está acusado de nada, y el huir solo empeorará las cosas. ¿Comprende?

– Comprendo.

– Esta es mi tarjeta, en caso de que se le ocurra algo. No dude en llamarme.

Me dio la mano y por un segundo estuve tentado de inclinarme a besársela.

– Será un placer – dije, conteniéndome.

Reflexiones

Mi vida se parece muy poco a los comerciales de la televisión. No soy el tipo de la foto en la cajita de calzoncillos. No soy Clark Kent y tampoco tengo una identidad secreta. A las cinco de la mañana me levanto para ir a trabajar…

¿De qué me quejo?

En la planta hacemos cajitas de plástico. Convertimos láminas de plástico en cajitas de plástico. Ocho horas al día. Cinco días a la semana. Cajitas de plástico.

Los martes me dan un cheque firmado.

Los mecanismos burocráticos entran en movimiento. Un banco. Un cheque. Una cajera. Una identificación falsa.

La cajera sonríe. Aprieta botones en la computadora. Me da dinero.

Retratos de presidentes.

Washington. Lincoln. Hamilton. Jackson. Grant. Franklin.

Podría comprarme tres televisores como el que tengo en la casa.

¿Por qué no lo hago? ¿Qué me impide comprar tres televisores y conectarlos en distintas partes de la casa? También tendría que comprar el cable y los conectores. ¿Sintonizaría todos en el mismo canal o vería varios programas a la vez? Tal vez ese delirio hubiera sido la realización de mi sueño americano. ¿A qué más podría aspirar luego de eso?

Al día siguiente me tocaba ir de pesca con el Ruso y Pedro Puebla.  

Horizontalidad

Fuimos a pescar en un bote.

Viajamos por horas mar adentro. A toda máquina. La proa levantada como si fuéramos a despegar. La costa se desdibujaba bajo la bruma.

Tuve que ir a orinar en el medio del camino. La perspectiva en un ángulo extraño. El chorro vacilante. El ruido de los motores. Después salí a la cubierta. Tenía puesta una rompevientos Adidas que me da un aire muy deportivo. Me sentí como el héroe de una novela de Conrad.

En la mitad del mar paramos y se hizo un silencio de siglos. No corría nada de aire. El océano era como un metal muy pulido o como una gigantesca sartén enlosada. En el medio estábamos nosotros como huevos fritos.

El sol nos calcinaba los sesos. Poco a poco se nos fue acangrejando la piel. Perdimos el rumbo. Perdimos la noción del tiempo. Se nos despellejaron las ideas. Sacamos las cañas, las carnadas, los artefactos de detección submarina, los chalecos salvavidas, los equipos de comunicación y de primeros auxilios.

Durante horas sostuvimos las cañas. Como estatuas mudas. Bajo el sol. Silenciosos e inexpresivos. Convencidos de que con solo sostener las cañas era suficiente. Pronto aflorarían conexiones milenarias. Verdades olvidadas a lo largo de siglos de evolución desorganizada. Nosotros y las cañas.

El homo sapiens y el homo erectus. Selección natural.

Carnadas, anzuelos, líneas de flotación.

La clave era sostener las cañas. Lo demás eran significados que un tercero agregaría a la escena. De cuando en cuando pasaba algún bote. Pescadores de gorras y anteojos oscuros nos observaban estoicos. De cuando en cuando enganchábamos algo. Se rompía la monotonía. Había gritos de júbilo. Cánticos de alabanza. Lo demás era cielo y océano. Una mínima línea en el horizonte y la esperanza de que todo aquello tuviera sentido.

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