El Feisbuk (Segunda Parte)

Nunca las segundas partes fueron buenas...El Feisbuk

Estoy pensando que me importa un culo que Elmer Duffoo haya comentado en el enlace de Roberta Bachmann. O que a Carla Carolina Restrepo le guste el enlace de Rey Rolando. O que Marvin Ezequiel Covarrubias haya cambiado la foto de su perfil.

Who are these people?

¿Cómo llegaron a mi lista de amigos?

Una banda de desconocidos se entromete como un puñado de pájaros negros. Es un desfile inusitado, algo salido de una película de Fellini. Enanos, jirafas, la Saraghina, un equilibrista en moto, mi tía Gladis que ya hacía tiempo no aparecía por aquí. Todos aparecen con sus perfiles y sus muros y sus silencios buscando una revelación. A lo mejor por eso regreso todo el tiempo al Feisbuk… porque mi página cambia constantemente y no quiero perderme algo importante. Estoy esperando ese momento histórico, ese descubrimiento que atraerá tanto tráfico que terminará con los servidores en California y la redundancia en Virginia, Nueva Delhi, el Cairo y las Filipinas.

Y cuando no pueda conectarme, ¿cómo rellenaré las horas muertas del día?

Hace poco alguien mencionó la frase de Descartes, solo que ahora el cogito ha dejado de ser esencial. Estoy conectado, luego existo.

Solo me basta abrir el Feisbuk para saber que existo. Esa es la única premisa analítica que necesito. Primero tengo un perfil. Luego tengo amigos. Ahora estoy conectado. Ergo, existo. Pero después de un rato me doy cuenta que esta certeza no basta y el Feisbuk es como una droga. Mientras más lo uso, más tengo que usarlo y menos satisfacción consigo. Es un ejercicio de voyeurismo organizado. Una cacofonía muda que consumirá la red como un agujero negro. El Feisbuk es un Aleph donde solo figura lo intrascendente. Ezequiel Covarrubias cambió los azulejos del baño y acaba de subir las fotos. En los comentarios explica que se tomó todo el fin de semana pero se ahorró un dineral. Irene Iglesias compró una nueva muñeca de porcelana para su colección. En las fotos posa sonriente. Una y otra vez sonríe en una casa llena de adornos de cristal.

Who are these people?

¿Cómo me encontraron? ¿Qué es lo que quieren de mí?

Y la pregunta fundamental, esa que temo contestar… ¿por qué regreso al Feisbuk?

Todos los días vuelvo. Siempre hay una hora vacía que debo llenar y pienso que solo voy a entrar por unos minutos… El computador ya está encendido. Solo tengo que poner mi correo electrónico y mi clave. Eso es todo. Después me quedo horas dando vueltas, como un sonámbulo virtual. Salto de un enlace a otro. Termino viendo las fotos de alguien que no conozco. Todo esto tendré que hablarlo con mi analista.

Como Descartes, en una escala más modesta, busco principios primeros y causas últimas. Puedo decir que mi conexión al Feisbuk es algo absolutamente cierto a partir de lo cual podré establecer nuevas certezas. ¿Y cuáles serán esas certezas? Que veinte años de Internet y miles de años de civilización acabarán aquí. El Feisbuk. Una sociedad virtual más… ¿civilizada?

Estoy conectado, luego…

¿Luego qué? El Feisbuk está construido para la brevedad. Aquí todo es transitorio. Los comentarios pueden ser de tres mil palabras pero… (y aquí está el “pero” que nos sofrena) el texto es diminuto y no admite formatos. ¿Quién va a leer más de cincuenta palabras de un texto en bloque, donde no hay respiro entre párrafo y párrafo, donde no hay itálicas para insinuar mi sarcasmo, mi exasperación or my little english?

I ain’t got time for this shit. Fuck off!

Mas temprano pensaba poner esto en mi muro pero me doy cuenta que el Feisbuk no está hecho para meditaciones de aguas hondas. Esto es todo lo que hay mi pana, gracias. Tómelo o déjelo. Claro que a mí no me interesa el psicoanálisis o la filosofía. Yo solo regreso para ver quién comentó en qué cosa y quién cambió la foto de su perfil.

Who are these people?

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3 comentarios sobre “El Feisbuk (Segunda Parte)

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