Crónicas del Arroyo – Capítulo 13

13. Trato de escribirte

Querido Joaquín,

He tratado de escribirte. Tantas veces he estado aquí, buscando palabras al borde de éste ordenador. No es que me falten cosas para contarte. No sé por donde empezar, no estoy segura de si te va a interesar lo que me pasa.

La semana pasada falleció mi tía Claudia. Últimamente nuestras cartas solo tratan de muertes y sepelios. Mi tía era mayor pero se mantenía muy activa y muy lúcida. Caminaba mucho, hacía las compras del día y cocinaba.

La mañana en que falleció no notamos nada fuera de lo normal. Desayunó con nosotras y hasta bromeamos porque ese fin de semana sería su cumpleaños. Nos prohibió terminantemente cualquier tipo de celebración. Un poco a regañadientes concedió que yo podía preparar una torta porque siempre me salían tan ricas. Pero no quería velas.

– Ya no estoy en edad para velas – dijo simplemente y estuvimos de acuerdo.

Después, cuando yo me alistaba para ir a la escuela, dijo que no se sentía bien y que se iba a recostar unos minutos. Lo dijo como si nada y me pareció lógico. Era un día lluvioso y frío que daba ganas de meterse bajo una pila de frazadas. Sentí un poco de envidia de que ella pudiera disponer de su día así. De pronto decidir que todo podía esperar. Olvidarse de las obligaciones, aunque solo fuera por un rato y simplemente descansar.

Cuando salí a encender el auto encontré el periódico bajo la puerta y lo recogí para llevárselo. Pensé que a lo mejor querría leer en la cama. Cuando llegué ya estaba muerta. Se había quitado los zapatos y se había cubierto con una frazada. Sus últimos actos habían sido de una simpleza que desarmaba. Lentamente me senté junto a ella y en vano traté de programar el resto del día.

No sé por qué pensé en ti. Ultimamente cualquier cosa se convierte en una excusa para recordarte. Esto se lo tengo que contar a Joaquín, pensé como una boba. Como si narrar fuera la única forma de encontrar una explicación. Un día gris y lluvioso y la decisión de mi tía de morir así… de pronto y sin aviso.

Mientras dejaba el diario sobre la mesa de noche comprendí que muy poco había cambiado. El hecho me provocó una tristeza inexplicable. Ni siquiera había comprado los ingredientes para la torta de cumpleaños.

Nada ha cambiado, pensé y sentí ganas de llorar a gritos.

Más tarde, durante el sepelio, una vecina me dijo que había sido una muerte admirable.

– Algún día, cuando yo me muera, me gustaría morir así – dijo convencida y al principio yo no entendí -. Su tía ha sido un modelo de consideración. Simplemente murió sin más trámites, sin hacer melodramas o aspavientos. No como mi difunto marido que no se conformó con morir. Él tuvo que montar un circo de tres pistas. La suya fue una muerte agónica que duró más de cuatro meses. ¡Cuatro meses! Créame, cuatro meses de agonía pueden volver loca a la más plantada.

– ¡No diga eso, doña Tota! – contestó otra vecina -. Nadie puede elegir la muerte que le toca.

– No sé si uno puede elegir, pero por lo menos se puede planear mejor. Yo le digo porque conozco ejemplos. Fijesé mi cuñado Luis, sin ir más lejos. Él murió y dejó a todos en la ruina. ¡A todos! Ellos tenían una carpintería allá por Las Heras. El hermano y él prosperaron por muchos años. Pero cuando él murió todo se fue a pique. En menos de un año la familia perdió el negocio y tuvieron que vender propiedades para salir adelante… Al final se quedaron sin nada. Tienen una casa que se cae a pedazos y viven apretujados como sardinas. Mi hermana, pobre mujer, ha tenido que ir a vender cosméticos para salir adelante. Todo porque mi cuñado no planificó. Fue una muerte súbita, en la mitad de un trabajo muy grande. Él nunca se tomó el tiempo de enseñarle al hermano la parte administrativa, pensó que iba a vivir para siempre. A todos nos pasa. Y cuando le llegó la hora, el hermano no pudo hacerse cargo de nada… una pena. En cambio doña Claudia fue muy considerada. Una muerte tan modesta. ¿Quién la va a extrañar a ella? De aquí a dos semanas ya la habremos olvidado…

– ¡No diga eso, doña Tota!

– Pero si es la verdad… La vida se trata principalmente de aprender a morir.

– ¡Usted es terrible!

– Es así, es así. La vida es corta y la mayor parte de ella ya pasó. Es un suspiro. Debemos prepararnos para alcanzar una muerte digna. Yo solo espero tener la prudencia y el estilo para alcanzar una muerte como la de doña Claudia.

Un modelo de consideración, pensé escapándome a la cocina. Mi tía Claudia. Ella nunca formó una familia. Nunca tuvo hijos o un marido o un amor clandestino que le agregara misterio a su existencia. Al principio nos toleramos porque no teníamos más remedio. Pero luego sucedió algo extraño. Cuando nació mi hija la tía Claudia cambió por completo. A lo mejor yo también cambié, pero estaba muy ocupada para darme cuenta… Y así fue que nos hicimos familia.

Ya estoy muy vieja para velas, dijo mi tía Claudia.

Y un poco más tarde había muerto.

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