El día que Bush murió

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El nuevo libro de Milton Galtieri, “El día que Bush murió,” muestra en la portada un subtítulo que a la vez es advertencia: novela. Publicado simultáneamente en inglés y en español por la editorial Roach Tour, la novela es una rara mezcla de realidad e invención. Un poco tragedia, un poco comedia, un poco ciencia ficción y un poco novela de suspenso, el relato entreteje momentos clave de historia actual con un relato paralelo de una mujer que está a punto de perder el juicio.
Clara Fortran, una mujer madura que reside en los suburbios de Washington, decide revelar a la prensa que ha mantenido un romance de varios años con el presidente George W. Bush.
Milton Galtieri, un periodista de poca monta, es el encargado de investigar los hechos. Pero los hechos nunca son lo que aparentan y Galtieri termina enredado en una madeja que revelará corrupción en los rincones más altos de la Casa Blanca.
La primera vez que visita a Clara Fortran, Galtieri queda impresionado por algo en la mirada de la mujer; algo que denomina una “increíble normalidad fuera de foco.”
La prosa de Galtieri tiene momentos inspirados que insinúan la espiral autodestructiva en la que él mismo será sumergido.
“La señora Fortran, pertenecía a una época ignorada. Me ofreció café y bizcochos y me narró una historia inaudita de amor truncado, intrigas parlamentarias y obsesión sexual. Me di cuenta de que si continuaba investigando podía ser el final de mi carrera periodística, pero no tuve más remedio. Era imposible contradecir a aquella vieja maniática, atormentada por recuerdos falsos y por olvidos crónicos.”
Clara Fortran padece una rara forma de esclerosis que en muy poco tiempo la dejará completamente incapacitada. “Como una de sus descoloridas alfombras, Clara Fortran se convertiría en el olvido y pasaría a ser una cosa,” explica Milton Galtieri.
“Mi enfermedad no es normal, dice Clara Fortran. Es el resultado de un gas tóxico que desarrollaba el Gobierno. Ellos me inocularon para que no hable. George me reveló la verdad antes de morir y ahora es demasiado tarde…”
La verdad de la que habla Clara Fortran es tan descabellada que es difícil no identificarse con Galtieri, quién mantiene una lucha interna para separar la invención de la realidad y termina siendo testigo estoico del deterioro mental de Clara.
La historia ocurre en distintos planos; narrada por Clara y el periodista en su mayor parte, pero también aparecen intercalados informes de la CIA, recortes de periódicos y algunas cartas del presidente Bush a su amada Clara, con quien se mantiene en contacto hasta el día de su muerte. Milton Galtieri conduce la investigación con una frialdad obsesiva parecida a la de Sherlock Holmes. Pero a diferencia del famoso detective, Galtieri termina involucrado con la investigación.
“Luego de los ataques del once de Septiembre, George W. Bush entró en una depresión intensa. Sin saberlo había dejado de ser él mismo.”
Este pasaje parece ser una metáfora, pero luego descubrimos que es literal. El vicepresidente Cheney y su equipo han creado un clon de Bush y lo han mantenido en estado de enfriamiento criogénico. Los atentados terroristas les brindan la excusa perfecta para suplantar a Bush. Lo que nadie prevé es que la farsa se les va a escapar de las manos. Bush, el auténtico, nunca se recupera de su depresión. Tiene repetidos ataques de pánico que lo paralizan y termina recluido en el sótano de la Casa Blanca. Mientras tanto el clon, sometido a sesiones continuas de condicionamiento y manipulado hábilmente por el equipo Cheney/Rove, se convierte en el héroe del momento. Procede a lanzar los ataques contra Afganistán y luego a invadir Irak. El resto de la historia ya la conocemos…
A pesar de los dobleces descabellados de la historia, la atención al detalle hace que este libro sea una lectura irresistible. “Inicialmente, el clon fue creado para tener un hígado para transplantar en Mister Bush.” Explica uno de los científicos bajo el mando de Cheney. “En ningún momento pensamos que pudiera tomar el lugar del presidente. Nadie pensó que sería tan exitoso. Sin embargo, algunas de las drogas que le administramos para acelerar su crecimiento afectaron ciertas zonas de su cerebro, especialmente las encargadas del lenguaje…”
Esto explica bastante.
Las descripciones de la lucha de Clara Fortran con su enfermedad y de la relación que desarrolla con el periodista son tan minuciosas y tan auténticas que uno no puede evitar verse envuelto en la trama. Aunque por momentos uno quisiera que “El día que Bush murió” fuera mejor. Hay lapsos en que la historia toma vuelo y se convierte en una parábola de nuestros tiempos. Pero hay lugares también en que los engranajes narrativos crujen irremediables.
Hacia el final del libro hay un encuentro clandestino entre Clara Fortran y George W. Bush que nos deja pensando.
“Tenía una barba larga y un peinado desatinado. Parecía un recolector de latas vacías. Tenía la mirada llena de una tristeza infinita y una sonrisa melancólica. Era imposible pensar que alguna vez éste hombre había sido el presidente de los Estados Unidos de América.” • • •

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