El Capitán López en el siglo XXIII – Tres

Segundo encuentro

Despertó aturdido. Trató de incorporarse pero la cabeza le crujió como un engranaje de madera. Era la misma habitación, la misma cama. Más allá, la joven tecleaba en un ordenador.

– Me imagino que sabe lo que esta haciendo – dijo López, sin moverse.

– Trate de descansar – dijo ella concentrada-. Vamos a estar aquí por un tiempo.

López cerró los ojos y volvió a enfrentarse con una bestia de dos cabezas…

– Bienvenido a la máquina – dijo la bestia, mostrándole un pasillo que se perdía en la oscuridad

El Capitán se detuvo y desenfundó su arma láser.

– ¿Dónde está la máquina?

– Más adelante. Más allá de la oscuridad – dijo la bestia.

Al final del pasillo se escuchaba un murmullo siniestro. Era un lamento imperceptible que se adhería a las paredes y se arrastraba por el suelo como una cosa viva. López avanzó lentamente, tratando de ver más allá de las sombras pero era en vano. Una bombilla de cuarenta watts se escondía tras la penumbra.

– Si quiere podemos venir otro día – dijo la bestia -. Es natural tener miedo…

López avanzaba flotando en una bruma. Hubiera querido dar la vuelta y salir corriendo pero la máquina lo atraía.

– ¿Quiere que nos vayamos? – preguntó la segunda cabeza -. Podemos venir otro día…

El corredor se quebraba y descendía en una escalera caracol. Un aire tibio giraba entre los escalones que parecían ser una extensión de la máquina. En la base de la escalera una monja leía un libro de oraciones. Su túnica negra se confundía en la oscuridad y al principio López solo vio sus manos y su rostro.

Era una jovencita pálida que se consumía la vista en la lectura.

– Ya se ha hecho tarde – dijo la bestia, tomando al Capitán de un brazo -. Mejor nos vamos… En el camino le cuento algunas historias; la máquina no es gran cosa.

La muchacha levantó la vista y miró a López como pidiendo ayuda. Solo entonces el Capitán vio la cadena aferrada al tobillo de la jovencita.

– No entiendo… – dijo López, molesto.

– Hay muchas cosas que no entendemos – dijo Milton Gutiérrez -, hay veces que es mejor así.

El Capitán trató de descender pero la bestia lo tomó de una manga.

– ¡Por favor! – dijo la segunda cabeza y López vio el miedo en sus ojos -. No haga las cosas más difíciles de lo que son. Será mejor que nos vayamos.

– Pero esa jovencita…

– ¡Es su decisión! ¡Es su vida! – dijo la bestia.

El Capitán levantó su arma láser y le apuntó al pecho.

– No nos pongamos melodramáticos – dijo Milton Gutiérrez, con una mueca de fastidio -. A todos nos gustaría ir por ahí salvando doncellas en apuros, es natural. Sin embargo también hay que considerar la voluntad de la doncella.

– No sea torpe, Capitán – dijo la otra cabeza -. Esta joven ha pasado toda su vida anclada al pie de la escalera. ¿Qué pretende? ¿Quiere llevarla a la  superficie y mostrarle como vive la gente civilizada? ¿Y qué pasa si a la jovencita no le gusta la superficie y decide que quiere volver a este agujero? ¿Usted cree que volverá a ser feliz con su túnica y su libro de oraciones?

– En tardes como esta recordará los colores del arco iris – dijo Milton Gutiérrez -. A lo mejor comprenderá que las palabras en su libro se refieren a eso que una vez vio contra las montañas una mañana de sol y de lluvia. A lo mejor recordará los colores, las estaciones del año. Recordará noches y lunas y el olor de la comida en el mercado. Sabrá de la calma y de los azotes del viento pero, ¿será feliz? Esa es la pregunta que debemos responder.

– Es muy fácil ser un héroe, Capitán – dijo la otra cabeza -. Con su chaqueta de cuero y su arma láser… ser valiente y rescatar a esa jovencita de su mundo en blanco y negro. Lo verdaderamente difícil es aceptar el compromiso que ella acepta. ¿Quién puede amar algo y entregarse a eso por el resto de su vida? ¿Quién? Ciertamente usted no, Capitán.

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Un comentario sobre “El Capitán López en el siglo XXIII – Tres

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  1. Muy profundo… Ahora, ¿para cuando el sistema social del futuro en donde se superen los crímenes del imperialismo capitalista y se llegue al autogobierno del sentido común? Imagínalo, un mundo sin hambre, sin fronteras, sin miedos…

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