Crónicas del Arroyo – Capítulo 8

8. Recuentos

La muerte de mi padre me obligó a regresar a la hacienda por unos días. No me sorprendió el estado de abandono en que se encontraba todo. No me sorprendieron ni el silencio ni el polvo de ese caserón que una vez albergó tanta esperanza. Pero sí me sorprendieron los recuerdos. Momentos acumulados que se despertaron bajo mi piel.

Llegué a pensar que me volvía loca. La casa me ahogaba y el tiempo (pensé) era un salón de espejos que giraba sobre un eje cansado. Esa casa era el centro.

Antes, mucho antes, tu prima Elsa se había hecho cargo de otro velorio y por eso no me sorprendió que ahora retomara el mismo papel. Los ritos de la muerte eran algo que ella asumía sin miramientos. Debía asegurarse de que el mundo seguiría su marcha para prolongar una certeza efímera y amarga. Se fijaba de que la cocinera tuviera lo que precisaba, de que los peones tuvieran trabajo, de que los pagos estuvieran a tiempo, de que hubieran suficientes velas… nada escapaba la mirada atenta de Elsa. Me gustó la deferencia con que me consultó en todo momento. Que si estaba bien éste cuarto, que si no tenía objeciones con este color, que si éste cura podía dar la misa…

Una noche hablé largamente con Elsa. Cuando ya mi padre estaba enterrado y solo quedaba el rito de las despedidas y el recuerdo. Le conté de mi trabajo y de mi hija y de mi vida de madre soltera. Me hubiera gustado tener más cosas para contarle. Me di cuenta de que ella ansiaba saber del mundo. Cualquier cosa que no fuera la estancia y aquellos potreros tan llenos de silencio. La pobre acababa de cumplir treinta años y ya se había quedado solterona. Cuando sin darme cuenta aludí al tema dijo que solo una vez había estado enamorada. Y que había sido un amor imposible.

– Yo empezaba a amar de una forma muy intensa – me dijo junto a fuego de la cocina. – Me imagino que todo primer amor es algo así. Era una pasión que me asustaba. Después he tenido muchachos que me han perseguido, pero nunca he sentido algo como entonces. ¿No sé si te ha pasado alguna vez?

Asentí con la vista fija en los leños encendidos y pensé en ti, Joaquín. ¿Con qué derecho te inmiscuías en nuestra conversación? Solo entonces comprendí, viendo la mirada ausente de Elsa supe que tú eras ese que ella no podía olvidar.

– Con Joaquín fuimos amantes por mucho tiempo – dijo ella muy despacio, confesando algo que probablemente nunca le había dicho a nadie.

– Yo no sabía… – dije lentamente pero ella me silenció con la mirada.

– No te preocupes. Hace tiempo que nosotras teníamos que hablar. Hace tiempo que había que remover ésta espina entre nosotras. Joaquín te amó más que a mí, eso lo supe desde el principio. Me costó convencerme pero los años no pasan en vano. Poco a poco comprendí y ahora ya no me molesta tanto. Él siempre fue mujeriego, siempre andaba dando vueltas y eso era parte de nuestro acuerdo. Sabíamos que tarde o temprano aparecería alguien. Lo nuestro solo era un amor adolescente que había durado más de lo debido. Pero el tiempo pasó y yo no encontré a nadie… Pero él te encontró a ti, Emiliana. Y te odié por eso… Sin conocerte te odié. Porque Joaquín nunca mencionó tu nombre pero yo noté la distancia. Noté su cambio y su silencio y me resigné a la certeza de que había otra. Por un tiempo pensé que sería otro capricho y que tarde o temprano volvería. Pero estaba muy equivocada. Una noche, luego de mucho tiempo, volvió a pedir asilo pero ya no era mío. No me importó que estuviera huyendo de su padre… me conformé con las noches de pasión en el cuarto detrás del galpón. Nunca le pregunté por qué había sido la disputa. Siempre que traté de indagar se cerró y tuve que resignarme a su mutismo. La noche que murió mi tío, Joaquín estaba con migo. Por eso siempre estuve segura de que él era inocente. Pero luego de unos días, una madrugada verdosa y ausente, se reunió con Héctor y eso cambió todo. Luego de esa charla Joaquín quedó convencido de que debía marcharse. Aunque huir era aceptar una culpa ajena. Más tarde comprendí por qué lo hacía, pero nunca lo perdoné por eso. Todavía no puedo perdonarlo…

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