El Capitán López en el siglo XXIII – Cuatro

Hidrocarburos líquidos

El Capitán López hojeaba un libro en un idioma extraño.

– El motor consta de seis cilindros – dijo la joven, mostrándole los diagramas -, cada uno de los cuales tiene un pistón conectado a una biela y a un cigüeñal. Éste es el encargado de transformar en rotatorio el movimiento rectilíneo alternativo de los pistones. Luego, la transmisión comunica la energía desde el cigüeñal a las ruedas del vehículo.

López permanecía acodado en su silla y fumaba sin tregua.  La luz del último de los soles tiñó la habitación de una textura de terciopelo.

– Como combustible se utiliza gasolina – continuó la joven -, una mezcla de hidrocarburos líquidos obtenida de la destilación del petróleo. Este líquido se inflama y explota en el interior de los cilindros gracias a una bujía que produce chispas a intervalos regulares. Esta explosión es la que impulsa al pistón y la que permite que el vehículo se desplace. ¿Para qué necesita saber todo esto?

– Es algo en que mantener la mente ocupada – dijo López.

– ¿Entonces podría ser cualquier cosa?

– No exactamente.

– No exactamente… – repitió ella, observándolo con cautela -. He oído historias acerca de usted, Capitán López.

– No debe creer en narrativas – dijo López -. Mi trabajo es por lo general monótono y la única forma de evitar el tedio es inventar historias.

– ¿Quiere decir que nada de lo que he oído es verdad?

– Digamos que por un lado está el mito del Capitán López y por otro estoy yo. Pocas veces somos la misma persona.

Por la ventana se colaba una brisa que acarreaba el murmullo del río… en los suburbios de un planeta extraño.

El vehículo

Diana estacionó el vehículo con motor de combustión interna frente a la habitación sin techo. La nave, pensó López, parecía existir fuera del tiempo. Era una bestia arcaica que había escapado el paso de los siglos.

La tarde anterior había visto los esquemas, pero nada lo había preparado para la impresión que recibiría al día siguiente. El vehículo constataba de un armazón de metal rojo montado sobre cuatro ruedas de caucho inflado. La cabina era pequeña y tenía dos butacas en el frente y un sillón doble en la parte de atrás. El interior era mayormente de cuero y plástico con detalles en metal o madera. El lado del conductor tenía un tablero muy sencillo para monitorear la velocidad, la temperatura, el combustible, el nivel de aceite etc. También había un timón para guiar la máquina y en el suelo tres pedales: el acelerador, el freno y el embrague. Cuando salieron a un camino de tierra Diana le explicó la función del embrague y su relación con una palanca situada entre los asientos, pero para ese entonces el Capitán no prestaba atención. Solo sentir el motor de este vehículo (a no más de medio metro delante de ellos) explotando infinitas veces dentro de sí mismo, rugiendo como una animal cautivo, le causó escalofríos. Luego salieron a una carretera petrificada bajo el calor de los soles y las gomas crujieron contra el asfalto. La carrocería vibró levemente y López quedó pegado a la butaca a causa de la simple inercia.

Luego la velocidad, ¿cómo explicar la velocidad?

Para López, acostumbrado a los viajes interplanetarios y a las gigantescas astronaves, la velocidad se había convertido en un concepto abstracto… una noción lejana. En la máquina de Diana, en cambio, todo sucedía con la inmediatez del pensamiento. López se encontró paralizado por el vértigo; sabiendo que a veinte centímetros bajo sus pies el pavimento viajaba a noventa millas por hora y que lo único que lo separaba de una muerte segura era una simple estructura de metal.

Diana advirtió su pasmo y no bajó la velocidad en todo el camino.

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Un comentario sobre “El Capitán López en el siglo XXIII – Cuatro

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  1. Va bien… pero a mi me gustaría un pòco de futorología como por ejemplo como será el mundo cuando el imperio yanqui sea reemplazado por el imperio chino. Te das cuenta? El imperio capitalista con bandera comunista!!!

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