Crónicas del Arroyo – 22

El Fantasma de Acosta.

Una vez me encontré con el fantasma de Alberto Arriaga. Casi fuimos amigos… me hubiera gustado ser su amiga. Pero después de todo yo soy solo una vieja loca dedicada a las cartas y a otras rabdomancias perdidas. A lo mejor por eso Arriaga decidió revelarme sus secretos… nadie en el pueblo creería en los desvaríos de esta pobre vieja. O tal vez hay razones más hondas… al principio pensé que me necesitaba para terminar algo en este mundo, el mundo de los vivos. Ese lugar que se parece tanto a los sueños y que poco a poco se desdibuja en los confines de éste asilo.

La primera vez me lo encontré en el sendero del sauce viejo. Era una noche de luz verdosa y brisa clara. Pensé que era uno de los peones, con un chambergo y un poncho viejo que arrastraba como una penitencia. Luego se volteó y vi la herida en su lado izquierdo. Hacía tiempo que había dejado de sangrar pero estaba como recién abierta. Como si el cuchillo del Héctor acabara de salir.

– Nunca fui un buen padre – me dijo Alberto Arriaga -. Esa es la culpa que todavía me tiene aquí, desposeído en mi propia tierra. Esperando que los buitres vengan a llevarse todo lo que fue mío. Sin poder mover un dedo porque esta mano ya no es mi mano…

Héctor acababa de suicidarse y yo lo buscaba para aliviar su tormento. Luego me di cuenta de que hacía tiempo que el Héctor había abandonado estos mundos sublunares. Mucho antes de su muerte se había ido. Su padre en cambio hacía las rondas a diario, como cuando estaba entre los vivos.

– Nunca tuve tiempo para mís hijos – continuó Arriaga -. Siempre estuve ocupado en mi papel de hacendado y tratando de ser alcalde o gobernador o el amanta de alguna fulana en el pueblo. Mis hijos fueron un orgullo que me duró muy poco. A lo mejor les exigí demasiado o a lo mejor hice demasiado planes por ellos. Al principio fue imposible diferenciarlos. Para mí, claro está. La madre los diferenció desde antes que nacieran. A mí en cambio me tomó años notar las diferencias. Un día me dí cuenta de que Héctor era el bruto y Joaquín era el poeta. Ninguno de los dos tenía interés en la hacienda. La única cosa por la que trabajé toda mi vida. La única cosa que juzgué digna… mi pequeño imperio, como decía mi madre. Mi legado… todo lo hice por ellos, para que algún día pudieran estar orgullosos de su apellido. Y ahora… ¿Qué será de todo esto ahora que ya no estoy?

Al principio pensé que Arriaga había vuelto por sus hijos, pero luego vi que había otra cosa en su mirada.

– Somos polvo… – dijo luego de un largo silencio y por un segundo pensé que yo también había muerto -. Y lo que dejamos es polvo. Adobe que se descascara. La casa, el molino, la capilla, los establos… ¿cuánto tiempo tomó levantar todo esto? Tomará siglos para que el olvido arrase esta ciudadela…

La mano de Arriaga trató de limpiar el polvo de la banqueta pero era inútil.

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