Sorpresas de Internet

El domingo recibí un correo electrónico un tanto extraño.
El mensaje era ceñido pero lleno de significado:
Hola Guillermo, somos Cholula 1* y Cholula 2* desde Mendoza, Argentina. Queremos saber si sos vos, el “mismísimo.” Si sos, vas a entender el mensaje… en ese caso, que bueno haberte encontrado.
De no ser así, saludos.

Fue como encontrar un mensaje en una playa desierta.
Improvisé una respuesta. Como quien lanza una botella al mar.
Relaté un par de episodios que recordaba de las dos Cholulas, temeroso de que mi carta fuera demasiado larga comparada a la que la había incitado.
A la mañana siguiente encontré la contestación de Cholula Número Uno.
Siete páginas y media tenía la contestación. Fue la sorpresa del milenio. La leí como diez veces y aún así no podía creerlo.
Cholula es… ¿cómo explicar a Cholula?
Cholula es una mujer muy bella con la que tuve un engayolamiento feroz hace algunos años. Luego perdimos contacto… yo me vine a Nueva York. Ella se quedó en Mendoza. El mundo siguió con su manía de solsticios y equinoccios… disculparán la frase melodramática, es que la historia se parece al melodrama y no hay otra forma de contarla.
Durante mucho tiempo nos olvidamos. O nos recordamos cada tanto, de una forma póstuma… pero esa no es la palabra.
Leer la carta de Cholula fue como entrar en una máquina del tiempo y retroceder veinte años. El recuerdo es una materia viscosa, hay cosas que hemos olvidado por años pero basta que alguien las mencione para que afloren con una intensidad nueva.
La carta de Cholula, y la mía sin darme cuenta, estaban llenas de éstos momentos que rebotaban entre sí y generaban nuevos recuerdos.
Una cosa que yo había olvidado por completo, es que en algún momento le presté a Cholula un libro de Cortázar, “Las armas secretas.”En la carta me decía que todavía tenía mi libro… y un tiralíneas que no me imagino para qué puedo habérselo prestado. Parece que para mí, en aquella época era perfectamente normal tener o prestar un tiralíneas.

Cuando yo era niño, veía una serie de televisión que se llamaba”Cosmos 1999.” Una explosión nuclear había desviado la órbita de la luna y los habitantes de la base lunar trataban de sobrevivir. En aquel entonces, 1999 parecía un futuro inalcanzable. Pero como todas las fechas de ciencia ficción, cuando llegan no se parecen en nada a los originales.
Ahora, 1999 parece un pasado sumamente remoto.
Yo recuerdo el año porque fue cuando me conecté a Internet. Escuchar el chisporroteo electrónico del módem por primera vez es una experiencia extraña. Es como que por un segundo el computador ha adquirido voluntad propia y busca conectarse con sus pares. Y en cierto sentido es así.
Una de mis primeras sorpresas fue que cinco minutos luego de haberme conectado ya estaba leyendo la edición digital del Diario Los Andes, de Mendoza.
Desde aquél primer encuentro me di cuenta de que ese invento del Internet tenía futuro.
Ocho años más tarde descubro que tanta tecnología nunca me había parecido tan mágica, hasta que recibí el correo de Cholula.

* He cambiado los nombres para proteger a los inocentes, pero a lo mejor más tarde y con la debida autorización de las mencionadas Cholulas, incluyo sus fotografías, sus números de cédula y lo que es más importante, los números de teléfono.

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