El Capitán López en el siglo XXIII – Seis

El teólogo y la máquina

Era una oficina diminuta. La luz verdosa del atardecer se colaba por la ventana y se quebraba en los volúmenes de la biblioteca. Tras el escritorio resaltaba la cabeza esquelética del teósofo.

– Dios está loco – dijo el teósofo, sonriente -, simplemente, de manera trágica e irreparable, perdió el juicio y se hizo más inexplicable que nunca.

López sintió una crispación, algo que empezaba por los dientes pero que era difícil explicar.

– Aquí hay varias corrientes filosóficas – continuó el anciano -. Unos dicen que Dios ha muerto… Otros creen en un Dios que no conoce la existencia de mundos sublunares y que no hace más que pensar en sí mismo, puesto que sería menoscabar la esencia Divina creer en un Dios que piense en algo que no sea la perfección… y también hay quienes creen en un Dios cambiante y efímero. Una idea que solo existe en la mente de los hombres, una proyección de esperanzas y miedos colectivos.

Diana alcanzó vasos con una bebida densa de color amarillento. El sacerdote bebió y adoptó un aire académico:

– Hace tres siglos y medio vivió el profeta Efraín Sosa; joven ingeniero dotado de una especial sensibilidad mística a quien Dios confiaría una misión muy delicada. Efraín Sosa llegó al planeta con una de las primeras expediciones colonizadoras e inmediatamente se sintió cautivado por la belleza virgen de estas tierras. El desierto inconmensurable y luminoso, las inenarrables dunas, el fulgurante azul del cielo y el océano enrojecido de atardeceres y de soles… todo aquí despertó en su alma joven una insaciable sed de absolutos que por supuesto nunca llegaría a satisfacer. Al cumplir los veintitrés años, tuvo un sueño: en medio de una nube se le aparecieron varias doncellas hermosas con cabezas de trompetas; le dijeron que debía subir al monte Utopía para recibir instrucciones. Efraín Sosa, muy impresionado y convencido de que su sueño era mucho más que una simple manifestación de su subconsciente, tardó tres días y tres noches en llegar a la cima del monte. Allí Dios le dijo que debía construir una máquina. Le dio los planos y las instrucciones y le dijo que no se preocupara por los materiales o los procedimientos, que él (Dios) estaría cerca para guiarlo. Y así fue. Por años, el profeta se dedicó religiosamente a construir la máquina. Abandonó su trabajo, abandonó a su mujer y a sus hijos y se dejó llevar en su amor a Dios. Una mañana (habían pasado cuarenta años) creyó haber despertado en un cuento de hadas. Las doncellas con cabezas de trompetas se le aparecieron en persona. Sin más trámite le comunicaron que su misión estaba terminada y que Dios nunca más le dirigiría la palabra. Con conturbadora angustia, Efraín Sosa contempló la máquina y descubrió que su corazón se aceleraba de espanto. La máquina era un desvarío atroz y desmesurado; la quintaesencia del sinsentido.

El anciano hizo una pausa y acercó el vaso hacia su sobrina. Diana le sirvió más y él hizo un gesto agradecido:

– Lo demás es historia – dijo, bebiendo parsimonioso -, nunca nadie supo cuál era el propósito o el sentido de la máquina. En poco tiempo, teólogos y sacerdotes llegaron a la conclusión de que Dios había perdido el juicio: la máquina era la metáfora última del sinsentido del universo y la decadencia de la razón. El mismo Efraín Sosa, en su lecho de muerte, admitió las conclusiones de los teólogos aunque nunca se retractó de su fe. En un emotivo discurso, dijo que solo la esquizofrenia divina podía haber dado origen a tal monstruosidad tecnológica y que la máquina debía ser considerada como el último mensaje de Dios a los hombres. Evidentemente la máquina era un mensaje absurdo y tratar de encontrarle sentido era como buscarle explicaciones al vuelo de una mosca.

El anciano se detuvo exaltado. Se secó el sudor de la frente y su mirada se perdió en el vitral de la ventana:

– Es verano – dijo -. Una vez más el ciclo vuelve a comenzar. Aquí los inviernos son muy largos, ¿sabía, Mister López? Lo único que nos mantiene en pie es la esperanza de la primavera. Luego, una vez más, el verano es un incendio que apenas dura en nuestra memoria endeble y todo vuelve a recomenzar.

– No entiendo – dijo López, tratando de volver al tema -, si la máquina no tiene sentido, ¿por qué la veneran?

– Es evidente que usted todavía no visita la máquina – dijo el teósofo, complacido -. Ver a la máquina es una experiencia que pulveriza explicaciones. Postrarse ante la máquina es situarse en el centro del universo y por un instante (o tal vez por la eternidad) observar el devenir del cosmos y comprender la esencia del infinito. Muchos dicen que en la máquina han visto el rostro de Dios; otros dicen (y esto es  más conmovedor) que han visto los pensamientos del Altísimo; algunos han intuido el delicado desbarajuste de una lógica que ha olvidado la razón de los hombres. La verdad, mister López… ¿quién puede saberla?

El anciano respiraba con dificultad. Sacó un pañuelo y se secó el sudor de la calva. Luego terminó su bebida de un trago y se encogió de hombros como si no valiera la pena agitarse.

– La máquina no está lejos – dijo en tono servicial -. Podemos ir ahora, si usted quiere. No es el horario de visitas, pero puedo hacer una excepción en honor a mi sobrina. Le aseguro mister López que es una experiencia inolvidable.

• • •

Bajaron por un pasillo quebradizo e interminable. Descendieron en un elevador de carga y luego cruzaron por una oficina donde una veintena de mujeres se agazapaban tras computadores antiquísimos. Cuando salieron del edificio, el cielo nocturno estaba cargado de nubes negras. Una leve llovizna brillaba bajo los faroles pero el calor de la tarde no se había disipado.

Aquel lado de la ciudad era antiguo y conservador. Las construcciones eran de ladrillo y nunca se erguían más de tres o cuatro pisos. Las calles eran empinadas y se torcían adaptándose a los caprichos orográficos. Era una zona elevada donde terminaban las estribaciones de la Cordillera. El Capitán, todavía desacostumbrado a los contrastes de la ciudad, quedó maravillado cuando al doblar una esquina tuvo una vista panorámica de la zona que habían visitado esa tarde. A la distancia, los rascacielos y el río titilaban en la penumbra de la llovizna.

Cuando salían a una intersección, el anciano tomó a López de un brazo y señaló a su derecha:

– Aquel es el monte Utopía – dijo en un susurro -, allí subió Efraín Sosa para hablar con Dios. La máquina la construyó aquí abajo, por suerte para nosotros. Alcanzar la cima nos tomaría por lo menos tres días. Claro que en mi estado mejor no hablar…

El anciano se aferraba a un báculo para caminar. Sus manos artríticas y deformes parecían más viejas que el resto de su cuerpo, todavía ágil y movedizo bajo la túnica.

– ¡Tres días de subida y tres días de bajada! – dijo el teósofo -. Muchos dicen que el tres es un número esencial para entender la obra de Efraín Sosa. Yo tengo mis dudas.

– Esta mañana encontré esto – dijo López y le mostró el folleto turístico -. ¿Tiene algún significado?

El anciano sonrió beatífico:

– Hay varias sectas herejes que tratan de encontrar una explicación lógica de la máquina. Para ellos, existen una serie de normas y principios que gobiernan el universo de manera que todo fenómeno pude ser explicado partiendo desde otro fenómeno. Esto es obviamente una patraña puesto que el conocimiento lógico, fundado en signos y cerrado en su mundo de símbolos, solo tiene el valor de mecanismo analítico y es inútil buscar una correspondencia con un supuesto orden de la realidad. Dios ha perdido el juicio y obviamente, en su delirio, no comprende ni le interesa la lógica de los hombres. Sin embargo, hay muchos que no aceptan estas ideas. Miden la distancia entre el Gran Templo y unas cuantas catedrales y descubren un pentágono. ¿Qué significa esto? Se preguntan atónitos. Yo me pregunto qué significa el vuelo de las golondrinas y no soy más necio que ellos.

El anciano hizo una pausa y miró para todos lados como tratando de que nadie los escuchara.

– En el convento que estudié – continuó, confidencial -… el rector solía decir: “Hacia el Norte del río está la zona religiosa de la Ciudad y comienza la Cordillera. Hacia el Sur está el distrito financiero y la estepa. De esto se desprende que mientras mas al Norte viajamos más nos elevamos y estamos más cerca de Dios. Mientras que si viajamos hacia el Sur…” Los internos, obviamente, se mofaban del rector y de sus metáforas simplistas, pero creo que había algo de cierto en todo esto.

Por un segundo el anciano se extravió en sus pensamientos. Se volvió para asegurarse de que su sobrina no se había retrasado y apretó el brazo de López como preparándose para una confesión:

– Pero no quiero aburrirlo con mis historias. ¿Por qué no me habla de usted? La verdad es que me tiene intrigado. No es muy común que mi sobrina me presente a sus amigos y más extraño todavía es que los traiga hasta aquí para que hablemos de religión. ¿Cuáles son sus intenciones con Diana? Me imagino que son serias, por supuesto. Mi sobrina es una chica seria. Debe saber que ella es lo único que su madre tiene… la pobre santa, con esta cuestión del cáncer y la operación, ¡que horror! Usted no estará intentando romperle el corazón. ¿no?

– No, por supuesto que no – dijo López.

– ¿Tiene residencia legal?

– Llegué con una visa de trabajo pero ahora las cosas se han complicado… – dijo López, recordando el paseo de la tarde, el parque, la cometa enredada en el árbol.

– No se preocupe por eso – dijo el anciano, guiñándole un ojo -. Puede visitar el mercado negro. Diana le va a mostrar todo aquello. Ahí, por ochenta pesos usted puede comprar una tarjeta de residencia tan buena como una auténtica, y hasta mejor porque se ahorra los trámites burocráticos. Aquí prácticamente el cincuenta por ciento de los trabajadores son inmigrantes ilegales. Muchos llegan desde otros planetas, atraídos por la prosperidad, pero la mayoría vienen desde la Estepa. Es gente simple que toda su vida se ha dedicado a labrar la tierra y que ni siquiera sabe lo que es una aspiradora o un horno de micro-ondas. Piensan que en la Ciudad van a encontrar una vida mejor, ¡pobres ingenuos! No conocen el idioma, no conocen las leyes… Y lo peor de todo… ¿sabe qué es lo peor de todo?

El Capitán iba a contestar pero el anciano se le adelantó:

– Lo peor de todo es que vivimos en un universo circular – dijo el teósofo haciendo un gesto amplio -, si viajamos en línea recta tarde o temprano llegamos al punto de partida. Y para continuar con la metáfora de mi rector, según la cual para el Norte está Dios y para el Sur están las cosas de los hombres, concluimos que si viajamos en línea recta hacia el Sur, si pasamos el distrito económico, cruzamos la frontera y nos adentramos en la Estepa y en su vida simple y sencilla… Al final vamos a encontrar esa unidad esencial con la naturaleza que Adán y Eva perdieron con el pecado original.

López no estaba seguro de haber entendido. Para mantenerse en terreno seguro pensó que sería mejor permanecer callado.

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