El Capitán López en el siglo XXIII – Siete

El lago

– Estoy cansada – dijo la joven -. Es una pesadilla constante. Cosas que hasta ayer eran familiares de pronto me resultan extrañas. Este parque y este lago, lugares que visité miles de veces ahora me parecen ajenos. Son cuadros colgados en una galería. Es como si cada vez estuviera más lejos de mi vida y sin embargo… No sé si tiene sentido lo que digo. Le parecerá una tontería.

– No – dijo López con la vista en el reflejo del lago -. No es una tontería. A mí me pasa todo el tiempo.

– Si se está burlando ya no me molesta.

– No me burlo – dijo López -. Estoy cansado y la rodilla me duele y me creo que tengo alucinaciones. Existe la posibilidad de que esté hablando pavadas, pero no me burlo.

– Usted no me estaba escuchando.

– Si – dijo López, mirando los ojos de la joven -. La escucho más de lo que se imagina. Dijo que este lago ya no es este lago… y que su vida ya no es su vida.

La rodilla le latía como una estampida de búfalos y la cabeza le daba vueltas. Pensó que se caía de espaldas, que el banco cedía ante el peso de su conciencia…

A la distancia, los patos nadaban indiferentes ante el griterío de los niños.

– ¡Dios! – dijo López, agarrándose la pierna -. La rodilla me está matando.

– Dios no tiene nada que ver – dijo Diana, sacando la hipodérmica de su cartera -. Tendría que ajustarle el vendaje. Además todavía faltan tres horas para su próxima dosis.

– Una hora, dos horas, Diana. ¿Quién puede llevar la cuenta?

– Esto puede crear dependencia.

¿Y vos Diana? ¿Tu no creas dependencia? Pensó López, ya bajo los efectos de la droga.

La Bestia

– Efraín Sosa nuca fue feliz – dijo la cabeza de la derecha -. Desde un principio estuvo condenado a sufrir y se apegó al libreto con imperturbable valentía.

– En el principio, Sosa fue un personaje histórico – dijo la cabeza de la izquierda -, pero luego, los siglos impasibles lo convirtieron en un mito, en un personaje de ficción. Poco a poco se fue adaptando a las necesidades narrativas y se convirtió en otra historia.

– De eso yo no estoy tan seguro – dijo la otra cabeza.

– Si el Profeta fuera una persona de la vida real, sería un sujeto indeciso, fluctuante, nunca completo, que va corrigiendo sobre sus errores y que al final siempre intuye una sensación de carencia… de falta. Naturalmente, un personaje tan complejo terminaría por confundir moralejas.

López se sentó en una roca y contempló el vacío. El monólogo de la bestia le llegaba desde lejos, como si hubiera un de cristal o una bruma de por medio. El significado estaba en otra parte, en la otra punta del desierto.

– Yo nunca pretendí alcanzar moralejas – dijo Milton Gutiérrez, ofendido.

– ¿Y entonces cuál es el sentido de la historia?

– El sentido de una historia es la historia misma. No veo por qué siempre hay que buscar trasfondos interpretativos.

– ¡Exactamente! – dijo la otra cabeza, triunfal -. Nunca ves el por qué de las cosas. Ese no es mi problema. No estoy usando tu estúpida cabeza.

Historias incompletas

– Desapareció un cargamento de uranio – dijo López, abriendo los ojos -. Me dieron los mapas, las rutas, los horarios… está todo en el ordenador.

– ¿Cuánto uranio? – preguntó Diana.

– Un convoy completo. Suficiente para volar el planeta. Los del Servicio sospechan de la Compañía. La producción ha menguado un 30% en los últimos seis meses. Debo revisar los archivos. Analizar los asientos… cosas por el estilo.

– ¿Por eso me reclutaron a mí?

López se encogió de hombros:

– No sé. Hay tantas cosas del Servicio que no sé…

– ¿Qué piensa de los atentados? – preguntó Diana, inclinándose sobre López.

– Estaban bien informados – dijo él, mirando los labios de la joven. Pensó que estaba tan cerca que podría besarla. El dolor de la rodilla desaparecía lentamente y eso era razón suficiente para besarla sin más trámite. Acariciarle la nuca lentamente, levantar la cabeza apenas y hundirse en ese aliento que ahora se mezclaba con sus palabras. Carteles de neón bajo la niebla, pensó López con dificultad. Imágenes merodeaban una pesadilla…

– ¿Cree que alguien del Servicio está involucrado?

– Es difícil… es una organización hermética. Es poco probable.

– ¿Qué descubrió en el departamento?

López le mostró el folleto turístico. El pentágono en el centro de la Ciudad.

Los caminos que no están en los mapas…

Diana revisó las anotaciones con cuidado pero no pudo sacar nada en claro. López cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia un costado.

– No se duerma – dijo Diana, pensativa -. Mi tío es teósofo, trabaja en el Gran Templo. A lo mejor él puede decirnos algo.

– Su tío es teósofo – repitió López, sin abrir los ojos.

El dolor había desaparecido y el cansancio lo invadía minucioso. Las ideas se mezclaban pegajosas y era difícil hablar; elegir las palabras que serían reflejo o vehículo de su confusión.

– La escena del crimen – dijo López a punto de quedarse dormido -. Debemos ver a tu tío teósofo…

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